Santa Gertrude Stein de la Vera Cruz, Aureliana

Sant Gertrude SteinFue traída al universo un 12 de monzónico de 7891 en BelaTe Geuse (hoy Calkta, capital de la liga Indiriana, que pasó a federarse con Axos Dalet después del Segundo Cisma). Fecha patronal: 23 de germinal

Gertrude era el undécimo clon de los doce que se procuró el matrimonio Stein, siendo la criatura original Karen-Hapur, hija única de los Stein, y que muriera a los tres años un 12 de monzónico de 7871. Sus padres, Sigfredo y Augusta, dedicados al comercio, eran peregrinos hebrárabes. Él murió en Levanna de Orión de fiebres reumáticas antes de que Gertrude cumpliera los dos años, de manera que Augusta hubo de cargar con la dirección del comercio y la educación de sus clones.

Gertrude opinaba de sí como niña sensible, aguda, nerviosa e irascible, pero apunta que temprano maduró un temperamento reflexivo. Un pintor itinerante que le hiciera un retrato mientras pernoctaba en el mundo Vasudeva, recibió el reclamo de la madre, que se negaba a pagarle por cuanto no existía parecido con la niña. Gertrude, conciente de que en lo futuro la marea iconoclasta impediría que volviera a ser retratada, terció en el litigio y le dijo a su madre: “Págale, madre, ya me pareceré”.
En plena adolescencia deja la escuela de religión y la casa de su madre, segura de que no la iban a echar en falta, y porque no encontraba en el hogar el sentido para la vida. Surgen sus grandes dudas existenciales sobre el sentido de la misma, y se percata de la discriminación que sufren los clones. Desde entonces inicia su búsqueda, motivada por un sólo principio: “estamos en el mundo para servir a la humanidad”.

Como estudiante, se destacó por sus ensayos sobre historicidad en las singularidades hiper gravitatorias del espacio. El famoso teólogo Teodoro Salicílico, más conocido en los anales de la historia como “Finalín”, de la Universidad planetaria de Ganges la escoge para ser su asistente de cátedra, a pesar de sus atuendos alborotadores, de su esencia clónica y atea, lo cual no deja de ser impresionante.
Tratándose de un clon tenso y pasional, así como totalmente racionalista y ateo, latía, de manera extravagante en el fondo de su corazón, la semilla de la generosidad y de servicio al humano que, irónicamente, lo marginaba. No es de extrañar que decidiera enlistarse en la Cruz Roja como enfermera durante los cruentos episodios del II cisma. Durante esos años pierde contacto con su madre y sus hermanas clonadas. Testigos cercanos confirman sus reflexiones profundas: “¿Es uno realmente dueño de ese conjunto de actividades e intercambios energéticos y de información conocido como vida? Cuando la conflagración termine, si es que vivo, ¿podré pensar de nuevo en mis asuntos personales, si los que están en las trincheras tienen que sufrir calamidades, porqué he de ser yo una privilegiada?”

No cabe duda que toda su conducta revela que, si bien no reconocía a Dios –según las bulas pontificias vigentes-, el hallazgo de un alma buena en un clon la volvió solidaria con el humano transgresor. Todo el mundo la quería. Dios ya estaba preparando su alma para un día reinar en ella.
El Momento de la Conversión
En el año 7913, dos años después de la gran conflagración universal que abarcara más de 100 cuadrantes y unos 900 sistemas planetarios independientes, tras la muerte de un amigo muy cercano, Gertrude decide acompañar y confortar a la viuda, Eduviges Portocarrero. La muerte le causaba siempre una desolación interior muy grande, porque le hacía sentir la urgencia de dar respuesta a los grandes interrogantes de la vida. Gertrude pensaba que se iba a encontrar con una mujer desconsolada y deshecha por el vacío. Nada sería capaz de llenar su alma, ni de calmar su deseo de una verdad más profunda, más completa.
Fue un gran impacto para ella encontrar que su amiga, no sólo no estaba desconsolada, sino que tenía una gran paz y fe en el Pantocrátor. Viéndola, Gertrude deseó conocer la fuente de esa paz. Mientras estaba en casa de la viuda, tuvo acceso a la biografía de quien pasaría a ser su maestra de vida interior y Madre Fundadora, Santa Holanda Clit. Una vez que lo lee, Gertrude no puede soltar el libro y pasa la noche leyendo hasta terminarlo, tratando de asimilar la asombrosa proximidad que media entre la santidad y la profanación del cuerpo. Intelectual y lógica como era, Gertrude leía y analizaba cada página hasta que finalmente su raciocinio se sometió a la gracia haciéndola pronunciar estas palabras desde su corazón clonado: “ésta es la plena”.
Años más tarde, Gertrude encuentra a Teodoro Salicílico convertido en sacerdote itinerante de la orden Bautistas de Simeón, que predica en el mundo Tlön. Escucha su ritual y entonces le comunica su deseo de ser bautizada. El sacerdote asombrado le dice: “Pero si ayer no más te vi por Cantaforte, echa una locura, casi desnuda y seduciendo a todo cristiano que se cruzaba por tu camino”. “Mis hermanas clones” se dijo. “Tengo que hacer algo por ellas. Volveré”, le dijo al sacerdote. “Pronto vas a tener 12 almas que salvar”. “Búscame en el mundo Khmer” dijo Salicílico.

Y una década después, cuando el sacerdote había olvidado la anécdota con Gertrude, le llegó la noticia, precedida por milagros y actos maravillosos, que doce mujeres, conocidas mejor como “Las Aurelianas” se acercaban al mundo Khmer. El navío que las traía aterrizó en los prados del convento y quien bajó de la nave a saludar al sacerdote era la hermana Gertrude Stein, de la Vera Cruz, según se presentó. “Habla, Finalín” díjole al cura. “¿Nos bautizas, o no?” Aún cuestionada por su pasado ateo y origen clónico, como para recibir el sacramento de iniciación en la Fe del Pantocrátor, Gertrude respondió simplemente: “No somos nada.”

“Yo sólo deseo que la muerte me encuentre en un planeta lejano, cuyas coordenadas no consten en los mapas de navegación estelar, lejos de todo trato con los que esclavizan a los clones.” Son las palabras que adornan la entrada al templete de las Hermanas Calzas, edificado en su honor en el mundo Khmer. Fue beatificada y canonizada muchos años después de su muerte, luego de comprobarse que 144 milagros, a razón de 12 por velo, eran atribuidos a “las Aurelianas”.

 

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