Lectura pendiente IX

Rrrojo

El color es el tacto del ojo, la música de los sordos, una palabra en la oscuridad.

“Ahora estoy muerto, soy un cadáver en el fondo de un pozo. Hace mucho que exhalé mi último suspiro y que mi corazón se detuvo pero, exceptuando el miserable de mi asesino, nadie sabe lo que me ha ocurrido…

“Me llamo rojo” es una novela policíaca del Nobel turco Orhan Pamuk.

¿Así de simple?

Sí, y no: a veces exagero, pues lo cierto es que en su realidad ficcional nos aguardan y enredan otras historias con sus respectivas sorpresas. “Me llamo rojo” trata —por ejemplo—  de Estambul en el siglo XVII… Una gran crisis se cierne sobre el  hermoso, tradicional e imperturbable estilo musulmán de ilustrar, pues sus ilustradores se han visto de pronto arrinconados, asediados, conminados a rendirse ante el arte de los cristianos infieles al otro lado del Adriático. (Estos infieles han creado un software endemoniado llamado PERSPECTIVA que te permite reproducir la realidad tridimensional de la vida cotidiana en los confines de un lienzo o de una tabla, en abierta y maldita sublevación contra la forma que tiene el Hacedor de ver su creación.)

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Obra de Giorgione, albores del siglo XVI

Trata, por lo tanto, del pecado de ilustrar. Sí —contario a lo que ordena el Corán respecto al hacerse de imágenes—, los ilustradores encuentran siempre resquicios en la ley para concebir sus dibujos sin caer en pecado, pero qué tentador es ilustrar al estilo de los infieles… ¡Que se pudran en la Gehena!

Trata de la comunicación entre los seres humanos. Y trata, por ejemplo, de nuestras curiosas teorías sobre la información; esa que dice, por ejemplo, que más importante que el contenido del mensaje es el medio: Ester (el medio) es una buhonera judía que vive en Estambul, viste de tonos rosa porque así lo impone la ley a las personas de su raza, es dicharachera y analfabeta, ¡es la alcahueta de la ciudad!,  y por su manos pasan la mayor parte de los mensajes que unen o desunen a los amantes, que permiten los arreglos matrimoniales de su sector, así como la sórdida pasión que envuelve a ciertos enamorados y otras estulticias de rigor.

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“Dos amantes” por Reza Abbasi, 1630, Isfahan

Trata de libros y de bibliotecas, de sus ilustradores y calígrafos, de sus remotas y venerables escuelas, de los rituales de preparación del papel por capas traído desde la India, de la afamada tinta china, de los pinceles de pelo de gato (de ser posible de la zona  de las orejas, por favor), o del remoto  y ya perpetuo ideal chino de la belleza con sus mujeres de bocas pequeñas y ojos rasgados como estética de lo femenino;  y después la impronta caligráfica, más todo el respaldo cultural (tan estimulante como represivo) que supone cada trazo, la exigencia de la composición y sus componentes, sujetos y objetos de cada escena, los colores adecuados, la mezcla precisa de pan de oro o de plata…

Trata del amor. Profusamente ilustrado por artistas de todas las eras, con repetidas e infatigables  versiones  de enamorados seducidos tan sólo por el retrato de quien sería su amado.

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El legendario amor entre Cosroes y Shirin, según Nezamí, el poeta. Ilustración del siglo XVI

Trata del estilo. Es que, ¿hay un estilo? Nos tropezamos a cada instante con evocaciones de la escuela de Herat, con el omnipresente maestro Behzat, con las ilustraciones del Libro de los Reyes de Firdusi, y extensas digresiones sobre lo que los grandes maestros consideran que es el estilo, si sirve de algo este, o si realmente existe.

Y trata también de la ceguera, como una suerte de estado de éxtasis divino que no termina con la vida artística del Ilustrador, pues este goza ahora de una visión interior que le permite a su memoria dibujar apelando a todos los recursos del recuerdo.

Pero volviendo a la trama, el libro está estructurado en base de textos en primera persona de algunos protagonistas, pero también de animales, árboles, y colores. En “Estoy muerto”, título del primer capítulo, el hombre asesinado declara:

“Quizá ya se hayan acostumbrado a mi ausencia, ¡qué espanto! Porque cuando uno está aquí tiene la impresión que la vida que ha dejado atrás sigue adelante como solía. Antes de que naciera había a  mis espaldas un tiempo infinito. Y ahora, después de muerto, ¡un tiempo inagotable! No pensaba en eso mientras vivía; vivía rodeado de luz entre dos tiempos oscuros.”

Sin dramáticas diferencias con respecto del pensamiento judeo—cristiano de Occidente, aquí se plantea con toda claridad lo que es la muerte en el espíritu musulmán. El segundo capítulo, escrito igualmente en primera persona “Me llamo Negro”, no trata del asesino sino del sobrino del señor Tío, padre de la bella y deseable Sekure, entre quienes se dará el componente amoroso de la novela. El tercer capítulo se titula “Yo, el perro”, también en primera persona (¿qué creían?) que nos introduce en la motivación general de toda la obra: las ilustraciones y sus ilustradores. De hecho el “muerto” era un ilustrador, como lo es el Tío, como aspira a serlo el señor Negro, y como lo son sus tres ayudantes, signados con los simpáticos pero confusos sobrenombres de Mariposa, Cigüeña y Aceituna. Me permito adelantarles, como primicia, que uno de estos es el asesino que, por supuesto, narra también lo suyo, que siempre vuelve a la escena del crimen y que siempre justifica sus motivos.

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Ilustración de las 1001 noches

Recién al cuarto capítulo “Me llamarán asesino” el Nobel turco se apiada en algo de nuestra curiosidad y nos preguntamos si realmente queda satisfecha… ¡Para nada! Habrá que esperar 54 capítulos más para saber cuál de los ilustradores fue el asesino y por qué. Se trata de capítulos cortos que intensamente van urdiendo la trama sobre otras tramas: las familias, las costumbres, los fanáticos religiosos, las guerras lejanas e inmisericordes y la legendaria topografía de Estambul con sus lugares, ya famosos desde la era romana…

¿Es “Me llamo rojo” una novela inolvidable?

Depende. En realidad jamás olvidaré lo que me costó leerla: a medida que progresaba en la trama del asesinato y la identidad del asesino, matizado emotivamente por los amores de señor Negro hacia Sekure, y al amparo de la dudosa lealtad de Ester, la judía,  me fui enterando que el poderoso e inaccesible Sultán Otomano, Escudo del Mundo, era un ser caprichoso y temible sí, pero tan novelero que ordena la confección de un libro a su medida, lleno de ilustraciones algo más liberales, tal vez no tan próximas a los cánones más estimados y sagrados provenientes de la China, de la antigua Persia o de la India, sino más cercanas al estilo de los cristianos infieles de Venecia.

La interrupción de tan libresco encargo, ocasionado por el asesinato del ilustrador del capítulo primero, y luego por el asesinato de “vuestro Tío”, quien era dueño —por así decirlo— del contrato por la confección del libro, lleva a la realización de pesquisas para descubrir al asesino. Y aquí me doy contra mis recuerdos de otras lecturas: ¿no estaré leyendo la versión turca de ciertos pasajes de “El nombre de la Rosa” donde toda la trama gira alrededor de escribas, ilustradores, miniaturistas y una enigmática biblioteca? Tentado me siento a echar mano de tales parecidos; ¡pero no! ¡Que lo hagan otros!

Para dejarlos con la pica dedico este último párrafo al color rojo. Arriba, recuerden,  está referida la estructura en capítulos de esta novela, donde todos hablan en primera persona: hombres, mujeres, animales, árboles, ¡hasta el dinero!; pues también un color, el rojo, cuenta con su capítulo propio (el 31), que es el que da nombre a la novela. El color rojo se nos presenta un tanto presuntuoso, y debe ser por la enorme importancia que tuvo en la antigüedad el procedimiento seguido para su obtención. En ciertas culturas el proceso técnico que llevaba a su obtención alcanzaba ribetes de secreto de estado, así que no debería extrañarnos que el color rojo comience presumiendo de haber estado en el tejido del caftán del poeta Firdusi cuando recitó una rima complicadísima frente a los poetas del Sha Mahmut, y que estaba también en la aljaba de Rüstem, el héroe del Libro de los Reyes  y, naturalmente, en la sangre del gigante cuando fue partido en dos por su espada maravillosa, así como en la sangre que brotaba a raudales de la nariz de Alejandro, o en el vestido de la amante del Behram Gur, el sasánida, en las banderas de los ejércitos que sitiaban fortalezas, en los manteles de banquetes, en la decoración de las paredes, en las camisas de bellas mujeres de cuello de cisne, en la cresta de los gallos de pelea, en la boca del Diablo. Al color rojo le fascina ser aplicado como sangre en las escenas de batallas, en las copas de vino, en las alas de los ángeles, en los labios de las mujeres… Y una vez que abráis el libro, resonarán las petulancias del color rojo cuando dice: “¡Qué feliz me siento de ser el rojo! Soy fogoso y fuerte; sé que llamo la atención y que no podéis resistiros a mí.”

¡Prueba con el libro!

TiroParto

Lectura Pendiente VIII

BELT

Con los rasgos del mítico Lee Van Cleef en el siniestro papel de Eliot Belt, Goscinny & Morris escribieron e ilustraron “El cazador de Recompensas”, de la serie Lucky Luke en 1972.

“En la fauna del Oeste”, reza el texto, “el cazador de recompensas es más despreciado que el coyote, la serpiente de cascabel y el buitre”.

Me pasa al abordar  un cómic que éste “siempre sucede”… Como si el tiempo se replicara una y otra vez,  así se siente el desprecio por él de parte de todos. Belt lo tolera estoicamente, con elocuencia, en todos los ámbitos de la vida cotidiana de un cazador de recompensas.

Belt paga

Pero, a pesar de la formidable capacidad condensadora de texto e imagen por parte de sus autores, Morris y Goscinny se toman 7 páginas y 40 viñetas para establecer el expediente completo de Eliot Belt, que abarca desde su ejemplar niñez hasta su encuentro fortuito con Lucky Luke en Cheyenne Pass, donde el héroe -defensor a ultranza del stablishment-, salva la vida de Eliot. No podemos pasar por alto la lectura no precisamente anti capitalista de esta novela gráfica, pero sí la lectura alterna del submundo paralelo del capitalismo donde a muchos Belt no les queda otra que cazar -literalmente- las recompensas. Y así vemos al pequeño Eliot Belt, como curioso alter ego del padre de la Patria por antonomasia, George Washington, en su famoso episodio del cerezo talado.

Belt Washington

Este conspicuo ciudadano americano fue niño, escolar y precoz amante del dinero… Ojo, que jamás robó; todo lo contrario: es la sociedad, en su afán organizador, la que dispuso pagar por ser soplón. Y Belt aceptó dicha formalidad.

Belt escuela

Belt ojomorado

Belt sacoratas

Un ciudadano, con tan profunda como cordial veneración por el dinero (H. Hesse), estaba asistido por  todo el derecho constitucional a abrir una cuenta bancaria. Esta fue la respuesta que recibió por tamaña lisura:

Belt banco

Y, como lo mencionara arriba, como en buen policíaco, quiere la suerte que Luke salve a tan despiadado antagonista de morir en manos de un vengador anónimo.

Belt salvado

Belt cínico

Ahora sí estamos listos para lo que sea. Lucky Luke, montado sobre Jolly Jumper, está dispuesto a realizar todas las maromas posibles para custodiar, como nadie, la ley y el orden de tan salvaje territorio, y Eliot (su caballo se llama “Wanted”, naturalmente) vive  dispuesto a  hacer lo que sea con tal de amasar fortuna a costa de la desgracia ajena.

¿Qué sucede? Sucede que de los pesebres de Bronco Fortworth, importante y millonario criador de caballos, ha desaparecido “¡Lord Washmouth III !” Y el principal sospechoso es el custodio del caballo, un apache empleado de Bronco Fortworth.

Bronco

El problema se arma cuando el ricachón (en realidad un puntal plutócrata del sistema) decide poner precio a la cabeza del apache (“Cucharilla de té”);  ni más ni menos que 100 mil dólares de recompensa,  que concitan la atención y presencia  de decenas de cazadores, aparte del mismo Belt. Y se moviliza también, y en su defensa (desde la reservación -en cuyos exteriores se lee: PROHIBIDO VENDER ALCOHOL A LOS INDIOS-),  la tribu a la que pertenece Cucharilla de té. El nivel del relato policíaco matizado con humor certero, a veces  vertido en forma expresa,  a veces sobrentendido (cuando el texto y el dibujo contrapuntean mutuamente) hacen que esta historia sea una de las más relevantes de cuantas crearan Goscinny con Morris.

En honor de Morris, el trabajo de investigación es formidable. Los ambientes aparecen dibujados con todos su detalles: estilos decorativos, alfombras, mobiliario, arquitectura, maquinarias… El cromatismo es plano, acentuado por masas de sombra negra y compacta; los personajes mantienen su identidad desde cualquier de los ángulos escogidos por el ilustrador.

Ni crean que les voy a contar el nudo, peor el desenlace. Ahora que todo está en la “nube”, si no lo encuentran  en Mr. Books o en La Española (acá en Guayaquil) búsquenlo y descárguenlo, como sea. Serán recompensados.

Lectura pendiente VII

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“El lado frío de la almohada” comienza por el final. Han matado, como resultado de una confusa balacera, a Laura Bahía, funcionaria de la embajada cubana en Madrid que sostenía una relación con un agregado de la embajada de USA en España, Phillipe Hull.

Como no es nuevo ese desafío de contarte el final, ¿qué hace la autora para treparnos a su historia? Apenas ser directa, manejar una prosa sobria, intensa y a ratos poética, de diálogos veraces, de gran ingenio, creíbles y reflexivos.  Esta novela

“no es un fragmento de la Historia, con mayúscula, aunque sí pertenezca a la historia de lo que los hombres y las mujeres hacen, conocen, imaginan, procuran”.

Como fuere, corre el 2003, la URSS está disuelta hace más de una década y aún se perciben las secuelas del “período especial” cubano, es el año de la segunda guerra contra Irak, y en tales circunstancias dos embajadas, digamos que enemigas, envían a dos de sus funcionarios a… ¿dialogar?; pero terminan ¿amándose? ¿Será posible ese modo de tregua? Voy por las primeras páginas, pero las secuencias que preceden al primer encuentro entre los agentes, el norteamericano y la cubana, son de una economía de palabras, insinuaciones y silencios tan genial como perfecta. Los cubanos han establecido contacto con grupos potencialmente terroristas; pero los americanos sospechan que lo que pretenden es llamar la atención para propiciar un acercamiento con ellos… Gopegui hace gala, realmente, de un dominio admirable de este tipo de situaciones y de las estrategias que los propician.

El día del contacto Laura se entrevista con una portuguesa de un grupo extremista:

“En ningún momento reconoció la mujer la existencia del grupo. Habló como si se tratara de una leyenda, un rumor sin confirmar y al cual ella no parecía dar crédito. Hizo alguna pregunta a Laura, repentina, imprimiendo giros ilógicos a la conversación… Laura sabía que la estaba probando y estaba dispuesta a aguantar el tiempo y las preguntas necesarias…

“Laura sacó un sobre de su mochila  y se lo entregó a la portuguesa—. Es una lista de lugares donde obtener documentación falsa en MADRID. Podéis verificarla o descartarla, como queráis. Os la entrego… a cambio de esta cita.

“La Portuguesa se puso en pie.

“—No te entiendo.

“—No ha sido una trampa —dijo Laura—. Aunque sí he mentido. No quiero entrar en vuestro grupo pero necesito que alguien sepa que podría hacerlo.

“—¿Insinúas que te han seguido? —preguntó la portuguesa, impasible.

“—Hay otra cosa que quiero daros —dijo Laura sin contestar. Extrajo ahora una carpeta flexible de la mochila—. Es alguna información que tiene sobre vosotros la embajada estadounidense. Puede que haya más, no lo sé, esta la conseguimos por un golpe de suerte.

“Laura tendió la carpetilla a la portuguesa. Ella, sin hacer ademán de cogerla, preguntó:

“—¿Quiénes la conseguisteis?

“—Sí —dijo entonces Laura—. Me han seguido. Por el momento no van detrás de vosotros, sino detrás de mí. De todas formas, este era el único camino para darte una copia de lo que tienen. No creo que os hayan pinchado el teléfono, pero tampoco lo descarto… Siento no haber avisado… Tú sabes cómo es esto… Nunca iríamos contra vosotros.

“—Supón que lo acepto. Pero además querrás que acepte  que el engaño era el único modo que tenías para lograr lo que querías.

“—Es que era el único.

“—No vas a decirme quiénes sois.

“—Ahora no. —La portuguesa cogió la carpeta de manos de Laura, que dijo—: Pero si llegas a saberlo no te sentirás traicionada.”

 

Y los americanos la contactan.

¿De qué va el argumento? Creo que del cansancio de soñar, encarnado tanto en Laura, como en su coprotagonista—antagonista  Phillip Hull, donde subyace el otro desencanto y la cuestión adosada: debe Cuba continuar resistiendo, o no, ante un poder que siempre se ha jactado de no tener amigos sino intereses. Laura no se deja engatusar por los sueños que “son muertos”, y que ella es Cuba en la novela, mientras que Phillip, el agente gringo —que también tiene sus sueños— termina agenciando su muerte a pesar de toda la pasión despertada.

La novela consta de dos partes que discurren alternadamente. Por un lado está todo el suspense que implica cumplir sus respectivas misiones nacionales; y la otra, que consiste en cartas periódicas que Laura envía al director de un diario de gran tiraje donde reflexiona con profundidad y obstinación en el papel que desempeñan los sueños personales cuando están atados a los sueños de tu nación. Son ocho las cartas de Laura, allí encontramos la significación del lado frío de la almohada y la vindicación del sueño de los muertos; en la segunda (el amante como enemigo) Laura escribe “Soñamos soledad y la soñamos siempre contra alguien”. La tercera abre con frío dolor: “Porque los sueños adulan nuestra impotencia”. A confesión de parte, relevo de prueba. Laura insiste: “… me gustaría contarle que los sueños, los individuales, los fragorosos, están destruyendo Cuba”. En la cuarta Laura expresa que Cuba es  “la posibilidad de un sitio no sometido a la lógica del beneficio que siempre lleva aparejada la lógica de la beneficiencia”. La quinta es una inquietante disquisición sobre la sirenita De Andersen y lo que implica poner los pies en la tierra, ese lugar tan común y tan lleno de cristales rotos, según aprecia Laura. En la sexta, más que una defensa de Cuba, hay la exposición de motivos —ajenos— por la cuales Cuba como revolución debería desaparecer. Vuelve a los sueños, citas de Lezama Lima, Miguel Hernández. Después de la séptima carta (del secreto como arma de débiles) Laura es asesinada. Hay todavía una octava carta, escrita seguramente en el intervalo, siguen las reflexiones de lado y lado sobre su muerte y sobre lo que realmente se logró.

A pesar del ritmo literario, resuelto y sostenido, sólo hay una alusión musical en la “letra de una vieja canción” (Laura): “Dónde pongo lo hallado”, de Silvio, naturalmente.

Frases subrayadas:

“El sueño es leve y no dura y se atoran los caballos de batalla”;

“Si viéramos señales donde hay azar sería más fácil”;

“Los no poderosos somos más. ¿Por qué a la hora de la verdad siempre parece que somos pocos?”;

(Sobre los sueños fragorosos): ¿Qué me hicieron los sueños para que ahora me lance contra ellos y quiera combatirlos, refutarlos, dejar constancia de su inexactitud?”;

“Los amores desiguales hacen suyo el obstáculo y lo invierten”;

“El amor es un pacto inseguro”;

“La idea de prosperidad está afuera… Puede que sea una idea engañosa. No importa. Tiene presencia”;

“Yo no tengo leyenda”.

Belén Gopegui, España, 1963, autora premiada, guionista de cine, es una mujer bella, jamás la he visto maquillada ni se tinta su pelo prematuramente gris.  Estuvo recientemente en el Ecuador, a propósito de la FIL Quito de noviembre de 2016. “El lado frío de la almohada” edición DEBOLSILLO de Random Mondadori, cuesta 14 dólares y lo encontré  en librería La Española, en Guayaquil.

Lectura pendiente VI OTRO FUNES, por Asimov

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Borges, en su libro “Artificios” de 1944 cuenta la deprimente pero fantástica historia de Ireneo Funes, afortunada víctima de la soberbia de la memoria total. Narra Borges: “Al caer, perdió el conocimiento; cuando lo recobró, el presente era casi intolerable de tan rico y tan nítido… Poco después averiguó que estaba tullido. El hecho apenas le interesó… Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del treinta de abril de mil ochocientos ochenta y dos y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de espuma que un remo levantó en el Río Negro… Podía reconstruir todos los sueños, todos los entresueños. Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero… No sé cuántas estrellas veía en el cielo.

38 años después Asimov publica “Que no sepan que recuerdas” (Lest we remember), que trata de un sujeto que, gracias a un experimento, puede recordarlo todo. La comprensión del fenómeno mnemotécnico tanto en Borges como en Asimov es muy semejante. Prefiero creer que Asimov no leyó a Borges, y si lo leyó, le caló un ingrediente notabilísimo y que evita la depresión a la que sería proclive la historia de no ser: por una mujer.

Misógino el uno (Borges), machista el otro (Asimov), el protagonismo femenino en ambos es deplorable. ¿Cuántas mujeres aparecen en los relatos de Borges? ¿Emma Zuns, Beatriz Elena Viterbo (la de El Aleph)? ¡Estela Canto, o Silvina Ocampo!; estas dos no como protagonistas, sino como personas a quienes dedica alguno de sus cuentos.

Las mujeres en los relatos de Asimov son más abundantes pero infamemente bobas y eternas amas de casa, a pesar de ser ciudadanas de Trántor, o de alguna de sus provincias en el borde de la espiral galáctica. Hay dos o tres que se destacan, y entre esas aparece Susan Collins, la novia de John Heath, el FUNES asimoviano. De este, Asimov dice:

“El problema con John Heath, en lo que a John Heath se refiere, era su absoluta mediocridad”.

La pareja se casará en dos semanas; ella, lógicamente, tiene mejores ingresos que los de John y cae en trances frecuentes de “cariñosa exasperación” en los tratos diarios con su pareja. Pero este, quien  finalmente accede a que “Quantum Pharmaceutical” pruebe en él una suerte de desinhibidor mnemónico, no es un tullido postrado en un catre como el enigmático Ireneo Funes. No: es un tipo absolutamente común y corriente que va de su casa al trabajo, que tiene un jefe campechano que le hace bromas, más otros compañeros de trabajo jerárquicamente superiores a él y los inevitables súper jefes. Delante de uno de ellos descubre que la poción mnemónica “funciona” y ya con Susan no pierde oportunidad de alardear de su nuevo status mental:

“… Creo que puedo recordar todo lo que he oído en toda mi vida. Es una cuestión de memoria. Por ejemplo, cita algún pasaje de Shakespeare.

“—Ser o no ser.

“John la miró, ofendido.

“—No seas tonta. Bueno, no importa. La cosa es que si tú me recitas cualquier verso, puedo seguir hasta donde quieras. Leí alguna obra para la clase de Literatura inglesa en la Facultad, y lo recuerdo todo. Lo he probado. Y es como un chorro…”

Ya en su oficina la eficiencia de John, previsiblemente, se ha multiplicado, pero como lo pudo notar Ross, el rudo pero cordial jefe inmediato de John, no había sector de las oficinas de Quantum Pharmaceutical donde este dejara de ensayar su prodigiosa capacidad de recordarlo todo. Pero su jefe no era de esos que se dejan amilanar por un sabelotodo emergente: lo confronta, lo amenaza, lo echa del puesto (y no muy amablemente). John, muy circunspecto y sin alterarse contraataca de manera contundente, y se va muy orondo con su puesto intacto, pero con el odio visceral de Ross… Y pronto se lanza al ataque en otros niveles de la compañía, ocupados por gente básicamente olvidadiza, que no correlaciona adecuadamente sus recuerdos, que pierde eficiencia, que no mira más allá de sus narices… Felizmente John cuenta con Susan.

En una conspiración de todos los jefes departamentales contra su cerebral sedición, John está rodeado por mucha gente, el plan consiste en volverlo a su situación anterior, bloquear el desinhibidor mnemónico, lo tienen acorralado, muerto de miedo en una esquina, con la hipodérmica en sus manos, ¡hasta que llega Susan!

Susan providencial… teje sus tretas  en beneficio de ellos, como pareja, y todo muy legalmente.

“—Déjame que te sermonee un minuto —dice Susan— para que no vuelvas a olvidarte. Te lanzaste a cambiar las cosas demasiado de prisa, demasiado abiertamente y sin tener en cuenta para nada la posible reacción violenta de los otros. Tú lo recordabas todo, pero lo confundiste con la inteligencia. Si hubieras tenido a alguien realmente inteligente para guiarte…

“—Te necesitaba Sue…

“—Pero ya me tienes Johnny.”

Ya saben: no es lo mismo memoria que inteligencia.

¿Otras exploraciones literarias  en estos campos del recuerdo? Los hombres-libro de “Fahrenheit 451” de Bradbury, y toda esa lista que Ireneo Funes le recita a Borges desde su catre. ¿Mis exploraciones? ¡Desde luego! En “Cuídate de las Coriolis de agosto” la poción de “Glucosa filo-mnemónica garantiza evocar fielmente todos tus recuerdos. Advertencia: el exceso de glucosa está emparentado con la diabetes.

Lectura Pendiente V

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13 años ya de Istar

Estos versos de Liset  Lantigua me parecen esculpidos o tallados, o moldeados, sobre la materia primigenia del mito y de la vida, como si fueran una sola cosa… ¿Será que tuve otras vidas que estos versos me suenan, me son tan familiares, y me parecen naturales testimonios de primera fuente, que de a poco me cercan y se aproximan contundentes e ineludibles?

¡Ah, las citas! Para probaros que es cierto ¿no?:

Si han de marchitarse las montañas de olivos,

las llaves de los golfos del Sur,

su poca tierra,   (el subrayado es mío)

si va a imponerse el vino de la piel esteparia

que nos volvía duros

en los días de muerte,

si van a ennegrecernos los tendones

de estos puentes en calma,

dinos al menos cuándo tenemos que saltar

y sobre qué zapatos o qué llagas,

dinos al menos beban

cuando la herida fluya como un vino

sucedáneo,

a deshora

Más adelante hay otros versos que dicen:

Dinos al menos suerte

cuando no sepas nada,

cuando emigres del lienzo a la  caricia

y nos recuerdes rotos,

trocados por el sumo de la fe desterrada   (el subrayado es mío)

(De “Oración”).

Al comienzo de mi lectura de Istar, la diosa de la estrella de 8 puntas, la diosa alada, los versos fueron emergiendo al amparo de la ley de la lectura impresa, de 1 en adelante, de izquierda a derecha, y de arriba a abajo. Doy con un verso subrayado que dice:

… oscurecido por el follaje que apuntala las nubes

El verso es visible, veo las imágenes, me transmite el deber y la audacia del apuntalamiento. El verso pertenece a la introducción del conjunto “SUEÑO”. Los versos hablan de Nínive

Otra vez esto de volar

sobre el rostro violento del animal que acecha.

Otra vez esto de verlo arrepentirse,

de endilgarle a la vida la queja que lo oprime

porque Nínive pasta sobre su cuerpo manso,

no se cansa de ahondarlo con sus plantas

en el sitio de pecho

oscurecido por el follaje que apuntala las nubes

donde el prisma del día es un anuncio vago.

El entusiasmo que despierta en mí estas frases proviene de mi sospecha de que la que declama es la misma Istar. Como Machado, que anda muchos caminos, que abre muchas veredas, que navega en cien mares y atraca en cien riberas, prosigue Istar renuente a ser abreviada o resumida (corro el riesgo de provocar su ira, pero si no tendría que reproducir íntegro el poemario):

He visto a la gente partir hacia las frondas en barcas

diminutas,

cobijarse en la sed con la humedad del limo

y repartir cortezas a los locos que pintan el aire…

(de “He visto a la gente”)

Se prodiga Istar en traducirnos el “fondo” basándose en las evidencias de la forma, en los veneros de luz, de la creación, en la factible inversión de los tiempos que incide en la negación de la noche, dique de la implacable tarea que se arroga el mar:

La forma es sólo el gesto que aprehendimos

desde la luz primera,

el impacto del haz en nuestro grito.

En la incomodidad de no tener un nombre

un rostro nos alivia.

Como quien va a viajar sin compañía

y espera en el arribo

que un animal fantasmal lo trastoque

con el humo del puerto,

en un atardecer inverso que va al día,

que renuncia a la noche y sus augurios

de tempestad cerrada.

Pero sin otra noche el mar se nos encima,

nos baña las paredes,

nos golpea

con la misma humedad con que acaricia

la espuma de su borde,

con el mismo impudor con que arrebata

los hilos de una novia,

con el duro verdor con que revela

que la cumbre es el fondo…  (De “Fondo”)

No faltan jamás las atareadas vecinas de Istar, tan sufrientes, tan heridas, tan cercadas por fatalidades

La del  ijar de luna y de ceniza…

se envuelve sobre el filo dormido de su cuerpo

y danza…

sin los hijos…

Tenías razón, Demócrito:

No se debe morir luchando por Patria ajena…

(de “Mujer de Abdera”)

O:

… Que una mujer ande así como si nada

Da mucho que pensar…

Da mucho que decir que su corazón ande aún…

(de “Cuando dejó la casa nueva”)

…Nadie llegó ni dijo qué ha pasado,

ni dejó los pendones y las hachas

ni preguntó quién es…

Nadie dijo que al Sur están las minas de oro

y de diamante,

ni le mostró las manos o la herida

de cuando un viento le cortó la voz.

La cabaña es azul y queda lejos.

Ella bebe en su jarra de miel,

abre los ojos,

en el sueño las luces se apagaron…

Ni un solo hombre vino a despertarla.  (De “Una jarra de miel”)

Y ahora entremos al segmento “ORÁCULO”. Esta sección de Istar está preñada de sonetos. De pronto emerge la rima con sus ritmos, su métrica solvente e insaciable nos ciñe y seduce. Abre con el Oráculo de la caída ninivita:

 

Nahum cierra el oráculo sagrado

y la sangre desciende hacia su centro.

Los heridos de espaldas, bien adentro,

vuelven al rostro el suelo mancillado

… Nínive se abre sórdida, humedece,

hace más blanco el muslo de la noche,

y regresa al placer con su fantasma

Pero este otro soneto me deja sin palabras:

 

Antes que el aire rompa su abolengo,

señora con sombrero y piel de encaje,

deberá oscurecer un poco el traje

sobre el pecho vencido de Marengo.

No ve, señora, el aire llega rengo,

llega por tierra, solo, sin ropaje,

como quien ha perdido su equipaje

y vuelve por la vida de otro sueño.

Señora, si ha llorado, si la brisa

le recuerda la estatua envenenada

por las raíces crudas, desolada,

en medio de dos bancos de ceniza.

Bese el nombre y la frente y la sonrisa.

Vuélvalo a enamorar como si nada.

(De Marengo, 1800 —Frente a la estatua de un soldado—.)

Este lector se da por colmado… Pero aun hay más:

 

Este es un bosque ralo junto a un río que sube,

pocas aves y un punto donde la sal convoca

cientos de mariposas bajo la misma nube,

con el mismo color, sobre la misma roca.

Es un bosque más bosque a medida que sube

el río desde el tallo que la tierra coloca.

Donde nunca hubo un tallo recostado ni tuve

otra zanja más zanja sin agua que mi boca.

Es un cielo de paja que arborece de pena,

sobre un borde de helechos que la noche inaugura

contra un claro de polvo que no está, ni se apura

a nacer, y estremece al final de su vena.

Me canta un canto triste la corriente insegura.

Sobre el techo de la luna es más ajena. (De “Agreste”)

Nada he dicho  de la sección “Vida” ni de los poemas de la sección “Adiós”. Pero quedo en deuda con ustedes. ¡Penitenciágete!

Pero recuerden: en cuanto a las deudas que se asumen con los libros, estas sólo merman con su relectura… Pero, como también se dan indultos, provocados estos por vuestras lecturas, quedo en espera.

 

Algunos versos, y apuntes al margen:

“No vayan a  la vida sin las manos repletas/ sin la empalmada siesta de retazos silvestres”

 

La risa tiene poderes; vuelve el tema de apuntalar:

“Su risa vuela en vilo sobre nuestros contenes, /

apuntala la sombra del balcón perfumado “

 

“Y la historia es muy larga y hay páginas perdidas”

 

Inversiones del tiempo, de la gravedad, del espacio físico:

“La arena se levanta como una lluvia inversa”

“En su falda los sustos parecían helechos”

 

El libro “Mi amada Istar” fue editado y publicado por la Casa de la Cultura en 2004. Su autora aún tiene varios ejemplares de su magnífica obra.

“Compadre” CF

compadrejerez

“He viajado al siglo XVII, Compadre, y he buscado las botellas de Jerez.

Puse proa frente a Cadiz, compadre, y hurgué entre las naves y sus grandes casas.

Para nada.

Más yo pienso que fui engañado, compadre, y ya no tengo créditos pa´ responder,

Ay que me muero, compadre, créame, si todo se dio en engaños…”

 

—¿Y su marido murió?

—¡Murió, desolado, créame!

—¡Cuánto lo siento!, pero ¿qué espera usted de CronoTravel?

—Negociar.

—Señora, ¿no me ve? Estoy ocupadísimo… ¿Por qué habría de interesarme?

—Por los impuestos —dijo la mujer, sin dramatizar—.  ¡Pero no palidezca, varón! Ya sé que suena injusto, pero estoy enterada: van a gravarle una tasa de incremento geométrico por cada año que remonten desde el pasado… Y hay ochocientos cuarenta años, casi un milenio,  hasta el año que visitó mi marido. Solo que —dijo la mujer, tragando amargo—: él simplemente murió…  Y su seguro de vida no cubre esa inversión de viajar ocho centurias para más de encontrar un buen trago que beber.

—Señora…

—Pero si establecemos tres hitos, uno hace doce años, otro hace cinco y otro hace tres, yo le garantizo una promoción irresistible. Al volver tendremos el Jerez Gran Reserva, el Reserva y el Solera, todos a la venta, desde los grandes centros de acopio de los agujeros de gusano, hasta en los mercados y abacerías más modestos de la vieja Tierra. Ganará muchos créditos, estimado señor, y olvidará esa blanca palidez.

—¿Nuestro porcentaje?

—33%

—No me haga reír, ¿y el saldo?

—34% es mío.

—¡No me diga! ¿Y el otro 33?

—¡Del compadre!

Lectura Pendiente IV

carne-de-circo

De la poesía de Rodríguez Diez, expresada en este poemario breve y revelador, me atrae singularmente “Hombre Hojalata”.

El título de este poema  me llevó a la evocación del Hombre de Lata… El del Mago de Oz, porque podría tratarse también del otro Tin man, el de D. Hammett, pero no.  Sin embargo, este poema es “Hombre Hojalata” así, a secas:

Punzadas de fatiga desandan mi cuerpo

el orden anterior que contradice

               chatarra que soy

               y en la que a golpes me transformo

 

Prefiero quedarme en casa a descifrar las horas

en estancias hundido

               máquina de ceniza

urdimbre de remaches que se levanta

contra su creador

 

La realidad ajusta los artilugios del deseo

arranca trozos de amorosa porcelana

 

Oscila esta ausencia que nada sabe del mundo

y amanece

 

Si supieras del letargo entre ruidos

de las raspaduras del odio

y su corrupción voraz

 

Pero algo tibio regresa como animal entre mis vísceras

la invocación de lo amado

sobre la antigua piel

 

¿Quién es aquel que ha urdido este poema que me alude, que me hace confidencias, que apela a tropos que antagonizan desde el seno de sus versos? ¿No dice acaso que “Arranca trozos de amorosa porcelana”?

El autor se llama César Rodriguez Diez, mexicano (veracruzano), n. 1967; estuvo en Guayaquil el mes pasado, a propósito del encuentro internacional de poesia “Ileana Espinel”. Su libro, un libro con sus extrañezas (nunca hay impresiones en las caras pares ni en el envés de la página impresa), y que se titula “Carne de circo”.

De él vamos a replicar otro poema y os hablaré luego de mis conmociones.

 

Ilusionista

                                               Dios dibuja una caricia en el espejo

                                               los que observan mi ilusión abren los ojos

 

                                               Amanezco intacto después de atravesar la noche

                                               la piel henchida desdice fibras de mi carne

 

                                               Desmayo en lo distinto

                                               revés del sueño

                                               asoma y arrebata el cuerpo que desconoce

                                               sin rostro

                                               ni saber más del mundo

 

                                               El tedio pega de frente

                                               toda ensoñación aloja entre rendijas su carencia

                                               artificial profecía de penumbra

                                               inmóvil fachada de vigilia

 

                                               La luz renace

 

Sobre la cama sin tender dejo mi noche

 

Percibo dos lugares, dos expectativas: el del que protagoniza y el de los que expectan. Por un lado Dios, en persona, que dibuja una caricia en el espejo, y aquellos que observan la ilusión ajena, muy atentos… Él, el de los versos vuelve con sus confidencias, y yo con mis inferencias: Amanezco intacto –me cuenta- después de atravesar la noche, la piel henchida desdice fibras de su carne… ¡Carajo, qué duras son las ilusiones!  Luego continúa: “desmayo en lo distinto”. Normal, pienso yo. “El tedio pega de frente” insiste. Porque “toda ensoñación aloja entre rendijas su carencia”. “Artificial profecía de penumbra/ inmóvil fachada de vigilia/ La luz renace (¡!!!) Por eso: “sobre la cama sin tender dejo mi noche”.

La ilusión tiene su lógica, es mi conclusión.

Quiero, para concluir, volver al libro físico. Hecho a mano, la edición 32/50 es la que obtuve de  manos de César Rodríguez. Mi Cielo ediciones, octubre de 2016, Ciudad de México, Edición única e irrepetible.

Gracias César.