Avelina Lésper y un pana mío, pintor

Lésper
Avelina Lésper (de El Telégrafo)

Avelina Lésper es una crítica de arte mexicana, quien sostiene a través de sus artículos y entrevistas que el llamado arte contemporáneo es una gigantesca farsa que se reproduce, que contamina y que enferma a la sociedad, a los jóvenes creadores y hasta a la Academia. Es una farsa que opera, sobre todo, en el esquema del mundo capitalista.

A mí me cae bien Avelina porque sus artículos me reconcilian conmigo y, en más de una ocasión, me han servido para fortalecer mis teorías sobre la ocurrencia, como único sustento del que podrían hacer gala las propuestas pictóricas de muchos artistas locales que no dibujan bien, pero que ganan aparatosamente los premios de los salones.

Esta “reconciliación” tiene mucho que ver con MIS propuestas básicamente figurativas… Incluso reaccionarias; ando preocupado por develar cánones de otras eras y latitudes (que Alphonse Mucha, que los Prerrafaelitas), pensando en el encuadre, en la disposición de los cuerpos, la luz, la sombra, y todo aquello sobre la rigurosa y estrecha cancha de un lienzo. Admito que este proporcionalismo, que me es tan esquivo, mucho tiene que ver con la gravedad (física), con el arriba y el abajo, con lo que flota-levita y con lo que cae, así como con la fuga visual. Suelo ser presuntuoso al decirme que, de haber vivido allá por el siglo XIII o XIV, habría sistematizado la perspectiva.

En todo caso, prefiero abordar las expectativas que Avelina me induce, recurriendo al enfoque de otro pintor y su pintura. Y lo hago porque me parece que esa pintura que voy a aludir sin el consentimiento de su creador, pudiera encasillarse en lo que se llama arte contemporáneo. ¿Indicios de esta intrusión?: Poco interés en el dibujo, correspondencias cromáticas muy particulares con poca o ninguna correspondencia con la realidad visible… Sin embargo, aclaro, se trata de arte. ¿Cómo puedo asegurarlo? Usaré palabras de Avelina: “Las obras que trascienden como arte, son más grandes que el significado, más poderosas que los conceptos, son viscerales, orgánicas, nacen de la profundidad de la psique, de los azares del espíritu”.

Esto sucede con la pintura de Héctor Ramírez, lo juro,  compañero de aula, y cuyas obras dicen tanto y se expresan mejor que él.

Les comento que Ramírez y yo tenemos —prácticamente— el mismo tiempo pintando y nuestro primer contacto con el público fue una muestra colectiva que hicimos en la Plaza de San Francisco en el año 71 del siglo pasado (cómo suena de remota aquella experiencia). Tendríamos unos 17 años y creo que él organizó,  con otros  compañeros del Colegio Pedro Carbo, una muestra en dicha Plaza. Aquél día nos visitó el añorado pintor Humberto Moré, invitado por el rector del Colegio (que estaba fascinado por el atrevimiento de los convocados), quien quedó muy impresionado con la obra de Héctor y lo declaró allí mismo ganador entre los otros chicos que  exponíamos. (Justo es recordar que por las aulas del Pedro Carbo pasaron panas muy queridos, mentes realmente formidables y corporizadas en Carlos Calderón Chico, Raúl Márquez Bararata, Jaime Morán, Marina Mora, entre otros; que no pintaban, pero como si lo hicieran.)

¿Cuán bien conozco la pintura de Ramírez? Lo suficiente como para reconocerlo sin ver la firma y donde sea que esté colgado. Invoco la memoria de aquella, su primera pintura oficial: era  de formato modesto, creo percibir una brillantez inusual en la superficie, tal vez porque era a base de esmaltes y, sobre un fondo gris claro donde, con una contundente profusión de marrones rojizos, tres rostros comunicaban perfectamente su índole y empataban perfectamente con el nombre del cuadro: “Los Miseria”. O algo así… Mucho, mucho tiempo después, en la biblioteca de Carlos Calderón Chico vi un cuadro “atípico” de Ramírez. Esta vez era en tonos grises cálidos y me comunicó la idea de una granja, de un corral… ¿Se trataba, acaso, de una propuesta bucólica? ¿Había vacas en el cuadro, o es mi memoria quien las ha puesto a pacer en esa superficie carente de cielo? ¿Por qué introduzco datos en una pintura mal evocada?

Para cuando vi aquel cuadro en la biblioteca de Carlos, Héctor ya era famoso y “consagrado”, habían pasado  40 años, había “saltado el charco”, y en el ínterin habíamos visto crecer de lejos su trabajo, su fama, y yo podía reconocerlo —como digo— “donde fuere que estuviese colgado”. No dispongo de mucho material gráfico de su obra así que, en algún caso, voy a tener que narrar los cuadros de mi parcero: son casi todos sobre fondo oscuro. Cuando los tonos son claros, él se las ingenia para crear en su interior fragmentos oscuros donde sus inigualables colores pueden regodearse a placer. Muchos, incluso él, han calificado de precolombinos a sus cuadros porque efectivamente, atravesando su inigualable cromatismo introduce grecas, símbolos y grafismos que podemos convenir en que se trata de reminiscencias de las abstracciones Valdivias o Chorreras.

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¿Y eso es todo? ¿Qué más me evocan sus cuadros? Respondo: esas visiones geométricas, esas manchas de luz que jamás se repiten cuando cerramos y apretamos los párpados vueltos a la claridad y obligamos —a quien sea responsable de la fisiología de la visión— a mostrarnos formas espectaculares, colores prodigiosos que van palideciendo conforme la excitación luminosa va menguando.

Y entonces debo hablar del cromatismo de Ramírez. ¿Es realmente espectacular, como lo he calificado todos estos años? ¿O es que sobre tonos pardos, cualquier color cobra esa vida lógica y deslumbrante propia del alto contraste? Y entonces, como de lo alto, se me viene a la mente una frase, que hasta podría ser lapidaria: ¡fórmula! ¡Claro, esa es la fórmula de Ramírez!

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Una vez revelado el misterio, otra pregunta surge: ¿y es malo haber encontrado una fórmula? ¿Qué me permite, o qué me impide una fórmula? Pero como yo no soy Ramírez, una vez más: revelado el misterio, ¿qué debo esperar de cada nueva propuesta? Dicho en sus palabras “Con el transcurso del tiempo uno aprende lo que es la fuerza, lo que es el gesto, lo que es la caligrafía. Haces un crisol, pierdes los miedos y empiezas a decir lo que tú quieres”

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Si pasara en el día a día de Ramírez, es probable que terminara abombado con la reiteración de su fórmula, pero esa posibilidad ni la tengo yo ni la ansía ninguno de sus coleccionistas. De modo que ese extrañamiento inicial que viene con cada nueva obra pasará del primer impacto a constatar de que también ésta está bien, que es magnífica (me detengo en los rojos, en los turquesas)  y concluyo sin lugar a dudas, que es un Ramírez. Y entonces aparece un gran componente de nuestro sentido del gusto y/o de la crítica: el componente memoria—tiempo, aprendizaje—tiempo, que son formas útiles de la permanencia, y de nuestra capacidad de identificar, inferir y deducir, que nos suele ser tan grata. ¿Cuánto tiempo permanece su obra en mi memoria? Lo suficiente como para escribir este artículo sin salir aturdido del intento.

Sin embargo vuelvo a la Lésper, ¿promueve ella la vindicación de obras que puedan ser recordables, que colaboren con nuestra capacidad de identificar y que sea eficazmente comunicacional (en retos, en soluciones, en una imaginería más cercana a nuestras sensaciones y convicciones)? Lésper es enemiga de hiper-verbalizar las obras, así que le deben resultar extraños los rebuscamientos de mi pregunta. Con incisiva y despiadada sencillez, la Lésper nos sintoniza con lo que es el arte, con lo que debemos esperar de él, y con lo que podemos esperar de esa tribu insaciable de mercachifles del arte que magnifican las virtudes de la ocurrencia, como si se tratara de un estado de gracia divina (recuerdo indignado un premio de Salón concedido a un pintor local que, sobre el cartón que un indigente usaba para dormir en la calle, dibujó el perfil de la ciudad… Afortunadamente he olvidado la línea argumental que soldaba una cosa con la otra y que demostraba la genialidad del jurado, más que la del pintor, para justificar el premio otorgado a semejante adefesio, a semejante indolencia).

Lésper resume el asunto en pocas palabras: “estamos ante dos vertientes, una que exige de conocimiento, preparación, talento, desempeño técnico, resultados y otra que no necesita ningún tipo de conocimiento, ni de preparación que incluye todo y lo que sea”.

Afortunadamente las condiciones socio económicas y culturales del país no han consentido el desarrollo de una población VIP en toda regla, pero mucha de nuestra plástica se refugiaría con deleite en esas casillas, movidas y animadas no por personas que sepan algo de arte, sino por decoradores de interiores que hacen su trabajo, aún pionero, pero que algún día será reconocido como forjador  de nuestros primeros VIP locales. Así que a recapacitar, decoradores.

Les cuento: Avelina Lésper va a venir al Ecuador, va a estar en la casa Égüez. A ver qué nos dice la Lésper de viva voz y cuerpo presente, del arte y de sus cosas, y de nuestras plásticas preocupaciones, ahora que nos va a visitar.

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Lectura pendiente VII

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“El lado frío de la almohada” comienza por el final. Han matado, como resultado de una confusa balacera, a Laura Bahía, funcionaria de la embajada cubana en Madrid que sostenía una relación con un agregado de la embajada de USA en España, Phillipe Hull.

Como no es nuevo ese desafío de contarte el final, ¿qué hace la autora para treparnos a su historia? Apenas ser directa, manejar una prosa sobria, intensa y a ratos poética, de diálogos veraces, de gran ingenio, creíbles y reflexivos.  Esta novela

“no es un fragmento de la Historia, con mayúscula, aunque sí pertenezca a la historia de lo que los hombres y las mujeres hacen, conocen, imaginan, procuran”.

Como fuere, corre el 2003, la URSS está disuelta hace más de una década y aún se perciben las secuelas del “período especial” cubano, es el año de la segunda guerra contra Irak, y en tales circunstancias dos embajadas, digamos que enemigas, envían a dos de sus funcionarios a… ¿dialogar?; pero terminan ¿amándose? ¿Será posible ese modo de tregua? Voy por las primeras páginas, pero las secuencias que preceden al primer encuentro entre los agentes, el norteamericano y la cubana, son de una economía de palabras, insinuaciones y silencios tan genial como perfecta. Los cubanos han establecido contacto con grupos potencialmente terroristas; pero los americanos sospechan que lo que pretenden es llamar la atención para propiciar un acercamiento con ellos… Gopegui hace gala, realmente, de un dominio admirable de este tipo de situaciones y de las estrategias que los propician.

El día del contacto Laura se entrevista con una portuguesa de un grupo extremista:

“En ningún momento reconoció la mujer la existencia del grupo. Habló como si se tratara de una leyenda, un rumor sin confirmar y al cual ella no parecía dar crédito. Hizo alguna pregunta a Laura, repentina, imprimiendo giros ilógicos a la conversación… Laura sabía que la estaba probando y estaba dispuesta a aguantar el tiempo y las preguntas necesarias…

“Laura sacó un sobre de su mochila  y se lo entregó a la portuguesa—. Es una lista de lugares donde obtener documentación falsa en MADRID. Podéis verificarla o descartarla, como queráis. Os la entrego… a cambio de esta cita.

“La Portuguesa se puso en pie.

“—No te entiendo.

“—No ha sido una trampa —dijo Laura—. Aunque sí he mentido. No quiero entrar en vuestro grupo pero necesito que alguien sepa que podría hacerlo.

“—¿Insinúas que te han seguido? —preguntó la portuguesa, impasible.

“—Hay otra cosa que quiero daros —dijo Laura sin contestar. Extrajo ahora una carpeta flexible de la mochila—. Es alguna información que tiene sobre vosotros la embajada estadounidense. Puede que haya más, no lo sé, esta la conseguimos por un golpe de suerte.

“Laura tendió la carpetilla a la portuguesa. Ella, sin hacer ademán de cogerla, preguntó:

“—¿Quiénes la conseguisteis?

“—Sí —dijo entonces Laura—. Me han seguido. Por el momento no van detrás de vosotros, sino detrás de mí. De todas formas, este era el único camino para darte una copia de lo que tienen. No creo que os hayan pinchado el teléfono, pero tampoco lo descarto… Siento no haber avisado… Tú sabes cómo es esto… Nunca iríamos contra vosotros.

“—Supón que lo acepto. Pero además querrás que acepte  que el engaño era el único modo que tenías para lograr lo que querías.

“—Es que era el único.

“—No vas a decirme quiénes sois.

“—Ahora no. —La portuguesa cogió la carpeta de manos de Laura, que dijo—: Pero si llegas a saberlo no te sentirás traicionada.”

 

Y los americanos la contactan.

¿De qué va el argumento? Creo que del cansancio de soñar, encarnado tanto en Laura, como en su coprotagonista—antagonista  Phillip Hull, donde subyace el otro desencanto y la cuestión adosada: debe Cuba continuar resistiendo, o no, ante un poder que siempre se ha jactado de no tener amigos sino intereses. Laura no se deja engatusar por los sueños que “son muertos”, y que ella es Cuba en la novela, mientras que Phillip, el agente gringo —que también tiene sus sueños— termina agenciando su muerte a pesar de toda la pasión despertada.

La novela consta de dos partes que discurren alternadamente. Por un lado está todo el suspense que implica cumplir sus respectivas misiones nacionales; y la otra, que consiste en cartas periódicas que Laura envía al director de un diario de gran tiraje donde reflexiona con profundidad y obstinación en el papel que desempeñan los sueños personales cuando están atados a los sueños de tu nación. Son ocho las cartas de Laura, allí encontramos la significación del lado frío de la almohada y la vindicación del sueño de los muertos; en la segunda (el amante como enemigo) Laura escribe “Soñamos soledad y la soñamos siempre contra alguien”. La tercera abre con frío dolor: “Porque los sueños adulan nuestra impotencia”. A confesión de parte, relevo de prueba. Laura insiste: “… me gustaría contarle que los sueños, los individuales, los fragorosos, están destruyendo Cuba”. En la cuarta Laura expresa que Cuba es  “la posibilidad de un sitio no sometido a la lógica del beneficio que siempre lleva aparejada la lógica de la beneficiencia”. La quinta es una inquietante disquisición sobre la sirenita De Andersen y lo que implica poner los pies en la tierra, ese lugar tan común y tan lleno de cristales rotos, según aprecia Laura. En la sexta, más que una defensa de Cuba, hay la exposición de motivos —ajenos— por la cuales Cuba como revolución debería desaparecer. Vuelve a los sueños, citas de Lezama Lima, Miguel Hernández. Después de la séptima carta (del secreto como arma de débiles) Laura es asesinada. Hay todavía una octava carta, escrita seguramente en el intervalo, siguen las reflexiones de lado y lado sobre su muerte y sobre lo que realmente se logró.

A pesar del ritmo literario, resuelto y sostenido, sólo hay una alusión musical en la “letra de una vieja canción” (Laura): “Dónde pongo lo hallado”, de Silvio, naturalmente.

Frases subrayadas:

“El sueño es leve y no dura y se atoran los caballos de batalla”;

“Si viéramos señales donde hay azar sería más fácil”;

“Los no poderosos somos más. ¿Por qué a la hora de la verdad siempre parece que somos pocos?”;

(Sobre los sueños fragorosos): ¿Qué me hicieron los sueños para que ahora me lance contra ellos y quiera combatirlos, refutarlos, dejar constancia de su inexactitud?”;

“Los amores desiguales hacen suyo el obstáculo y lo invierten”;

“El amor es un pacto inseguro”;

“La idea de prosperidad está afuera… Puede que sea una idea engañosa. No importa. Tiene presencia”;

“Yo no tengo leyenda”.

Belén Gopegui, España, 1963, autora premiada, guionista de cine, es una mujer bella, jamás la he visto maquillada ni se tinta su pelo prematuramente gris.  Estuvo recientemente en el Ecuador, a propósito de la FIL Quito de noviembre de 2016. “El lado frío de la almohada” edición DEBOLSILLO de Random Mondadori, cuesta 14 dólares y lo encontré  en librería La Española, en Guayaquil.

Lectura pendiente VI OTRO FUNES, por Asimov

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Borges, en su libro “Artificios” de 1944 cuenta la deprimente pero fantástica historia de Ireneo Funes, afortunada víctima de la soberbia de la memoria total. Narra Borges: “Al caer, perdió el conocimiento; cuando lo recobró, el presente era casi intolerable de tan rico y tan nítido… Poco después averiguó que estaba tullido. El hecho apenas le interesó… Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del treinta de abril de mil ochocientos ochenta y dos y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de espuma que un remo levantó en el Río Negro… Podía reconstruir todos los sueños, todos los entresueños. Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero… No sé cuántas estrellas veía en el cielo.

38 años después Asimov publica “Que no sepan que recuerdas” (Lest we remember), que trata de un sujeto que, gracias a un experimento, puede recordarlo todo. La comprensión del fenómeno mnemotécnico tanto en Borges como en Asimov es muy semejante. Prefiero creer que Asimov no leyó a Borges, y si lo leyó, le caló un ingrediente notabilísimo y que evita la depresión a la que sería proclive la historia de no ser: por una mujer.

Misógino el uno (Borges), machista el otro (Asimov), el protagonismo femenino en ambos es deplorable. ¿Cuántas mujeres aparecen en los relatos de Borges? ¿Emma Zuns, Beatriz Elena Viterbo (la de El Aleph)? ¡Estela Canto, o Silvina Ocampo!; estas dos no como protagonistas, sino como personas a quienes dedica alguno de sus cuentos.

Las mujeres en los relatos de Asimov son más abundantes pero infamemente bobas y eternas amas de casa, a pesar de ser ciudadanas de Trántor, o de alguna de sus provincias en el borde de la espiral galáctica. Hay dos o tres que se destacan, y entre esas aparece Susan Collins, la novia de John Heath, el FUNES asimoviano. De este, Asimov dice:

“El problema con John Heath, en lo que a John Heath se refiere, era su absoluta mediocridad”.

La pareja se casará en dos semanas; ella, lógicamente, tiene mejores ingresos que los de John y cae en trances frecuentes de “cariñosa exasperación” en los tratos diarios con su pareja. Pero este, quien  finalmente accede a que “Quantum Pharmaceutical” pruebe en él una suerte de desinhibidor mnemónico, no es un tullido postrado en un catre como el enigmático Ireneo Funes. No: es un tipo absolutamente común y corriente que va de su casa al trabajo, que tiene un jefe campechano que le hace bromas, más otros compañeros de trabajo jerárquicamente superiores a él y los inevitables súper jefes. Delante de uno de ellos descubre que la poción mnemónica “funciona” y ya con Susan no pierde oportunidad de alardear de su nuevo status mental:

“… Creo que puedo recordar todo lo que he oído en toda mi vida. Es una cuestión de memoria. Por ejemplo, cita algún pasaje de Shakespeare.

“—Ser o no ser.

“John la miró, ofendido.

“—No seas tonta. Bueno, no importa. La cosa es que si tú me recitas cualquier verso, puedo seguir hasta donde quieras. Leí alguna obra para la clase de Literatura inglesa en la Facultad, y lo recuerdo todo. Lo he probado. Y es como un chorro…”

Ya en su oficina la eficiencia de John, previsiblemente, se ha multiplicado, pero como lo pudo notar Ross, el rudo pero cordial jefe inmediato de John, no había sector de las oficinas de Quantum Pharmaceutical donde este dejara de ensayar su prodigiosa capacidad de recordarlo todo. Pero su jefe no era de esos que se dejan amilanar por un sabelotodo emergente: lo confronta, lo amenaza, lo echa del puesto (y no muy amablemente). John, muy circunspecto y sin alterarse contraataca de manera contundente, y se va muy orondo con su puesto intacto, pero con el odio visceral de Ross… Y pronto se lanza al ataque en otros niveles de la compañía, ocupados por gente básicamente olvidadiza, que no correlaciona adecuadamente sus recuerdos, que pierde eficiencia, que no mira más allá de sus narices… Felizmente John cuenta con Susan.

En una conspiración de todos los jefes departamentales contra su cerebral sedición, John está rodeado por mucha gente, el plan consiste en volverlo a su situación anterior, bloquear el desinhibidor mnemónico, lo tienen acorralado, muerto de miedo en una esquina, con la hipodérmica en sus manos, ¡hasta que llega Susan!

Susan providencial… teje sus tretas  en beneficio de ellos, como pareja, y todo muy legalmente.

“—Déjame que te sermonee un minuto —dice Susan— para que no vuelvas a olvidarte. Te lanzaste a cambiar las cosas demasiado de prisa, demasiado abiertamente y sin tener en cuenta para nada la posible reacción violenta de los otros. Tú lo recordabas todo, pero lo confundiste con la inteligencia. Si hubieras tenido a alguien realmente inteligente para guiarte…

“—Te necesitaba Sue…

“—Pero ya me tienes Johnny.”

Ya saben: no es lo mismo memoria que inteligencia.

¿Otras exploraciones literarias  en estos campos del recuerdo? Los hombres-libro de “Fahrenheit 451” de Bradbury, y toda esa lista que Ireneo Funes le recita a Borges desde su catre. ¿Mis exploraciones? ¡Desde luego! En “Cuídate de las Coriolis de agosto” la poción de “Glucosa filo-mnemónica garantiza evocar fielmente todos tus recuerdos. Advertencia: el exceso de glucosa está emparentado con la diabetes.

“Compadre” CF

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“He viajado al siglo XVII, Compadre, y he buscado las botellas de Jerez.

Puse proa frente a Cadiz, compadre, y hurgué entre las naves y sus grandes casas.

Para nada.

Más yo pienso que fui engañado, compadre, y ya no tengo créditos pa´ responder,

Ay que me muero, compadre, créame, si todo se dio en engaños…”

 

—¿Y su marido murió?

—¡Murió, desolado, créame!

—¡Cuánto lo siento!, pero ¿qué espera usted de CronoTravel?

—Negociar.

—Señora, ¿no me ve? Estoy ocupadísimo… ¿Por qué habría de interesarme?

—Por los impuestos —dijo la mujer, sin dramatizar—.  ¡Pero no palidezca, varón! Ya sé que suena injusto, pero estoy enterada: van a gravarle una tasa de incremento geométrico por cada año que remonten desde el pasado… Y hay ochocientos cuarenta años, casi un milenio,  hasta el año que visitó mi marido. Solo que —dijo la mujer, tragando amargo—: él simplemente murió…  Y su seguro de vida no cubre esa inversión de viajar ocho centurias para más de encontrar un buen trago que beber.

—Señora…

—Pero si establecemos tres hitos, uno hace doce años, otro hace cinco y otro hace tres, yo le garantizo una promoción irresistible. Al volver tendremos el Jerez Gran Reserva, el Reserva y el Solera, todos a la venta, desde los grandes centros de acopio de los agujeros de gusano, hasta en los mercados y abacerías más modestos de la vieja Tierra. Ganará muchos créditos, estimado señor, y olvidará esa blanca palidez.

—¿Nuestro porcentaje?

—33%

—No me haga reír, ¿y el saldo?

—34% es mío.

—¡No me diga! ¿Y el otro 33?

—¡Del compadre!

Lectura Pendiente III

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“Te llamo porque es noviembre”, novela, Mariella Manrique

Protagonista y narradora: Tania Carbo.

Es Tania Carbo una joven maestra de Literatura de un colegio secundario de Guayaquil, laico, particular y de clase media. Luego de romper con Julio (su pareja durante algunos meses), se ha mudado al sur de la ciudad. Es chira, no tiene vehículo propio (por ejemplo), y para redondear su presupuesto da clases de español a unas japonesas; en todo caso, hemos calculado que su hogar, un departamento alquilado en el “regenerado” barrio del Centenario, dista unos 10 kilómetros de su sitio de trabajo, al nor-oeste de la referida ciudad, y que recorre esa distancia puntualmente (y multiplicada por 2) en días laborables, entre otras cosas para estimular a su alumnos en la adaptación y montaje teatral de “Un hombre muerto a puntapiés”. El recorrido lo hace en el transporte escolar, lo que nos permite concluir que a su colegio asisten chicos muy alejados de su radio de influencia. ¿Lo hacen hechizados, fascinados, devotos por Tania? No, como tampoco está hechizado el personal del colegio (bibliotecaria, chofer, secretaria, directora de área) ni toda esa burocracia sufriente de indispensabilidad crónica. ¿Nos permite el recorrido del expreso escolar hacer una evaluación urbanística del desarrollo (o subdesarrollo) de tan ínclita ciudad? No, no es ese el afán narrativo, pero algo se vislumbra: “…atravesamos un paso a desnivel, llegamos un siglo más adelante en cuestión de minutos… esa era mi parada.”  Tania usa, por lo demás, taxis y transporte público.

Sin embargo, Tania despierta simpatías; como es hábil, y de mucho trajín literario como respaldo, sea por vocación como por docencia, nos planteó de entrada su ruptura con el arriba citado Julio, un ejecutivo algo engreído y sin tacto que no la hizo ni llorar ni sufrir, pero que no la apreció en todo su potencial. Nosotros, en cambio, percibimos inmediatamente dicho “potencial”.  Pero esta ruptura se da luego de otras rupturas mucho más conmovedoras y en las que su voluntad nada tuvo que ver (todo lo contrario: nos atrevemos a afirmar que, de poder, su voluntad habría obrado en sentido contrario al de la historia o al de la fatalidad, que para el caso vienen a ser prácticamente, lo mismo), y que fueran la muerte de su padre y la más reciente del primo Sebastián, un bombero voluntario y voluntarioso, en ruta hacia héroe mediático que por las noches, en compañía de sus camaradas se dedicaba a cazar y patear homosexuales. ¿Cómo así este ser repudiable no alcanza el mismo nivel de desprecio que generara su ex?  Bueno, sí alcanza tal nivel, ya que el relato de Tania sobre tan asquerosa  actividad no es disimulado ni mitigado por el parentesco, y porque recién al final de la novela nos enteramos de tal certeza.

Tania, como ya dijimos, nos es simpática, aborda, se embarca, navega, acodera, se desembarca y se vuelve a embarcar en la vida con honradez y buen humor: “En verdad, amanecí con tono de balada”. Tania realista: “Fui al baño a cambiarme de esteifri con el terror de que la sangre avanzara hasta la falda… y me delatara: está enferma. Ahora tengo un bulto entre mis piernas, camino como pato, tac, tac… odio mi olor el segundo, el tercero, hasta el cuarto día… escucho que algunas no sufren así, que al tercer día ya no tienen nada, pero yo soy una llave abierta, una tormenta, una cascada…” Tania y la muerte (después de estar con Pedro en la tina del jacuzzi): “Estuvimos remojándonos casi media hora, y ni una palabra. Esta es, en verdad, la muerte.” Tania y la muerte (pero después de soñar con una lechuza): “Esa era la palabra que la lechuza me susurraba al oído bajo el cedro. Estábamos sentadas, no había nadie en la escuela, y el silencio era insoportable. Entonces desperté. Sobre el velador estaba el diccionario de los sueños. Lo abrí. Ahí estaba: soñar con una lechuza también significa muerte.”  Tania y el muerto (imaginando a su primo): “Se coló una sensación nubosa, un vacío turbio, la espesura de la desazón, de la desesperanza”.

De todo esto, contado en un tráfago incontenible de tiempos veloces y escurridizos, nos vamos enterando porque Tania lleva —cual si fuese un diario— la escritura de una versión de novela biográfica que —como ella misma se encarga de revelar— no siempre conserva las mismas palabras ni los mismos giros del relato que tenemos ante nuestros ojos.

Ahora bien, durante la semana Tania se las arregla para tener una vida social fecunda. Diríase que, si bien suele decantarse en una soledad funcional y reflexiva, su vida social es pletórica. En las primeras páginas ya vislumbramos que Tania jamás deja de ir al gimnasio, la vemos beber con sus amigos, sucumbe con grandes dosis de entrega e imaginación a escabrosos escarceos amatorios con Pedro —que lo único que despierta en nosotros, es una total envidia—, visita en varias ocasiones a una alumna víctima del bullyng (la lechuza), que está hospitalizada, lidia con una “familia hamster” (sic), y se encariña con un perro (Bongo).

A fin de obtener una mirada fría y desapasionada de Tania en la relación con “los demás” de su relato, tratamos de construir una matriz de interacciones de doble entrada con ponderaciones cualitativas tales como “deseables”, “entrañables”, “necesarias” o “intolerables”. Pero es tal la cantidad de personas con la que Tania interactúa que hubiese resultado casi imposible escribir esta reseña, a menos que nos ganara la paciencia de hacerlo en un año calendario, cuando la condición del título de la obra es que deba publicarse mientras dure noviembre… Por lo menos.

Además el método es muy exigente. Por ejemplo, descubrimos que lo procedente sería el agrupar a los personajes por áreas de actividad (la escuela, el bus, las farras, la familia), luego ponderar el origen de la mención… ¿Quién menciona a Pedro? Por citar un caso. ¿Sólo Tania, sus amigas, o la japonesa? Y con qué talante procede tal mención: interés, encuentros fortuitos o deliberados, fiesta, trabajo, cuidados, etc. ¿A qué obedece la insistencia de la mención, crece esta, o decrece? ¿Y a qué conclusión llegaríamos? Probablemente a la misma que nos conduce nuestro entrenado olfato de lector, con el “plus” —como dicen ahora— de que cualquier percepción podría corroborarse matemáticamente, para gran alegría de nuestras entendederas.

Así que, muy a nuestro pesar, abandonamos este recurso (usado en metodologías de diseño: Rossi, Geoffrey Broadbent, y otros) porque la cantidad de personas por las que Tania atraviesa, o que la atraviesan a lo largo de este relato, es de más de tres docenas.

Sin embargo, hasta la mitad de la novela, por recurrencia de mención, diríamos que el centro del interés afectivo de Tania comienza con Pedro (14%), sigue su hermana Gisela (10%) y madre de la bebé Gabrielita (4,5%), Pilar y Mónica, sus amigas (7,3% y 6,9% respectivamente), la japonesa, cuya aparición en la sexta parte de la novela viene con perfil ascendente: 6,2%. Tanto su primo Sebastián, como Julio y su tía, la que fuma, se llevan un 4,7%; su papá, que en paz descansa, el 4%.

La segunda mitad de la novela es reveladora. ¿A quién le escribe Tania, y por qué en noviembre? ¿Qué les sucede a sus amores con Pedro? ¿Montaron los chicos “Un hombre muerto a puntapiés? ¿Cómo les fue? ¿Y cómo le irá con su trabajo? “No aceptaron mis sugerencias  con respecto a la bibliografía del siguiente año, tampoco aprueban los cambios propuestos para el programa de sexto curso, prefieren, como lo llaman ‘un corte más convencional de conocimientos’…” ¿Y qué hubo de la chica Lechuza, del perro Bongo y de la simpática japonesa? “helmana al teléfono, plegunta por tolta de cumpleaños…Vengo plonto, voy a lavar cara”. Este personaje tiene ese algo de Baudolino que lo vuelve invicto en cualquier idioma.

Pero, naturalmente, no pensamos contar más, nada. Solo hay algo que me deja perplejo, y es que en la novela aparecen tres lechuzas: una, a la que esta novela es dedicada; otra, que es el personaje-alumna del que hablábamos arriba y que en realidad se llama Alicia; y la otra, ¡que es la que firma la novela! ¿Qué clase de acertijo es el que Mariella pretende plantearnos? ¿Se trata de tres personas distintas en una sola lechuza verdadera? El cerebro puja, pero no nos da para tanto. A ratos, desconcertante como cualquier “vida misma”, solo diré que “Te llamo porque es noviembre”, original de Mariella Manrique García, cuenta además con unos grabados formidables de nuestro querido Walter Páez, se publicó en abril de 2015 en la editorial de la Casa de la Cultura, y que en la Librería Española del Río Centro Los Ceibos, pueden adquirirla por 10,00 US DLS.

Los fondos concursables y yo

telescopio

Nunca he ganado uno, para variar.

La primera ocasión que participé muy ecuatorianamente, es decir a última hora, hice lo que sé hacer: una propuesta, unos objetivos, que los generales, que los particulares, una justificación del tema (era una puesta en escena artísticamente multidisciplinaria: “Los dioses también cantan boleros”), “sucedía” la trama en la Provincia de Santa Elena (esta es una de las pocas veces que reniego de que ahora la Península sea provincia: mis mejores imaginaciones se anclan por allá). No me percaté que había unos protocolos que cumplir, que había que llenar unas formas y todo lo demás. Naturalmente responsabilicé a esa “pequeña falla” mi no selección.

El año pasado participamos con mi compadre Joaquín Serrano en una propuesta bellísima de arte pictórico hacia y desde los poblados costeños. Y no fuimos favorecidos.

Este año mí compadre andaba en proyectos propios y yo estaba entre la creación de una obra (unos cuentos de CF) o —se me ocurrió también a última hora—: generar el V Encuentro Internacional de Narrativa de CF “desde el Ecuador planetario”. Parecía irresistible. Llevábamos cuatro encuentros, este debía ser el quinto.  De los aborígenes concertados, deberían respaldar Clarita Medina en RRPP, el Iván Rodrigo -que es muestro historiador de CF-, Roberto Cevallos; y los escritores Santiago Páez, JD Santibáñez, Jorge Val Miño, Leonardo Wild, Eduardo Villacís, entre otros;  todos pensados, no todos consultados.  De los extranjeros el único con el que hablé fue con mi pana Yoss, porque el hombre tiene hoy tal fama, que hay que arrejuntarlo contra el calendario para darle pista en nuestros aeropuertos. Nada dije a los otros para no entusiasmarlos. Pero ahora no importa, nada te dije Su (Susana Sussmann), le dije al Beff, que le hubiera encantado venir en familia (le canté la plena, desde luego), nada le dije al Néstor Darío Figueiras, ni a sus supuestos acompañantes, el poeta César Ayra y Laura Ponce, ni al Iván Prado, de Bolivia. Consideré que era buena fecha fines de enero pues aún estaría en vigor el año lectivo, y aún quedaban algunas semanas antes de la jornada electoral; y pregunté por los pasajes y si  fines de enero, era  considerada época alta, media o baja. Fue presupuestado. Averigüé por los hoteles, por el traslado, por la jama. Fue presupuestado. Por los gastos de difusión, por la impresión de libros, habladores, “flyers”, etc. Hasta el etcétera fue presupuestado. La propuesta incluía una nueva antología de cuentos largos de CF ecuatoriana… Y que las universidades y que los colegios, y que los clubes de lectura, que las poblaciones de la provincia…Todo fue presupuestado. ¡Y nada! Casi sufro una crisis de alferecía cuando supe del terrible desenlace.

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II encuentro de narrativa CF, en Casa Grande, con Susana Sussmann, Néstor Darío Figueiras y Carlos Tutiven

¿Qué paso? ¿Qué no puse? ¿A dónde se fueron mis dotes de encantador, de persuasivo, de seductor?

Algunos panas me dan respuestas basadas en experiencias previas, en la parcería entre los de siempre con otros que también han sabido ser de siempre. Y recordé cierta ocasión, cuando asistí a la rendición de cuentas de la gestión del Min Cultura de 2014 si la mente no me traiciona (tengo una mente cada día más traidora, pero eso cae en la competencia de la salud) y efectivamente en el rango del patrimonio la inversión era interesante. Y como soy mal pensado retuve en la mente el total, comparé con los datos que fluían del vocero sobre la inversión en la Sierra Norte y central, y resulta que la inversión era del 70% del total. La división fue mental (en eso trabaja muy bien, la infame) pero cabe que no fuese el 70 sino el 60, o sino el 50… Igual, como que la distribución NO es igualitaria. Pero pensemos ahora en mi ciudad y en Quito. Camino por, no digo el centro histórico, por la 10 de agosto… ¿Cuántas casas patrimoniales puedo contar a lo largo de unas 10 cuadras. Hago el mismo ejercicio en Guayaquil… ¿Para comenzar, por dónde? Digamos la 9 de Octubre. ¿En cuánto queda la relación de bienes muebles patrimoniales? ¿2 a 1, 3 a 1, 4 a 1, 10 a 1? Ahora bien, para mí es natural que la inversión deba tener cierta concentración; ¡después de todo Guayaquil se nos quemó como cuatro veces!  Lo que no es natural, y que no me cuadra, es que la destreza del carpintero de ribera esté virtualmente perdida en la costa ecuatoriana; a tan pocos les ha importado que no haya un solo proyecto de salvataje de esos conocimientos de ancestralidad, como dicen ahora.

Pero andamos con los fondos concursables. De eso se trata.

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IV encuentro de narrativa CF, en la FIL de Quito 2014

La primera duda: ¿y se repartió el dinero tal como estaba previsto? SÍ. Hasta creo que se ha dado de más. Si mis números no han fallado, y una vez revisado el veredicto, resulta que en Guayaquil se repartió algo más de 150 mil dólares versus 140 mil, que era lo estipulado en el programa. Como provincia estábamos embarcados con cuatro provincias más para un fondo de 160 mil. No sé cuál será el criterio de reparto entre estas 5 provincias así que no me quedó otra que dividir para 5, lo cual implica que debieron darnos unos 30 mil, pero recibimos ¡un poco más de 100 mil! Que reclamen los otros.

¿Quiénes recibieron? En lo mío: que esta vez fue literatura. ¿Cómo no me va a alegrar que el “conde” Martillo, que detesta hablar de Literatura —porque prefiere hablar en verso— pueda crear poesía como sólo él lo hace? No creo que su selección se afiance en algo distinto. Está Jorge Osinaga, que es uno de los más ácidos y divertidos críticos del régimen (y que, por cierto me ha eliminado de sus contactos -aquí: un emoticón triste-), en cuya  no hay favoritismo que pese y que se lleva el fondo de lo buena que es su propuesta.  Y fuera ya de mi provincia, me alegra por ejemplo, lo del “Pato” Montaleza, yo sé por todo lo que debe pasar para que su festival siga con vida.

Y también están unos de siempre… Sus propuestas implican eso que se llama continuidad, que es muy bueno, y que no se debe confundir con continuismo, pero que debiera admitir cierta alternancia, por favor; otros seguramente se saben “la receta” para postular bien, llenar formatos y todos esos protocolos que, así nos duela, son de uso corriente en todas partes del mundo; y/o habrá otros que son bendecidos por el inefable espíritu de las musas.

A mis panas de la CF, ¿qué les digo? Que siempre nos damos modos para saber en qué andamos. Hace unos lustros, cuando recién nos dio por narrar en CF, a propósito de un concurso nacional de novela, la CF fue ninguneada porque “no se ajustaba a la tradición literaria del Ecuador”, según me contó un miembro del jurado. Pero todo lo que he publicado fue premiado en certámenes que NO eran de CF específicamente. Por hoy, no me interesa saber quiénes hicieron de jurados en estos fondos concursables, pero eso sí: no tienen idea de lo que se pierde Guayaquil , algunos poblados de la provincia, y buena parte de su gente.

LECTURA PENDIENTE II

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LIDIANDO CON FAULKNER: HUMO

El placer de la relectura se da por obra y gracia del olvido.

Para los que no conocen este libro, todos los cuentos que lo componen tienen como protagonista a Gavin Stevens, fiscal de distrito, que a veces aparece como joven abogado, otras como solterón irredento y otras ya entrando en años. También aparece, como escolta perpetua, su sobrino Chick Mallison. A veces este es quien narra la trama, en otras —justo en “Gambito de caballo“— el narrador lo usa para convertirnos en testigos indirectos de los asuntos del protagonista principal, su tío Gavin.

Pero HUMO es un cuento narrado en primera persona por alguien que prefiere construir sus oraciones en la primera persona del plural, como si fuese el pensar unánime de un pueblo, del cual el narrador se ha erigido en representante:

“Anselm Holland llegó a Jefferson hace muchos años. De dónde, nadie lo sabía. Pero era joven entonces, y un hombre de variados recursos, porque antes de que hubieran transcurrido tres años estaba casado con la única hija de un hombre que poseía dos mil acres de las mejores tierras del distrito, y fue a vivir a la casa de su suegro, donde dos años más tarde su mujer le dio dos hijos, y donde a los pocos años murió aquél, dejando a Holland en total posesión de la propiedad, que estaba a la sazón a nombre de su mujer. Pero aun antes del hecho, LOS DE JEFFERSON lo habíamos oído aludir, en tono algo más alto de lo conveniente, a “mi tierra, mi cosecha”; y aquellos de NOSOTROS cuyos padres y abuelos se habían criado en el lugar lo MIRÁBAMOS con cierta frialdad y recelo, como a un hombre sin escrúpulos…

A continuación el narrador cuenta pormenores de la vida de los gemelos, de la muerte de la madre y de los litigios con su padre:

“Y cuando sus hijos llegaron a la edad adulta y primero el uno y luego el otro dejaron para siempre el hogar, NO NOS SORPRENDIMOS. Por fin, cuando un día, hace seis, Holland fue hallado muerto, un pie trabado en uno de los estribos del caballo ensillado que acostumbraba a cabalgar, y el cuerpo horriblemente destrozado, porque, aparentemente el animal lo había arrastrado a través del cerco de palos, y eran todavía visibles en el lomo y en los flancos del caballo, las marcas de los golpes que le había dado en unos de sus accesos de ira, NINGUNO DE NOSOTROS LO LAMENTÓ, por cuanto poco tiempo atrás había cometido un acto que, para los hombres de nuestro pueblo, nuestra época y nuestras creencias, era el más imperdonable de los ultrajes..

Noten dos cosas: la primera es esa insistencia en hablar como representante de facto del “pueblo”; la otra es un rodeo que comienza así:
Por fin, cuando un día, hace seis, Holland fue hallado muerto...,
y entonces el narrador, gracias a nuestra obvia curiosidad, extiende las explicaciones de su muerte, el rol del animal, la tortura del animal,  hasta concluir con un pequeño y lapidario remate que engloba la sicología general de esa afectada vox populi:
ninguno de nosotros lo lamentó

Esta capacidad para plantearnos una propuesta que ingeniosamente deja “colgada” en nuestra curiosidad, para luego ausentarse un buen rato sin que dejemos de observar con el rabo del ojo la propuesta “colgada”, hasta verlo finalmente volver y amablemente descolgarla, antes de proponernos otra cosa, es una de las dilataciones más curiosas y geniales propias de Faulkner.

La narración discurre deliciosamente fluida y serena a pesar de lo áspero del tema, como si ese contrapunto fuese la infraestructura de la historia. Y así, como si se tratara de un viejo relato familiar que, por viejo y distante no nos afecta y del cual podremos sacar todas las moralejas que nos venga en gana sacar, nos vamos enterando de las pequeñas biografías de los protagonistas humanos del cuento (porque también hay protagonistas no humanos: el caballo del juez Dukenfield, el testamento del occiso, la caja de resorte del juez o la inhóspita y calurosa sala de audiencias), de sus actividades laborales y hasta de las supuestas conversaciones que los protagonistas pudieran haber urdido, tejido, tramado, o mantenido a lo largo del encono de sus vidas:

“Por fin un día se produjo el estallido. Probablemente de la siguiente manera:
—Crees que ahora que se ha ido tu hermano podrás quedarte simplemente, y guardártelo todo, ¿no?”

El narrador, de este modo asume una faceta de chismoso y discreto divulgador de rumores; tarea que de ningún modo le parece poco honorable; al contrario, con total desparpajo presume todos los diálogos, las provocadoras preguntas de unos y las insolentes o mesuradas respuestas de otros:

“—Preferiría tener una pequeña parte de la tierra y explotarla bien, a verla como está ahora —habría respondido Virginuis…

Y nos enteramos de sus asuntos de tierras, de los impuestos prediales y de la pérfida codicia del difunto que profanara la tumba de su mujer, versus la indolente sabiduría de sus hijos, consagrados simplemente a honrar a su difunta madre. Y entonces aparece un primo de los gemelos, un personaje de bajo perfil, que el narrador coloca sin nombrar, como una especie de miembro cuya función fisiológica no es del todo clara, pero cuya inflamación puede ser severa y hasta mortal, y también nos enteramos de uno de los protagonistas no humanos descritos arriba: el Testamento. Testamento que es una excelente excusa narrativa para que aparezca, igualmente de improviso el juez Dukinfiled.

El “nosotros” del relato, a través de su representante, “observamos” al juez y de cómo no legaliza el testamento. Pasan los días, mientras transcurre el retrato del juez “quien había vivido lo suficiente para saber que el apremio de cualquier actividad existe tan solo en la mente de ciertos teóricos que no tienen actividades propias”. Ese apremio (el nuestro de lectores “sin actividades propias”) se siente agredido cuando termina la primera parte del cuento y encuentran al juez Dukinfield muerto de un certero balazo en la frente.

 

Cinco espacios de máquina dan a entender que la segunda parte de HUMO ha comenzado.

Sin exagerar, más bien con algo de escalofriante frialdad vimos que el juez Dukenfield fue hallado muerto por su criado negro que, contra todo pronóstico nada oyó: ni al sujeto que seguramente pasó por encima de él mientras dormitaba en el corredor, ni al juez Dukenfield, ni al balazo. La descripción de Faulkner sobre el hallazgo (dado el tipo de hallazgo) es algo negra de humor, tal vez documental, pero en todo caso literaria: “Tenía los ojos abiertos y un balazo exactamente sobre el puente de la nariz, de modo que parecía tener tres ojos en línea”. El narrador en primera persona parece estar de acuerdo con la descripción, pero en todo caso advertimos que el único que puede dar semejante versión tiene que ser el escritor que se inmiscuye en el relato.

También notamos algo esencial en esta segunda parte del relato y es que cualquiera que se hubiese venido perfilando como protagonista de la historia (el viejo Anselm, los gemelos y hasta el propio juez Dukenfield) ceden los derechos, por decirlo así, al fiscal Gavin Stevens.

Esta segunda parte, sin embargo, está dividida en tres partes a su vez. No está demás explicar que tanto la traducción como la edición de este libro son de Alianza Editorial. En todo caso esta segunda parte acontece en la sala de audiencias del pueblo de Jefferson, condado de Yoknapataupha, donde se ventila un juicio, que el fiscal ha propuesto y mediante el cual vincula la legalización del testamento a favor de los gemelos Holland con el asesinato del juez. Surgen, pues, nuevos personajes, cuyos retratos son oportunamente develados: el sirviente negro, el primo de los gemelos que resulta ser pastor de iglesia, y un siniestro sujeto, un gangster de paso, aficionado al cigarrillo, un sujeto que deja traslucir sus vicios con tal eficacia que provoca todo tipo de repulsas, incluyendo náuseas a los que tan sólo lo miran. Demasiadas inquietudes como para no sospechar de él; demasiadas señas como para sospechar que él no es el “verdadero” culpable.

En cierto modo Faulkner pone a prueba nuestro talante de ilusos hasta el fin, cuando la genialidad del fiscal Stevens queda expuesta junto con el culpable, el verdadero culpable. Ahora bien, qué se ha hecho el narrador en esta segunda parte; recordemos su postura como representante del pueblo de Jefferson, un pueblo conservador, afecto al chisme y a la moraleja entre sus tradiciones más caras, y que lo ha delegado como tal dadas sus condiciones sociales, digamos, de chismoso y moralista.

Por fin, la genialidad de Stevens (y el estupor del pueblo, y seguramente, el del narrador) llega a su máxima expresión cuando todo se aclara: el Juez Dukinfield no podía firmar el testamento porque él había sido dueño del caballo que supuestamente había arrastrado y matado al viejo Anselm Holland; y resulta que en su mocedad fue tan maltratado que se volvió miedoso de tan solo ver un palo en mano de cualquier sujeto. Eso: o no lo pudo saber el verdadero asesino porque era un afuereño, o sucede que lo olvidó. ¿Cuál afuereño? Naturalmente el menos sospechoso: el primo de los gemelos; que fue quien contrató a otro afuereño, un gangster, para que asesinara al juez.

Como ven, el final de este cuento se pudo resolver en unas 100 palabras; pero recuerden que Faulkner y su narrador pertenecen al mismo entorno sociológico de la historia. Un entorno nostálgicamente vencido —gente del sur—, étnicamente cuestionado —pero plural— y donde los nombres, para ilustrar el asunto, evocan mundos bíblicos o clásicos de trágica fantasía, donde abundan, entre blancos y negros, los Sartoris, Drusilas, Horacios y Cornelias, y donde hay que promover que esa ideología inspirada en Nathanes, Davides y Salomones, infecte a la justicia para que brille, y que los culpables, de ser posible, hasta se coloquen la soga al cuello. Primera teoría, esbozada por el narrador como “el plan” Stevens.

Segunda. Comunicar simplemente el regusto por el descubrimiento de lo ocultado. Y para eso es necesario ir removiendo las opacidades que los humanos tendemos tercamente sobre la transparente y diáfana verdad.

¿Cómo lo hace? El método en general es una morosa recapitulación de todos los hechos:

De pie junto a un extremo de la mesa, comenzó a hablar (Gavin Stevens), sin dirigirse a nadie en particular, con un tono ligero y anecdótico, refiriendo lo que ya sabíamos, y dirigiéndose de vez en cuando al otro mellizo, Virginius, como buscando corroboración… Parecía estar preparando la defensa de los sobrevivientes… Su tono era tranquilo, conciso, sincero; en todo caso levemente parcial hacia el joven Anselm; eso es.
Ahora la cuestión es: ¿Cómo es posible que esta historia nos capture? Conforme el narrador cuenta, Stevens introduce aún más opacidades en la historia, de modo que el nuevo juez, los miembros del jurado, y hasta nosotros los lectores, naturalmente no entendemos y preguntamos –con todo derecho- qué relación hay entre todo lo que ya sabemos con el juez Dukinfield. Stevens, para responder, arremete sin inmutarse con otra larga explicación de lo que ya sabemos…

Así, pues, el testamento está bien. Su legalización debió ser una simple formalidad. A pesar de ello el juez Dukinfield pospuso su decisión durante más de dos semanas y entonces se produjo su muerte. Y así el hombre que creyó que todo lo que debía hacer era esperar…
—¿Qué hombre —preguntó el presidente.
—Espere —dijo Stevens—. Todo lo que debía hacer el hombre era esperar.

El asunto se torna abrumador, molesto y tan exasperante, que los inocentes prefieren declararse culpables antes que prolongar más la agonía de escuchar a Stevens. Esto se hace evidente cuando el joven Anse, que encaró a su padre cuando este profanó la tumba de su madre y, al parecer lo golpeó, cree haber sido su asesino.

—Está equivocado —dijo Anselm, con su tono áspero y brusco—. Yo lo maté. Pero no fue por la maldita tierra. Ahora, llame al Sheriff.

Y entonces fue Stevens quien, mirando fijamente el rostro furioso de Anselm, dijo en voz baja:

—Y yo afirmo que es usted quien se equivoca, Anse.

Así el nudo queda planteado, como lo confirma el narrador en primera persona del plural:

“Durante unos instantes los que observábamos y escuchábamos permanecimos, en medio de esta inesperada revelación, en un estado de ensueño en el que se nos antojaba saber de antemano qué ocurriría, y conscientes a la vez de que no tenía importancia, porque pronto nos despertaríamos.

Pero el despertar puede ser sensualmente largo. Es entonces cuando Faulkner delega a la dupleta Stevens/narrador para que nos relaten la coartada del verdadero asesino —recuérdese—, no sólo del viejo Anselm Holland, sino también del juez Dukinfield. Para eso es necesario que el asesino sea primero aludido, ya que ponerlo en evidencia requerirá tender aún más opacidades sobre el jurado y el narrador. Y entonces volvemos a los retratos, a los bodegones y aún a los paisajes:

“Este hombre llegó, pues, allí y vio lo que usted —refieriéndose a Anse y a su padre caído— había dejado, y terminó la obra: enganchó el pie de su padre en el estribo y trató de espantar al caballo golpeándolo; pero, en su apuro, olvidó lo que no debía haber olvidado nunca…
Escuchamos en silencio, mientras el eco de la voz de Stevens moría lentamente en los ámbitos del pequeño recinto, en el cual nunca corría una brisa ni una ráfaga de aire…

No sé si les pueda pasar, pero esta insistencia en la arquitectura sin ventilación de la sala de audiencias es un recuerdo permanente de que la historia que están leyendo se titula HUMO.

Hay aún una tercera teoría por la cual el desenlace de esta historia debe ser tortuoso y esa razón es el protagonismo tan singular del TIEMPO.

“Cuando pienso en todo ello, retrospectivamente, veo que el resto no debió llevarnos tanto tiempo. Siento ahora que debimos saberlo enseguida, y aun siento, así mismo esa especie de disgusto sin piedad que, después de todo, hace las veces de compasión…
No son las realidades ni las circunstancias las que nos sorprenden, sino el choque de lo que debimos haber sabido, si no hubiésemos estado tan absortos en la creencia de lo que, más tarde, descubrimos haber tomado por verdad, sin otra base que el haberlo creído así en aquél momento.
Ahora Faulkner recurre al hecho que precede al humo, al fumar, mediante el cual el culpable queda definitivamente aludido. Los pasos restantes consisten en que dicho criminal se exponga totalmente y, literalmente, se declare culpable. No en vano el narrador da a conocer su nombre casi al final, no en vano el juicio se da en una sala sin ventilación.

Debimos haberlo sentido: a ese alguien presente en la habitación que sentía que Stevens había provocado la aparición de ese horror, de aquella indignación, de aquel furioso deseo de hacer retroceder el tiempo un segundo, de desdecir, de deshacer.

Es el clímax del Plan Stevens. Ahora, a leer.

 

HUMO, de “Gambito de caballo”, por William Faulkner, (traducido por Lucrecia Moreno de Sáenz), aparece actualmente como el volumen 778 de la colección Libro de Bolsillo de Alianza Editorial, colección Faulkner.