Introducción.
Sobre el Lector Reincidente

El Lector Reincidente, como todos, es un sujeto mudable, pero muy capaz de hallar deleite, y hasta de volverse adicto a determinadas lecturas. En su adicción no repara en hechos obvios como el de su inconstancia y se imagina que es el mismo sujeto que una vez y otra lee el mismo libro; aunque, para ser justos, el LR tiene la sospecha de que ese volumen, un poco más viejo y gastado que el año anterior, con la misma cantidad de páginas, el mismo título y hasta el mismo autor, es otro cada vez que lo explora.

¿Es el LR un objetivo literario… para el autor? ¿Debería serlo? ¿O para las editoriales, o para beneficio de la cultura… o para el placer? ¿Y qué se puede hacer con él? ¿Eliminarlo, o premiarlo por su tozudez?

El objeto de este trabajo consiste en establecer si JI despliega alguna estrategia narrativa para dar con ese LR en “El chulla Romero y Flores”, y cuán útiles y eficaces han sido o puedan llegar a ser “para ejemplo y medida del porvenir” (literario). Pero antes de encarar el asunto, valdría la pena recordar que, incluso antes de l hecho creativo, JI trabaja en el supuesto de que el ejercicio narrativo es un instrumento para inducir (en la sociedad o en un solo lector) cambios de actitudes y tomas de postura que se aproximaren, por lo menos, a las suyas. Es probable que la percepción del éxito de esta original empresa de seducción hoy se vea devaluada ante la vergonzosa permanencia de las mismas condiciones de salud, trabajo, ingresos y de sub-existencia que caracterizó a la población indígena y al proletariado urbano de mediados del siglo XX –particularmente en Quito que fue mundo y época de Icaza–. Me pregunto si la relectura del texto y la gestación de ese LR contribuiría o no a ese cambio de actitudes. En todo caso, lo ineludible es que si su literatura influyó poco o nada en el mundo que le tocó vivir, influyó en cambio, y con largueza, en todo el quehacer literario del Ecuador, en sus poetas, en sus novelistas y ensayistas. Estas jornadas que nos recuerdan el centenario de su nacimiento son prueba palpable de lo profundo de su huella.

Bitácora de exploración.

“El Chulla…” es una novela relativamente corta, pero muy intensa, dividida en siete capítulos. Voy a decir que los cuatro primeros capítulos se caracterizan por un manejo parejo del ritmo narrativo. Sin embargo, esta aseveración corresponde en realidad a una especie de “promedio” temporal que extraemos luego de considerar que, ante el ritmo propio que dan los transitivos y los cambios de giro, nos topamos con incontables incrustaciones teatrales, pintorescas y funcionales, a más de bodegones, escenas costumbristas, paisajes anti-pintorescos, así como de retratos precisos y particularmente fragantes, que hacen las veces de retardadores de la velocidad narrativa. Los tres capítulos finales, en cambio, suceden en poco menos de dos días y se concentran en la vertiginosa persecución de Luis Alfonso Romero y Flores (y en la insólita complicidad de la masa lumpesca), en el alumbramiento de su hijo y posterior muerte de Rosario, su compañera. Este énfasis en el lumpen como catalizador de conciencia es un aporte, a mí entender, muy personal y debió ser polémico para Jorge Icaza dado el tratamiento ideológico que el lumpen tenía en oposición al rol del proletariado en el pensamiento marxista de entonces.

El narrador y los exploradores

En la página editorial de hace pocas semanas, la doctora Cecilia Ansaldo -una LR y exploradora confesa de “El chulla Romero y Flores”-, califica la novela como cumbre de la obra de Icaza. Y en un estudio, que aparece como introductorio de la edición de Antares, Manuel Corrales dice: “Es cierto que se trata del mejor texto elaborado de nuestro autor; pero es algo mucho más: es la punzante invitación a una empresa: la de encontrar y asumir aquello que nos constituye, aquello que somos definitivamente y no tenemos que ir a buscarlo a ninguna parte.”

Pero los exploradores como Cecilia o Manuel no consignan un hecho, mal comprendido y tal vez deplorable de sus existencias, pero fundamental para entender por qué nos sentirnos impelidos, una y otra vez, a recurrir al placer de releer el texto que hoy nos concita. Tal hecho insoslayable es el olvido… De cómo opera, ya es competencia de otros especialistas, pero el olvido será causal de reincidencias, siempre y cuando no invada la noción de lo placentero que fue lo que real y torpemente olvidamos después de ser experimentado. Ahora bien, qué dudas pueden surgir respecto de la eficacia de las estrategias icacianas para dar con estos LR (digo “dar con ellos” pues no creo que su hallazgo, o su conversión en tales, haya sido un objetivo para Icaza). ¿Cuán útiles, literariamente hablando, fueron estas estrategias a desentrañar? ¿Mantuvo el autor control sobre estos recursos o, llegado el momento los despilfarró?

Para contestar esta pregunta, hemos de formular otra que tal vez parezca necia: ¿Quién narra la historia de “El chulla?” ¿Quién más va a ser? Dirán algunos: JI.

Lo refuto con una simpleza: el Narrador. En el caso de “El chulla…” de Icaza, se trata de ese sujeto medianamente omnisciente que bien puede pasar por su alter ego, a quien le encanta contar esa historia del casi blanco, del casi cholo, y que parece aventajarlo en conocimientos y en desenvoltura al recorrer los vericuetos de esa realidad paralela donde se dan las peripecias del chulla, y a quien JI vive corrigiendo cada vez que sus conclusiones y opiniones no son de su alcance.

Digamos que Icaza, en vista de que no está entre sus planes dar con LRs, prefiere en general guiarnos sistemáticamente por el mundo que ha construido, basado en el Quito real de los 40-50. Pero puesto que el narrador tiene, por así decirlo, sus designios, entonces vemos que esta dupleta autor-narrador no es muy diáfana, entre sí se excluyen, o no resulta comunicativamente muy eficaz ni idealmente verosímil, de modo que podemos percibir en innumerables ocasiones que el autor mete candela en escenas y situaciones en las que el narrador parece un poco “quedado”; así como hay ocasiones, también, en que el narrador se le adelanta al autor, lo soslaya (o será que este prefiere mantener su perfil bajo) y de manera muy perspicua lo imita asombrosamente en tono y estilo.

Esta afirmación no es antojadiza. El narrador aparece a ratos desautorizado por una voz surgida inopinadamente envuelta en un paréntesis, o en una digresión entre guiones donde el autor de manera expresa y, a ratos, desacomedida corrige, enmienda o mejora los apuntes de su socio narrativo:

“A la noche de ese mismo día, luego de conseguir dinero vendiendo, a precio de remate lo que le dio Rosario, y después de rumiar una serie de proyectos de inusitada seriedad…
(Ni autor ni narrador hablan de esos proyectos, sólo de la emoción o pasión fallida que los recubre, entonces se da la interrupción mediante altisonancia entre guiones:)
-¿rebuscas de ingenio y de aventuras al por mayor?, poquísimo para sus próximas necesidades de padres de familia; ¿trabajo manual de indio o cholo? imposible, ¿empleo público?, tal vez-, Luis Alfonso se informó –en una tropa de chullas que mataba las horas pescando desde la esquina más concurrida de la plaza del Teatro Sucre la oportunidad de seguir a una mujer fácil o de enredarse en una borrachera imprevista y sin costo alguno- de la vacante de un empleo en un ministerio.

¿Qué consigue JI con estas inserciones, con estas interrupciones? Lamentablemente, infectar la fantasía de la historia con gérmenes de realidad innecesarios, y al hacerlo conspira y pierde la posibilidad de crear ese ejército de excursionistas de segundas y terceras lecturas que tan caros le son a la historia de los libros… Porque si algo debe quedar claro en este asunto de los LR, es que la primera lectura, o los crea o los inhibe para siempre. Ese pleito a perpetuidad que hallamos en la personalidad de “El chulla…”, donde unas ocasiones se superpone la voz de Domitila, su madre, y otras la de “Majestad y Pobreza”, su padre, y que constituye el componente fantástico más elocuente de la novela, sólo se compara a esa sutil dicotomía que se da entre el autor y el narrador –segunda fantasía- que es lo que permite la incubación y desarrollo de su buen gremio de exploradores confesos.

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