“Compadre” CF

compadrejerez

“He viajado al siglo XVII, Compadre, y he buscado las botellas de Jerez.

Puse proa frente a Cadiz, compadre, y hurgué entre las naves y sus grandes casas.

Para nada.

Más yo pienso que fui engañado, compadre, y ya no tengo créditos pa´ responder,

Ay que me muero, compadre, créame, si todo se dio en engaños…”

 

—¿Y su marido murió?

—¡Murió, desolado, créame!

—¡Cuánto lo siento!, pero ¿qué espera usted de CronoTravel?

—Negociar.

—Señora, ¿no me ve? Estoy ocupadísimo… ¿Por qué habría de interesarme?

—Por los impuestos —dijo la mujer, sin dramatizar—.  ¡Pero no palidezca, varón! Ya sé que suena injusto, pero estoy enterada: van a gravarle una tasa de incremento geométrico por cada año que remonten desde el pasado… Y hay ochocientos cuarenta años, casi un milenio,  hasta el año que visitó mi marido. Solo que —dijo la mujer, tragando amargo—: él simplemente murió…  Y su seguro de vida no cubre esa inversión de viajar ocho centurias para más de encontrar un buen trago que beber.

—Señora…

—Pero si establecemos tres hitos, uno hace doce años, otro hace cinco y otro hace tres, yo le garantizo una promoción irresistible. Al volver tendremos el Jerez Gran Reserva, el Reserva y el Solera, todos a la venta, desde los grandes centros de acopio de los agujeros de gusano, hasta en los mercados y abacerías más modestos de la vieja Tierra. Ganará muchos créditos, estimado señor, y olvidará esa blanca palidez.

—¿Nuestro porcentaje?

—33%

—No me haga reír, ¿y el saldo?

—34% es mío.

—¡No me diga! ¿Y el otro 33?

—¡Del compadre!

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Lectura Pendiente IV

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De la poesía de Rodríguez Diez, expresada en este poemario breve y revelador, me atrae singularmente “Hombre Hojalata”.

El título de este poema  me llevó a la evocación del Hombre de Lata… El del Mago de Oz, porque podría tratarse también del otro Tin man, el de D. Hammett, pero no.  Sin embargo, este poema es “Hombre Hojalata” así, a secas:

Punzadas de fatiga desandan mi cuerpo

el orden anterior que contradice

               chatarra que soy

               y en la que a golpes me transformo

 

Prefiero quedarme en casa a descifrar las horas

en estancias hundido

               máquina de ceniza

urdimbre de remaches que se levanta

contra su creador

 

La realidad ajusta los artilugios del deseo

arranca trozos de amorosa porcelana

 

Oscila esta ausencia que nada sabe del mundo

y amanece

 

Si supieras del letargo entre ruidos

de las raspaduras del odio

y su corrupción voraz

 

Pero algo tibio regresa como animal entre mis vísceras

la invocación de lo amado

sobre la antigua piel

 

¿Quién es aquel que ha urdido este poema que me alude, que me hace confidencias, que apela a tropos que antagonizan desde el seno de sus versos? ¿No dice acaso que “Arranca trozos de amorosa porcelana”?

El autor se llama César Rodriguez Diez, mexicano (veracruzano), n. 1967; estuvo en Guayaquil el mes pasado, a propósito del encuentro internacional de poesia “Ileana Espinel”. Su libro, un libro con sus extrañezas (nunca hay impresiones en las caras pares ni en el envés de la página impresa), y que se titula “Carne de circo”.

De él vamos a replicar otro poema y os hablaré luego de mis conmociones.

 

Ilusionista

                                               Dios dibuja una caricia en el espejo

                                               los que observan mi ilusión abren los ojos

 

                                               Amanezco intacto después de atravesar la noche

                                               la piel henchida desdice fibras de mi carne

 

                                               Desmayo en lo distinto

                                               revés del sueño

                                               asoma y arrebata el cuerpo que desconoce

                                               sin rostro

                                               ni saber más del mundo

 

                                               El tedio pega de frente

                                               toda ensoñación aloja entre rendijas su carencia

                                               artificial profecía de penumbra

                                               inmóvil fachada de vigilia

 

                                               La luz renace

 

Sobre la cama sin tender dejo mi noche

 

Percibo dos lugares, dos expectativas: el del que protagoniza y el de los que expectan. Por un lado Dios, en persona, que dibuja una caricia en el espejo, y aquellos que observan la ilusión ajena, muy atentos… Él, el de los versos vuelve con sus confidencias, y yo con mis inferencias: Amanezco intacto –me cuenta- después de atravesar la noche, la piel henchida desdice fibras de su carne… ¡Carajo, qué duras son las ilusiones!  Luego continúa: “desmayo en lo distinto”. Normal, pienso yo. “El tedio pega de frente” insiste. Porque “toda ensoñación aloja entre rendijas su carencia”. “Artificial profecía de penumbra/ inmóvil fachada de vigilia/ La luz renace (¡!!!) Por eso: “sobre la cama sin tender dejo mi noche”.

La ilusión tiene su lógica, es mi conclusión.

Quiero, para concluir, volver al libro físico. Hecho a mano, la edición 32/50 es la que obtuve de  manos de César Rodríguez. Mi Cielo ediciones, octubre de 2016, Ciudad de México, Edición única e irrepetible.

Gracias César.

 

Retratos

adriano

El Retrato es fascinante. Como el paisaje. Pero en el paisaje hay un margen de abuso que a veces no se evita. Para ser justo o para intentarlo, al menos, trato de “retratar” el paisaje. Como cabe esperar el paisaje no me exige: “Oye, artista, el caudal de ese río que has pintado se nota que es inferior al normal en esta parte del año. Además, qué te has creído, Renoir o Cezanne: píntame bien ese color que da el reflejo del sol que, según se ve, es el de las 4 de la tarde”; ni tampoco el cielo me cuestiona: “Disculpa, pero yo no mezclaría stratocúmulos con cirrus, ¡mucho menos con nimbus!”, o cosas así. Por eso veo que muchos pintores conjugan en sus presentaciones fotos del original junto con la versión pictórica. Me parece saludable. Además allí se perciben los desafíos que habrá tenido que sortear el artista para ofrecer su versión (modificada, pero no tanto) de la naturaleza.

Sin embargo, el retrato es otra cosa. Cuando el rostro adopta “modo inflexible”  puede arruinarte el entusiasmo y la destreza. Pero, igual te atrapa y eres capaz de repetirlo una y diez veces hasta que se parezca.

Lo primero es “ubicarse”. ¿Qué ves? Según eso comienzas por los ojos…  o por la boca; a veces quien manda es el cabello o la forma de la cara pero, a medida que avanzas, nunca deja de sorprenderte  los rigores que demanda el parecido y la normal exigencia de la semejanza. Basta que la línea de la boca esté más alargada, contraída o unas fracciones de milímetro más arriba o abajo que el modelo real, para que la semejanza se vaya pa’l carajo. Ni se diga de los ojos. Si el modelo no está presente una solitaria exposición fotográfica nunca será suficiente.

Sufro de iconofilia. Naturalmente las primeras “víctimas” de ese padecimiento son los miembros de mi familia: mis hijos, mis nietos, los yernos… No están todos mis hijos, pero sí todos mis nietos.

Este es un recorrido por parte de mi galería de retratados.

Comenzamos con un intento de Manga “shonen”, solicitado por mi pana Nelson “Nelsinho” Mora para que en ese contexto luciera su hija Gaby, por entonces de 14 años y fan del género. Era diciembre de 2013, cuando pinté este retrato… No guardo el registro de la chica, pero Nelsinho quedó encantado. Y yo también. Tenía mis dudas respecto del fondo turquesa, pero ese cabello azul contrastando con el color tierno de la piel, me pareció de fábula.

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Años antes, 6 de abril de 2011 canta la foto, hice este dibujo de mi hija Elisabet. Su rostro no ha cambiado mucho; hoy, en esta foto de 2016 está más delgado, pero el parecido pervive. En el caso de mi hija Saskia, su dibujo corresponde a la época de su bachillerato; la foto actual corresponde al de su graduación en el Tec. de Monterey.

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De mis nietos Martín, Marina y Dalton, los parecidos me dejan satisfecho.

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Además, el retratarlos me ha ofrecido unas certezas que me ha gustado apreciar: Martín conserva el rictus de la boca de su padre así como su mirada. Marinita se parece mucho a su abuela Ligia con insalvables incrustaciones de genes Naranjo. Dalton ha cambiado. El retrato es de cuando tendría unos once años. Tiene la boca de su madre, pero hoy compiten tantos gallos en los predios de su voz, que parece rivalizar con una gallera.

Últimamente hice una acuarela de mi compadre David Méndez. El hombre siempre aparece con un rostro adusto, pero está conforme, y eso me releva de más explicaciones.

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¡Y queda tanto mundo por retratar!

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Lectura Pendiente III

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“Te llamo porque es noviembre”, novela, Mariella Manrique

Protagonista y narradora: Tania Carbo.

Es Tania Carbo una joven maestra de Literatura de un colegio secundario de Guayaquil, laico, particular y de clase media. Luego de romper con Julio (su pareja durante algunos meses), se ha mudado al sur de la ciudad. Es chira, no tiene vehículo propio (por ejemplo), y para redondear su presupuesto da clases de español a unas japonesas; en todo caso, hemos calculado que su hogar, un departamento alquilado en el “regenerado” barrio del Centenario, dista unos 10 kilómetros de su sitio de trabajo, al nor-oeste de la referida ciudad, y que recorre esa distancia puntualmente (y multiplicada por 2) en días laborables, entre otras cosas para estimular a su alumnos en la adaptación y montaje teatral de “Un hombre muerto a puntapiés”. El recorrido lo hace en el transporte escolar, lo que nos permite concluir que a su colegio asisten chicos muy alejados de su radio de influencia. ¿Lo hacen hechizados, fascinados, devotos por Tania? No, como tampoco está hechizado el personal del colegio (bibliotecaria, chofer, secretaria, directora de área) ni toda esa burocracia sufriente de indispensabilidad crónica. ¿Nos permite el recorrido del expreso escolar hacer una evaluación urbanística del desarrollo (o subdesarrollo) de tan ínclita ciudad? No, no es ese el afán narrativo, pero algo se vislumbra: “…atravesamos un paso a desnivel, llegamos un siglo más adelante en cuestión de minutos… esa era mi parada.”  Tania usa, por lo demás, taxis y transporte público.

Sin embargo, Tania despierta simpatías; como es hábil, y de mucho trajín literario como respaldo, sea por vocación como por docencia, nos planteó de entrada su ruptura con el arriba citado Julio, un ejecutivo algo engreído y sin tacto que no la hizo ni llorar ni sufrir, pero que no la apreció en todo su potencial. Nosotros, en cambio, percibimos inmediatamente dicho “potencial”.  Pero esta ruptura se da luego de otras rupturas mucho más conmovedoras y en las que su voluntad nada tuvo que ver (todo lo contrario: nos atrevemos a afirmar que, de poder, su voluntad habría obrado en sentido contrario al de la historia o al de la fatalidad, que para el caso vienen a ser prácticamente, lo mismo), y que fueran la muerte de su padre y la más reciente del primo Sebastián, un bombero voluntario y voluntarioso, en ruta hacia héroe mediático que por las noches, en compañía de sus camaradas se dedicaba a cazar y patear homosexuales. ¿Cómo así este ser repudiable no alcanza el mismo nivel de desprecio que generara su ex?  Bueno, sí alcanza tal nivel, ya que el relato de Tania sobre tan asquerosa  actividad no es disimulado ni mitigado por el parentesco, y porque recién al final de la novela nos enteramos de tal certeza.

Tania, como ya dijimos, nos es simpática, aborda, se embarca, navega, acodera, se desembarca y se vuelve a embarcar en la vida con honradez y buen humor: “En verdad, amanecí con tono de balada”. Tania realista: “Fui al baño a cambiarme de esteifri con el terror de que la sangre avanzara hasta la falda… y me delatara: está enferma. Ahora tengo un bulto entre mis piernas, camino como pato, tac, tac… odio mi olor el segundo, el tercero, hasta el cuarto día… escucho que algunas no sufren así, que al tercer día ya no tienen nada, pero yo soy una llave abierta, una tormenta, una cascada…” Tania y la muerte (después de estar con Pedro en la tina del jacuzzi): “Estuvimos remojándonos casi media hora, y ni una palabra. Esta es, en verdad, la muerte.” Tania y la muerte (pero después de soñar con una lechuza): “Esa era la palabra que la lechuza me susurraba al oído bajo el cedro. Estábamos sentadas, no había nadie en la escuela, y el silencio era insoportable. Entonces desperté. Sobre el velador estaba el diccionario de los sueños. Lo abrí. Ahí estaba: soñar con una lechuza también significa muerte.”  Tania y el muerto (imaginando a su primo): “Se coló una sensación nubosa, un vacío turbio, la espesura de la desazón, de la desesperanza”.

De todo esto, contado en un tráfago incontenible de tiempos veloces y escurridizos, nos vamos enterando porque Tania lleva —cual si fuese un diario— la escritura de una versión de novela biográfica que —como ella misma se encarga de revelar— no siempre conserva las mismas palabras ni los mismos giros del relato que tenemos ante nuestros ojos.

Ahora bien, durante la semana Tania se las arregla para tener una vida social fecunda. Diríase que, si bien suele decantarse en una soledad funcional y reflexiva, su vida social es pletórica. En las primeras páginas ya vislumbramos que Tania jamás deja de ir al gimnasio, la vemos beber con sus amigos, sucumbe con grandes dosis de entrega e imaginación a escabrosos escarceos amatorios con Pedro —que lo único que despierta en nosotros, es una total envidia—, visita en varias ocasiones a una alumna víctima del bullyng (la lechuza), que está hospitalizada, lidia con una “familia hamster” (sic), y se encariña con un perro (Bongo).

A fin de obtener una mirada fría y desapasionada de Tania en la relación con “los demás” de su relato, tratamos de construir una matriz de interacciones de doble entrada con ponderaciones cualitativas tales como “deseables”, “entrañables”, “necesarias” o “intolerables”. Pero es tal la cantidad de personas con la que Tania interactúa que hubiese resultado casi imposible escribir esta reseña, a menos que nos ganara la paciencia de hacerlo en un año calendario, cuando la condición del título de la obra es que deba publicarse mientras dure noviembre… Por lo menos.

Además el método es muy exigente. Por ejemplo, descubrimos que lo procedente sería el agrupar a los personajes por áreas de actividad (la escuela, el bus, las farras, la familia), luego ponderar el origen de la mención… ¿Quién menciona a Pedro? Por citar un caso. ¿Sólo Tania, sus amigas, o la japonesa? Y con qué talante procede tal mención: interés, encuentros fortuitos o deliberados, fiesta, trabajo, cuidados, etc. ¿A qué obedece la insistencia de la mención, crece esta, o decrece? ¿Y a qué conclusión llegaríamos? Probablemente a la misma que nos conduce nuestro entrenado olfato de lector, con el “plus” —como dicen ahora— de que cualquier percepción podría corroborarse matemáticamente, para gran alegría de nuestras entendederas.

Así que, muy a nuestro pesar, abandonamos este recurso (usado en metodologías de diseño: Rossi, Geoffrey Broadbent, y otros) porque la cantidad de personas por las que Tania atraviesa, o que la atraviesan a lo largo de este relato, es de más de tres docenas.

Sin embargo, hasta la mitad de la novela, por recurrencia de mención, diríamos que el centro del interés afectivo de Tania comienza con Pedro (14%), sigue su hermana Gisela (10%) y madre de la bebé Gabrielita (4,5%), Pilar y Mónica, sus amigas (7,3% y 6,9% respectivamente), la japonesa, cuya aparición en la sexta parte de la novela viene con perfil ascendente: 6,2%. Tanto su primo Sebastián, como Julio y su tía, la que fuma, se llevan un 4,7%; su papá, que en paz descansa, el 4%.

La segunda mitad de la novela es reveladora. ¿A quién le escribe Tania, y por qué en noviembre? ¿Qué les sucede a sus amores con Pedro? ¿Montaron los chicos “Un hombre muerto a puntapiés? ¿Cómo les fue? ¿Y cómo le irá con su trabajo? “No aceptaron mis sugerencias  con respecto a la bibliografía del siguiente año, tampoco aprueban los cambios propuestos para el programa de sexto curso, prefieren, como lo llaman ‘un corte más convencional de conocimientos’…” ¿Y qué hubo de la chica Lechuza, del perro Bongo y de la simpática japonesa? “helmana al teléfono, plegunta por tolta de cumpleaños…Vengo plonto, voy a lavar cara”. Este personaje tiene ese algo de Baudolino que lo vuelve invicto en cualquier idioma.

Pero, naturalmente, no pensamos contar más, nada. Solo hay algo que me deja perplejo, y es que en la novela aparecen tres lechuzas: una, a la que esta novela es dedicada; otra, que es el personaje-alumna del que hablábamos arriba y que en realidad se llama Alicia; y la otra, ¡que es la que firma la novela! ¿Qué clase de acertijo es el que Mariella pretende plantearnos? ¿Se trata de tres personas distintas en una sola lechuza verdadera? El cerebro puja, pero no nos da para tanto. A ratos, desconcertante como cualquier “vida misma”, solo diré que “Te llamo porque es noviembre”, original de Mariella Manrique García, cuenta además con unos grabados formidables de nuestro querido Walter Páez, se publicó en abril de 2015 en la editorial de la Casa de la Cultura, y que en la Librería Española del Río Centro Los Ceibos, pueden adquirirla por 10,00 US DLS.

Los fondos concursables y yo

telescopio

Nunca he ganado uno, para variar.

La primera ocasión que participé muy ecuatorianamente, es decir a última hora, hice lo que sé hacer: una propuesta, unos objetivos, que los generales, que los particulares, una justificación del tema (era una puesta en escena artísticamente multidisciplinaria: “Los dioses también cantan boleros”), “sucedía” la trama en la Provincia de Santa Elena (esta es una de las pocas veces que reniego de que ahora la Península sea provincia: mis mejores imaginaciones se anclan por allá). No me percaté que había unos protocolos que cumplir, que había que llenar unas formas y todo lo demás. Naturalmente responsabilicé a esa “pequeña falla” mi no selección.

El año pasado participamos con mi compadre Joaquín Serrano en una propuesta bellísima de arte pictórico hacia y desde los poblados costeños. Y no fuimos favorecidos.

Este año mí compadre andaba en proyectos propios y yo estaba entre la creación de una obra (unos cuentos de CF) o —se me ocurrió también a última hora—: generar el V Encuentro Internacional de Narrativa de CF “desde el Ecuador planetario”. Parecía irresistible. Llevábamos cuatro encuentros, este debía ser el quinto.  De los aborígenes concertados, deberían respaldar Clarita Medina en RRPP, el Iván Rodrigo -que es muestro historiador de CF-, Roberto Cevallos; y los escritores Santiago Páez, JD Santibáñez, Jorge Val Miño, Leonardo Wild, Eduardo Villacís, entre otros;  todos pensados, no todos consultados.  De los extranjeros el único con el que hablé fue con mi pana Yoss, porque el hombre tiene hoy tal fama, que hay que arrejuntarlo contra el calendario para darle pista en nuestros aeropuertos. Nada dije a los otros para no entusiasmarlos. Pero ahora no importa, nada te dije Su (Susana Sussmann), le dije al Beff, que le hubiera encantado venir en familia (le canté la plena, desde luego), nada le dije al Néstor Darío Figueiras, ni a sus supuestos acompañantes, el poeta César Ayra y Laura Ponce, ni al Iván Prado, de Bolivia. Consideré que era buena fecha fines de enero pues aún estaría en vigor el año lectivo, y aún quedaban algunas semanas antes de la jornada electoral; y pregunté por los pasajes y si  fines de enero, era  considerada época alta, media o baja. Fue presupuestado. Averigüé por los hoteles, por el traslado, por la jama. Fue presupuestado. Por los gastos de difusión, por la impresión de libros, habladores, “flyers”, etc. Hasta el etcétera fue presupuestado. La propuesta incluía una nueva antología de cuentos largos de CF ecuatoriana… Y que las universidades y que los colegios, y que los clubes de lectura, que las poblaciones de la provincia…Todo fue presupuestado. ¡Y nada! Casi sufro una crisis de alferecía cuando supe del terrible desenlace.

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II encuentro de narrativa CF, en Casa Grande, con Susana Sussmann, Néstor Darío Figueiras y Carlos Tutiven

¿Qué paso? ¿Qué no puse? ¿A dónde se fueron mis dotes de encantador, de persuasivo, de seductor?

Algunos panas me dan respuestas basadas en experiencias previas, en la parcería entre los de siempre con otros que también han sabido ser de siempre. Y recordé cierta ocasión, cuando asistí a la rendición de cuentas de la gestión del Min Cultura de 2014 si la mente no me traiciona (tengo una mente cada día más traidora, pero eso cae en la competencia de la salud) y efectivamente en el rango del patrimonio la inversión era interesante. Y como soy mal pensado retuve en la mente el total, comparé con los datos que fluían del vocero sobre la inversión en la Sierra Norte y central, y resulta que la inversión era del 70% del total. La división fue mental (en eso trabaja muy bien, la infame) pero cabe que no fuese el 70 sino el 60, o sino el 50… Igual, como que la distribución NO es igualitaria. Pero pensemos ahora en mi ciudad y en Quito. Camino por, no digo el centro histórico, por la 10 de agosto… ¿Cuántas casas patrimoniales puedo contar a lo largo de unas 10 cuadras. Hago el mismo ejercicio en Guayaquil… ¿Para comenzar, por dónde? Digamos la 9 de Octubre. ¿En cuánto queda la relación de bienes muebles patrimoniales? ¿2 a 1, 3 a 1, 4 a 1, 10 a 1? Ahora bien, para mí es natural que la inversión deba tener cierta concentración; ¡después de todo Guayaquil se nos quemó como cuatro veces!  Lo que no es natural, y que no me cuadra, es que la destreza del carpintero de ribera esté virtualmente perdida en la costa ecuatoriana; a tan pocos les ha importado que no haya un solo proyecto de salvataje de esos conocimientos de ancestralidad, como dicen ahora.

Pero andamos con los fondos concursables. De eso se trata.

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IV encuentro de narrativa CF, en la FIL de Quito 2014

La primera duda: ¿y se repartió el dinero tal como estaba previsto? SÍ. Hasta creo que se ha dado de más. Si mis números no han fallado, y una vez revisado el veredicto, resulta que en Guayaquil se repartió algo más de 150 mil dólares versus 140 mil, que era lo estipulado en el programa. Como provincia estábamos embarcados con cuatro provincias más para un fondo de 160 mil. No sé cuál será el criterio de reparto entre estas 5 provincias así que no me quedó otra que dividir para 5, lo cual implica que debieron darnos unos 30 mil, pero recibimos ¡un poco más de 100 mil! Que reclamen los otros.

¿Quiénes recibieron? En lo mío: que esta vez fue literatura. ¿Cómo no me va a alegrar que el “conde” Martillo, que detesta hablar de Literatura —porque prefiere hablar en verso— pueda crear poesía como sólo él lo hace? No creo que su selección se afiance en algo distinto. Está Jorge Osinaga, que es uno de los más ácidos y divertidos críticos del régimen (y que, por cierto me ha eliminado de sus contactos -aquí: un emoticón triste-), en cuya  no hay favoritismo que pese y que se lleva el fondo de lo buena que es su propuesta.  Y fuera ya de mi provincia, me alegra por ejemplo, lo del “Pato” Montaleza, yo sé por todo lo que debe pasar para que su festival siga con vida.

Y también están unos de siempre… Sus propuestas implican eso que se llama continuidad, que es muy bueno, y que no se debe confundir con continuismo, pero que debiera admitir cierta alternancia, por favor; otros seguramente se saben “la receta” para postular bien, llenar formatos y todos esos protocolos que, así nos duela, son de uso corriente en todas partes del mundo; y/o habrá otros que son bendecidos por el inefable espíritu de las musas.

A mis panas de la CF, ¿qué les digo? Que siempre nos damos modos para saber en qué andamos. Hace unos lustros, cuando recién nos dio por narrar en CF, a propósito de un concurso nacional de novela, la CF fue ninguneada porque “no se ajustaba a la tradición literaria del Ecuador”, según me contó un miembro del jurado. Pero todo lo que he publicado fue premiado en certámenes que NO eran de CF específicamente. Por hoy, no me interesa saber quiénes hicieron de jurados en estos fondos concursables, pero eso sí: no tienen idea de lo que se pierde Guayaquil , algunos poblados de la provincia, y buena parte de su gente.

LECTURA PENDIENTE II

gambito

LIDIANDO CON FAULKNER: HUMO

El placer de la relectura se da por obra y gracia del olvido.

Para los que no conocen este libro, todos los cuentos que lo componen tienen como protagonista a Gavin Stevens, fiscal de distrito, que a veces aparece como joven abogado, otras como solterón irredento y otras ya entrando en años. También aparece, como escolta perpetua, su sobrino Chick Mallison. A veces este es quien narra la trama, en otras —justo en “Gambito de caballo“— el narrador lo usa para convertirnos en testigos indirectos de los asuntos del protagonista principal, su tío Gavin.

Pero HUMO es un cuento narrado en primera persona por alguien que prefiere construir sus oraciones en la primera persona del plural, como si fuese el pensar unánime de un pueblo, del cual el narrador se ha erigido en representante:

“Anselm Holland llegó a Jefferson hace muchos años. De dónde, nadie lo sabía. Pero era joven entonces, y un hombre de variados recursos, porque antes de que hubieran transcurrido tres años estaba casado con la única hija de un hombre que poseía dos mil acres de las mejores tierras del distrito, y fue a vivir a la casa de su suegro, donde dos años más tarde su mujer le dio dos hijos, y donde a los pocos años murió aquél, dejando a Holland en total posesión de la propiedad, que estaba a la sazón a nombre de su mujer. Pero aun antes del hecho, LOS DE JEFFERSON lo habíamos oído aludir, en tono algo más alto de lo conveniente, a “mi tierra, mi cosecha”; y aquellos de NOSOTROS cuyos padres y abuelos se habían criado en el lugar lo MIRÁBAMOS con cierta frialdad y recelo, como a un hombre sin escrúpulos…

A continuación el narrador cuenta pormenores de la vida de los gemelos, de la muerte de la madre y de los litigios con su padre:

“Y cuando sus hijos llegaron a la edad adulta y primero el uno y luego el otro dejaron para siempre el hogar, NO NOS SORPRENDIMOS. Por fin, cuando un día, hace seis, Holland fue hallado muerto, un pie trabado en uno de los estribos del caballo ensillado que acostumbraba a cabalgar, y el cuerpo horriblemente destrozado, porque, aparentemente el animal lo había arrastrado a través del cerco de palos, y eran todavía visibles en el lomo y en los flancos del caballo, las marcas de los golpes que le había dado en unos de sus accesos de ira, NINGUNO DE NOSOTROS LO LAMENTÓ, por cuanto poco tiempo atrás había cometido un acto que, para los hombres de nuestro pueblo, nuestra época y nuestras creencias, era el más imperdonable de los ultrajes..

Noten dos cosas: la primera es esa insistencia en hablar como representante de facto del “pueblo”; la otra es un rodeo que comienza así:
Por fin, cuando un día, hace seis, Holland fue hallado muerto...,
y entonces el narrador, gracias a nuestra obvia curiosidad, extiende las explicaciones de su muerte, el rol del animal, la tortura del animal,  hasta concluir con un pequeño y lapidario remate que engloba la sicología general de esa afectada vox populi:
ninguno de nosotros lo lamentó

Esta capacidad para plantearnos una propuesta que ingeniosamente deja “colgada” en nuestra curiosidad, para luego ausentarse un buen rato sin que dejemos de observar con el rabo del ojo la propuesta “colgada”, hasta verlo finalmente volver y amablemente descolgarla, antes de proponernos otra cosa, es una de las dilataciones más curiosas y geniales propias de Faulkner.

La narración discurre deliciosamente fluida y serena a pesar de lo áspero del tema, como si ese contrapunto fuese la infraestructura de la historia. Y así, como si se tratara de un viejo relato familiar que, por viejo y distante no nos afecta y del cual podremos sacar todas las moralejas que nos venga en gana sacar, nos vamos enterando de las pequeñas biografías de los protagonistas humanos del cuento (porque también hay protagonistas no humanos: el caballo del juez Dukenfield, el testamento del occiso, la caja de resorte del juez o la inhóspita y calurosa sala de audiencias), de sus actividades laborales y hasta de las supuestas conversaciones que los protagonistas pudieran haber urdido, tejido, tramado, o mantenido a lo largo del encono de sus vidas:

“Por fin un día se produjo el estallido. Probablemente de la siguiente manera:
—Crees que ahora que se ha ido tu hermano podrás quedarte simplemente, y guardártelo todo, ¿no?”

El narrador, de este modo asume una faceta de chismoso y discreto divulgador de rumores; tarea que de ningún modo le parece poco honorable; al contrario, con total desparpajo presume todos los diálogos, las provocadoras preguntas de unos y las insolentes o mesuradas respuestas de otros:

“—Preferiría tener una pequeña parte de la tierra y explotarla bien, a verla como está ahora —habría respondido Virginuis…

Y nos enteramos de sus asuntos de tierras, de los impuestos prediales y de la pérfida codicia del difunto que profanara la tumba de su mujer, versus la indolente sabiduría de sus hijos, consagrados simplemente a honrar a su difunta madre. Y entonces aparece un primo de los gemelos, un personaje de bajo perfil, que el narrador coloca sin nombrar, como una especie de miembro cuya función fisiológica no es del todo clara, pero cuya inflamación puede ser severa y hasta mortal, y también nos enteramos de uno de los protagonistas no humanos descritos arriba: el Testamento. Testamento que es una excelente excusa narrativa para que aparezca, igualmente de improviso el juez Dukinfiled.

El “nosotros” del relato, a través de su representante, “observamos” al juez y de cómo no legaliza el testamento. Pasan los días, mientras transcurre el retrato del juez “quien había vivido lo suficiente para saber que el apremio de cualquier actividad existe tan solo en la mente de ciertos teóricos que no tienen actividades propias”. Ese apremio (el nuestro de lectores “sin actividades propias”) se siente agredido cuando termina la primera parte del cuento y encuentran al juez Dukinfield muerto de un certero balazo en la frente.

 

Cinco espacios de máquina dan a entender que la segunda parte de HUMO ha comenzado.

Sin exagerar, más bien con algo de escalofriante frialdad vimos que el juez Dukenfield fue hallado muerto por su criado negro que, contra todo pronóstico nada oyó: ni al sujeto que seguramente pasó por encima de él mientras dormitaba en el corredor, ni al juez Dukenfield, ni al balazo. La descripción de Faulkner sobre el hallazgo (dado el tipo de hallazgo) es algo negra de humor, tal vez documental, pero en todo caso literaria: “Tenía los ojos abiertos y un balazo exactamente sobre el puente de la nariz, de modo que parecía tener tres ojos en línea”. El narrador en primera persona parece estar de acuerdo con la descripción, pero en todo caso advertimos que el único que puede dar semejante versión tiene que ser el escritor que se inmiscuye en el relato.

También notamos algo esencial en esta segunda parte del relato y es que cualquiera que se hubiese venido perfilando como protagonista de la historia (el viejo Anselm, los gemelos y hasta el propio juez Dukenfield) ceden los derechos, por decirlo así, al fiscal Gavin Stevens.

Esta segunda parte, sin embargo, está dividida en tres partes a su vez. No está demás explicar que tanto la traducción como la edición de este libro son de Alianza Editorial. En todo caso esta segunda parte acontece en la sala de audiencias del pueblo de Jefferson, condado de Yoknapataupha, donde se ventila un juicio, que el fiscal ha propuesto y mediante el cual vincula la legalización del testamento a favor de los gemelos Holland con el asesinato del juez. Surgen, pues, nuevos personajes, cuyos retratos son oportunamente develados: el sirviente negro, el primo de los gemelos que resulta ser pastor de iglesia, y un siniestro sujeto, un gangster de paso, aficionado al cigarrillo, un sujeto que deja traslucir sus vicios con tal eficacia que provoca todo tipo de repulsas, incluyendo náuseas a los que tan sólo lo miran. Demasiadas inquietudes como para no sospechar de él; demasiadas señas como para sospechar que él no es el “verdadero” culpable.

En cierto modo Faulkner pone a prueba nuestro talante de ilusos hasta el fin, cuando la genialidad del fiscal Stevens queda expuesta junto con el culpable, el verdadero culpable. Ahora bien, qué se ha hecho el narrador en esta segunda parte; recordemos su postura como representante del pueblo de Jefferson, un pueblo conservador, afecto al chisme y a la moraleja entre sus tradiciones más caras, y que lo ha delegado como tal dadas sus condiciones sociales, digamos, de chismoso y moralista.

Por fin, la genialidad de Stevens (y el estupor del pueblo, y seguramente, el del narrador) llega a su máxima expresión cuando todo se aclara: el Juez Dukinfield no podía firmar el testamento porque él había sido dueño del caballo que supuestamente había arrastrado y matado al viejo Anselm Holland; y resulta que en su mocedad fue tan maltratado que se volvió miedoso de tan solo ver un palo en mano de cualquier sujeto. Eso: o no lo pudo saber el verdadero asesino porque era un afuereño, o sucede que lo olvidó. ¿Cuál afuereño? Naturalmente el menos sospechoso: el primo de los gemelos; que fue quien contrató a otro afuereño, un gangster, para que asesinara al juez.

Como ven, el final de este cuento se pudo resolver en unas 100 palabras; pero recuerden que Faulkner y su narrador pertenecen al mismo entorno sociológico de la historia. Un entorno nostálgicamente vencido —gente del sur—, étnicamente cuestionado —pero plural— y donde los nombres, para ilustrar el asunto, evocan mundos bíblicos o clásicos de trágica fantasía, donde abundan, entre blancos y negros, los Sartoris, Drusilas, Horacios y Cornelias, y donde hay que promover que esa ideología inspirada en Nathanes, Davides y Salomones, infecte a la justicia para que brille, y que los culpables, de ser posible, hasta se coloquen la soga al cuello. Primera teoría, esbozada por el narrador como “el plan” Stevens.

Segunda. Comunicar simplemente el regusto por el descubrimiento de lo ocultado. Y para eso es necesario ir removiendo las opacidades que los humanos tendemos tercamente sobre la transparente y diáfana verdad.

¿Cómo lo hace? El método en general es una morosa recapitulación de todos los hechos:

De pie junto a un extremo de la mesa, comenzó a hablar (Gavin Stevens), sin dirigirse a nadie en particular, con un tono ligero y anecdótico, refiriendo lo que ya sabíamos, y dirigiéndose de vez en cuando al otro mellizo, Virginius, como buscando corroboración… Parecía estar preparando la defensa de los sobrevivientes… Su tono era tranquilo, conciso, sincero; en todo caso levemente parcial hacia el joven Anselm; eso es.
Ahora la cuestión es: ¿Cómo es posible que esta historia nos capture? Conforme el narrador cuenta, Stevens introduce aún más opacidades en la historia, de modo que el nuevo juez, los miembros del jurado, y hasta nosotros los lectores, naturalmente no entendemos y preguntamos –con todo derecho- qué relación hay entre todo lo que ya sabemos con el juez Dukinfield. Stevens, para responder, arremete sin inmutarse con otra larga explicación de lo que ya sabemos…

Así, pues, el testamento está bien. Su legalización debió ser una simple formalidad. A pesar de ello el juez Dukinfield pospuso su decisión durante más de dos semanas y entonces se produjo su muerte. Y así el hombre que creyó que todo lo que debía hacer era esperar…
—¿Qué hombre —preguntó el presidente.
—Espere —dijo Stevens—. Todo lo que debía hacer el hombre era esperar.

El asunto se torna abrumador, molesto y tan exasperante, que los inocentes prefieren declararse culpables antes que prolongar más la agonía de escuchar a Stevens. Esto se hace evidente cuando el joven Anse, que encaró a su padre cuando este profanó la tumba de su madre y, al parecer lo golpeó, cree haber sido su asesino.

—Está equivocado —dijo Anselm, con su tono áspero y brusco—. Yo lo maté. Pero no fue por la maldita tierra. Ahora, llame al Sheriff.

Y entonces fue Stevens quien, mirando fijamente el rostro furioso de Anselm, dijo en voz baja:

—Y yo afirmo que es usted quien se equivoca, Anse.

Así el nudo queda planteado, como lo confirma el narrador en primera persona del plural:

“Durante unos instantes los que observábamos y escuchábamos permanecimos, en medio de esta inesperada revelación, en un estado de ensueño en el que se nos antojaba saber de antemano qué ocurriría, y conscientes a la vez de que no tenía importancia, porque pronto nos despertaríamos.

Pero el despertar puede ser sensualmente largo. Es entonces cuando Faulkner delega a la dupleta Stevens/narrador para que nos relaten la coartada del verdadero asesino —recuérdese—, no sólo del viejo Anselm Holland, sino también del juez Dukinfield. Para eso es necesario que el asesino sea primero aludido, ya que ponerlo en evidencia requerirá tender aún más opacidades sobre el jurado y el narrador. Y entonces volvemos a los retratos, a los bodegones y aún a los paisajes:

“Este hombre llegó, pues, allí y vio lo que usted —refieriéndose a Anse y a su padre caído— había dejado, y terminó la obra: enganchó el pie de su padre en el estribo y trató de espantar al caballo golpeándolo; pero, en su apuro, olvidó lo que no debía haber olvidado nunca…
Escuchamos en silencio, mientras el eco de la voz de Stevens moría lentamente en los ámbitos del pequeño recinto, en el cual nunca corría una brisa ni una ráfaga de aire…

No sé si les pueda pasar, pero esta insistencia en la arquitectura sin ventilación de la sala de audiencias es un recuerdo permanente de que la historia que están leyendo se titula HUMO.

Hay aún una tercera teoría por la cual el desenlace de esta historia debe ser tortuoso y esa razón es el protagonismo tan singular del TIEMPO.

“Cuando pienso en todo ello, retrospectivamente, veo que el resto no debió llevarnos tanto tiempo. Siento ahora que debimos saberlo enseguida, y aun siento, así mismo esa especie de disgusto sin piedad que, después de todo, hace las veces de compasión…
No son las realidades ni las circunstancias las que nos sorprenden, sino el choque de lo que debimos haber sabido, si no hubiésemos estado tan absortos en la creencia de lo que, más tarde, descubrimos haber tomado por verdad, sin otra base que el haberlo creído así en aquél momento.
Ahora Faulkner recurre al hecho que precede al humo, al fumar, mediante el cual el culpable queda definitivamente aludido. Los pasos restantes consisten en que dicho criminal se exponga totalmente y, literalmente, se declare culpable. No en vano el narrador da a conocer su nombre casi al final, no en vano el juicio se da en una sala sin ventilación.

Debimos haberlo sentido: a ese alguien presente en la habitación que sentía que Stevens había provocado la aparición de ese horror, de aquella indignación, de aquel furioso deseo de hacer retroceder el tiempo un segundo, de desdecir, de deshacer.

Es el clímax del Plan Stevens. Ahora, a leer.

 

HUMO, de “Gambito de caballo”, por William Faulkner, (traducido por Lucrecia Moreno de Sáenz), aparece actualmente como el volumen 778 de la colección Libro de Bolsillo de Alianza Editorial, colección Faulkner.