Isidro Parodi

Otro caso para Isidro Parodi

A insistencia de Nicolás Maruca, hábil gentilhombre de ritual circense y de generosa estirpe porteña, que nos visitara días atrás acompañado de toda su trouppe de artistas invisibles (incluyendo aquellos que no pudieron venir), y que volviera a su patria luego de apoteósicas presentaciones en el teatrito Tablaraza, es que trabé amistad epistolar con don Honorio Bustos Domecq; luego, gracias a un e-mail de Maruca, me enteré de que el conocido hombre de letras sería mi huésped, dispuesto como estaba a cerrar en Guayaquil, nuestra urbe sin par regenerada, uno de los capítulos más interesantes de su dispar y fecunda vida literaria, y que consiste en epitomar lo mejor de las artes cómicas a nivel mundial. De manera que, a fines de agosto, antes de que nuestro Salón de Julio cerrara las puertas de su XLVII edición, y luego de un menestrón, un seco y un ceviche en La Canoa, don Honorio exclamó, al entrar a la sala de los premios:

-¡Qué es esta payasada!

La sordera del hombre –de reciente adquisición- se alzó como infranqueable barrera ante mi exasperado argumento de que nuestro salón es un salón serio, señor, que sólo después de una escrupulosa selección de obras (lo mejorcito de nuestra fauna artística, dieciséis entre doscientos sesenta, 6.15% si buscamos precisiones) es que los cuadros son colgados en las blancas paredes de nuestro Museo Municipal para disfrute del gran público y confrontación viva y animada de los nuevos derroteros de la plástica nacional.

-Nunca había visto nada tan chistoso –insistió don Honorio.

-Por favor –traté de interrumpirle, sin éxito, pues de inmediato echó mano de la nostalgia de que Isidro Parodi “no pueda venir a reírse como Dios manda”

Ante el temible descaro del escritor, traté de repetir las justificaciones de los premiados, que para mi coleto había repetido una y otra vez hasta hacerlas memoria, precaución básica ante cualquier interrogante de huésped tan sesudo. Expuse, por ejemplo, que SALMOS, de Jimmy Lisandro, expresaba “una rica y desembarazada espontaneidad que se desenvolvía dentro de una poética donde converge el dibujo ríspido, la caricatura, la reflexión y el planteo de situaciones…”

El venerable se quedó un gran rato observándome serio y profundo hasta que su rostro comenzó a deformarse penosamente, sus ojos poblados de cataratas lagrimearon y su boca trató –lo juro- de evitar la potente carcajada que explotó desde lo más hondo de su buen humor.

-Querido amigo –dijo- acaba de arruinarme el libro que pensaba publicar como postrero de mi carrera. Ahora tendré que hacer otro dedicado a las Justificaciones de los premios, género que nadie se ha atrevido a recopilar y que me hace reír aún más que estas pendejadas expuestas tan chistosamente. Lamentablemente, al paso que voy, dicho libro será póstumo, se lo puedo asegurar.

Para entonces yo estaba sumamente enojado. Y en mi enojo traté de devaluar otros cuadros no premiados. Y me las tomé con “Catalino”, de Alvarado. Pero don Honorio simplemente estaba hecho un dije de gozo.

-Qué chiste, señor –volvió a reírse, compasivo-. Cuando por fin doy con una incongruencia de total seriedad en la sala, usted me sale con que “Catalino” es un chiste. Amigo mío, mejor cállese y déjeme disfrutar. Y no me venga con trayectorias ni con herencias ni con esquemas rotos. El objeto de cualquier payasada es provocar risas y en este asunto su XLVII salón es lo máximo. Observe –y me señaló un promontorio de tarros de pintura que yo había jurado se trataba de algún auspiciante de la empresa privada-. ¿No le parece encantador? Estúpidamente encantador. Por dios que me mata de risa. Este sujeto sí que sabe lo que hace. Salvando las literarias distancias, Mendoza Abril es a Picabia lo que Pierre Menard era a Cervantes… ¿Me cacha?

Don Honorio me interrogó con la mirada y con sus cejas me dijo “qué fue”.

-¿Qué? –pregunté, desarmado

-Qué aguado que es usted, por dios. ¿Y no se ríe? Ya me habían dicho que los de su país no aprecian sus valores nacionales. Si alguna vez juzgué que cierto personaje era una promesa agazapada aún en la brocha, de este no me queda sino decir que es una promesa agazapada en el mismo tarro de pintura.

Como mi enojo no menguaba, recordé las sabias palabras de mis panas, los buseteros, y preferí transcribírselas a don Honorio en papel y lápiz para que no cupiese duda de lo que quería decir ese verbo que defendía como propio. Pero Bustos Domeck volvió a invocar a Isidro:

-Este es un caso como para él-. Me dijo confidencialmente y entonces tomó mi apunte y lo fue cubriendo de notas, a millares surgir;

“¿Cómo no va existir esa crisis –¿pictórica, bélica, literaria, financiera?- si el único proyecto que quiso abarcar gran parte de estos procesos, la muestra Umbrales –conocí a un tal Verdecia que hasta ganó un premio poniendo en su sitio a los umbrales-, se truncó por meros tecnicismos burocráticos y egoísmos entre los viejos artistas? -Un proyecto que se desbarata por simples caprichos de artistas viejos debió nacer chueco, ¿no le parece?- Es impensable que un país no cuente con un espacio permanente que registre y muestre de manera integral no solo el desarrollo de la pintura contemporánea, si no también de la plástica entera. -Mentira. Dicho país es perfectamente pensable. Es más: me consta que hay cientos de países con ese perfil y, en lo que a comicidad respecta, no les va nada mal-; es menos impensable aún que esto suceda en una ciudad como Guayaquil que se esfuerza por verse insertada entre las grandes metrópolis del mundo. -¿Eso intenta? ¡No me diga! ¿Debo felicitarlos, o qué?- Tener ese espacio-memoria garantizará una brújula que servirá de referente para la concepción y desarrollo de nuevas y mejores producciones artísticas. Este chico –porque escribe como un chico- es un poco irónico, ¿no le parece? Otra promesa agazapada, sin duda.

-Como soy hombre precavido, del “mayor diario nacional”, como se auto califica el rotativo más leído a orillas del Guayas, me permití recortar este fragmento de una chica Sacoto: “En el intento de buscar formas “superiores” de arte y ante la estrechez de reflexión en torno a los alcances de la pintura contemporánea, el salón ha propiciado un discurso redundante circunscrito esencialmente al arte conceptual en su versión pictórica… ¿Vio? Desde mi reducto en Palermo yo ya sabía qué iba a encontrar en este salón: una muestra chistosa con alguna que otra genial payasada.

A Erwin Buendía

Querido Erwin

Aún está fresca tu voz en mis recuerdos más recientes y percibo más que nada tu entusiasmo por las cosas que te apasionaban. Un día, que dabas una conferencia sobre ciencia ficción, con toda naturalidad vestías el atuendo de tripulante insigne de la flota Star; otra ocasión me explicabas los alcances que tendría tu “Historia del Ecuador”, y de qué manera estaría expresada a fin de que los chicos de nuestra secundaria se embarcaran en el ayer de esta tierra tan maltratada por sus gentes; ni qué decir de todo ese esfuerzo por mostrarnos los misterios del medioevo. No te seguí en todas Erwin, pero contigo se tenía la confianza cabal de que hicieres lo que hicieres estaría bien investigado, compendiado y expuesto, que las flechas de tu saber siempre darían en el blanco, que un oyente se convertiría ipso-facto en un replicante de tu dialéctica y de tu amor por todas las artes.

Sabes, siempre imagino a mis amigos más dilectos leyendo por encima de mi hombro lo que escribo. Hubo muchos textos que, en los últimos años, iban secretamente precedidos por tí, por lo que pudieras opinar, por lo que pudieras percibir como cursi y hasta ridículo, de modo que te convertí, ni más ni menos, que en una especie de corrector de pruebas inconsulto. Vas a seguir siéndolo por mucho tiempo, y supongo que para tus amigos y alumnos tu voz siempre será una guía querida y confiable.

Miguel Hernández lo dijo mejor: no hay extensión más grande que mi herida, lloro mi desventura en sus conjuntos, y siento más tu muerte que mi vida.

El Calamar… AB Casares

EL “ALIEN” DE ADOLFO BIOY CASARES

El cuento titula “El calamar opta por su tinta”, y trata de un extraterrestre.

El asunto que se planteó Bioy Casares fue cómo escribir un cuento de Ciencia Ficción sin que parezca de CF, y lo consigue de manera impecable, con el lenguaje coloquial de un maestro de escuela de pueblo chico donde las actividades, después de clases, se limitan a la siesta y, por la noche, al encuentro con los amigos en la barra de Pomponio. Del maestro nunca sabremos su nombre, pero al parecer debe consolarnos que sea un lector exquisito que transita desde “el doctor Jung” y pasa por Víctor Hugo, Walter Scott y Goldoni.

“Como he de comunicar un hecho de primer orden, presento mis credenciales al lector”… comienza el narrador su indispensable autorretrato, de paso nos alude y como paisaje de fondo, al estilo de los primeros retratos renacentistas va mencionando sus aficiones, sus amigos y la geografía de su pueblo:

“El tema de esta crónica ofrece una particularidad que no quiero omitir; no sólo ocurrió el hecho en mi pueblo; ocurrió en la manzana donde transcurre mi vida entera, donde se halla mi hogar, mi escuelita –mi segundo hogar- y el bar… frente a la estación al que acudimos… en altas horas, el núcleo con inquietud de la juventud lugareña…”

Dados los antecedentes, descrita la geografía y la “atmósfera” del lugar, ¿cómo afrontar el tema, cómo hacer una inversión adecuada de información y una administración de los tiempos de entrega de dicha información?

El narrador aventura: “Un par de circunstancias , que no cualquiera vincularía, lo anunciaron: me refiero al pedido de los libros y al retiro del molinete de riego.”

Cuando llegamos a este punto de la narración, bien podríamos preguntarnos: ¿qué es esto de “libros” o “molinetes de riego”? Si estas pistas nos asombran y nos causan, por lo menos, intriga, es que estamos en ruta de ser atrapados por el cuento. Ahora bien, lógica por delante, ¿qué demandamos del narrador? Naturalmente, aclarar de uno en uno los misterios. Y el narrador, como que nos escucha, porque nos complace a su modo; es decir nos habla de Las Margaritas, que es el nombre del chalet de don Juan Camargo, y nos cuenta de su célebre jardín, “una de las peculiaridades más interesantes de nuestro pueblo”.

El narrador insiste en que todo esa normalidad prefigura un lugar y un tiempo donde nada podría pasar y que, sin embargo, fatalmente “algo” sucede en virtud de las anomalías que van aconteciendo en ese mundo perfecto del instante anterior. Primero falla el molinete. Es decir desaparece, deja de regar el jardín que, ya sabemos, es el jardín más bello del pueblo, y que ante nuestros ojos virtuales se va tornando seco y amarillento. Pero aquello es imposible en medio de un verano seco, pregona el narrador. Y, lo que es peor, no se le puede imputar a don Juan tamaño descuido “por de pronto lo reputamos pilar del pueblo”.

A continuación el narrador irrumpe con en el retrato de don Juan:

“Con fidelidad la estampa retrata el carácter de nuestro cincuentón: elevada estatura, porte corpulento, cabello cano peinado en dóciles mitades… En su vida, regida por la moderación y el orden, nadie, que yo recuerde, computó una debilidad, llámela borrachera, mujerzuela o traspié político… Por algo en años ingratos aquel bigotazo constituyó el manubrio del que la familia sana del pueblo se mantuvo colgada…

Y sigue un pequeño retrato de doña Remedios, madre y consejera de tan abultado hijo.

Pero, ¿cómo explicar el asunto del molinete de riego con una persona como don Juan, que es completamente inaccesible? El autor encuentra para el caso la antípoda perfecta de Don Juan Camargo: a ese alguien le dicen Tadeíto y vive en el chalet, muchacho entre estúpido y genial, alumno del narrador; a través de este chico “sobre cuya testa se reúnen los títulos de peón y dependiente”, nos vamos a enterar de por qué, un domingo, “a una hora que se extravió entre las dos y las cuatro de la tarde”, casi tumbando las puertas, interrumpe la pacífica siesta del profesor para pedirle los textos de primero, segundo y tercero.

“-¿Podrías informar para qué?
“-Pide padrino –contestó.

Al día siguiente, siempre a la hora de la siesta, padrino pide los libros de tercero, cuarto y quinto. El molinete sigue desaparecido. El asunto naturalmente viaja desde los aposentos del maestro a la barra de amigotes como Di Pinto, Badaracco, Aldini, Toledo, Chazarreta y el mismo Pomponio, patrón del bar. En esta parte del relato asistimos a conversaciones fenomenales entre los amigos de pueblo: por qué la desaparición del molinete de don Juan y por qué el ahijado, en su nombre, pide textos de escuela.

Badaracco sugiere al maestro: -¿Por qué no apestillas al respecto al taradito?

“Aprobé el temperamento y lo apliqué esa misma noche, después de clase. Traté de marear primero a don Tadeíto con la perogrullada de que la lluvia entona al vegetal, para atacar por fin a fondo. El diálogo fue como sigue:
-¿Se descompaginó el molinete?
-No.
-No lo veo en el jardín.
-¿Cómo lo va a ver?
-¿Por qué cómo lo voy a ver?
-Porque está regando el depósito.
-¿Qué hace don Juan con los textos?
-Los deposita en el depósito.”

¿Y ahora qué hace el narrador? El maestro corre al hotel. ¿Por qué? ¿Por qué no trata de averiguar allí mismo lo que necesitamos saber? Hemos visto progresar la estrategia del relato desde primorosos retratos, avanzamos por diálogos de exploración, y ahora entramos en materia con diálogos más contundentes aún, donde la atmósfera pueblerina se manifiesta en todo su esplendor:

“Ante mis comunicaciones, tal como lo preví, cundió la perplejidad entre la juventud. Todos formulamos alguna opinión, pues el buen callar en ese momento era un bochorno.”

Pomponio, el patrón del bar pregunta: “¿Por qué no se dan traslado en comitiva y piden explicación a don Juan en persona?
“El sarcasmo despabiló a uno, de apellido Aldini, que estudia por correspondencia y lleva corbata blanca. Enarcando cejas me dijo:
-¿Por qué no ordenas a tu alumno que espíe las conversaciones entre doña Remedios y don Juan. Después le aplicas la picana.
-¿Qué picana?
-Tu autoridad de maestro ciruela –aclaró con odio.
-¿Don Tadeíto tiene memoria? –preguntó Badaracco.
-Tiene –afirmé-. Lo que entra en su caletre por un rato queda fotografiado.
-Don Juan –continuó Aldini- para todo se aconseja de doña Remedios.
-Ante un testigo como el ahijado –declaró Di Pinto- hablarán con completa libertad.
-Si hay misterio, saldrá a relucir –vaticinó Toledo.
Chazarreta, que trabaja de ayudante en la feria, gruñó:
-Si no hay misterio, ¿qué hay?”

A continuación “giran días enteros”. Tadeíto pide esta vez los textos de secundaria y después, sólo periódicos viejos, al kilo, reunidos de la mercería, carnicería y panadería. ¿Y los periódicos? También al depósito.

“Después hubo un período en que no ocurrió nada. –dice el profesor-: El alma no tiene arreglo: eché de menos los mismos golpes que antes me arrancaban de la siesta. Quería que pasara algo, bueno o malo. Habituado a la vida intensa ya no me resignaba a la pachorra.”

El misterio se revela de inmediato y en forma casi brutal, por lo compacto y sin adornos de su descripción. Habla Tadeíto:

“-Padrino dijo a doña Remedios que tiene una visita viviendo en el depósito y que por poco no se la lleva por delante los otros días, y que él no perdió el aplomo aunque el estado de la misma daba lástima y le recordaba un bagre boqueando fuera de la laguna. Dijo que atinó a traer un balde lleno de agua, porque sin pensarlo comprendió que le pedían agua y él no iba a permitir cruzado de brazos que un semejante muriera. No obtuvo resultado apreciable y prefirió acercar un bebedero a tocar a la visita. De pronto se acordó del molinete y como el médico de cabecera que prueba, corrió a buscar el molinete y lo conectó. A ojos vista el resultado fue apreciable porque el moribundo revivió como si le cayera de lo más bien respirar el aire mojado. Padrino dijo que perdió un rato con su visita, porque le preguntó… si necesitaba algo y que la visita era francamente avispada y al cabo de un cuarto de hora ya picoteaba por acá y por allá alguna palabra en castilla y le pedía los rudimentos para instruirse. Como la visita era francamente avispada aprendió todos los grados en dos días y en uno lo que tuvo ganas del bachillerato. Después, dijo padrino, se puso a leer los diarios para enterarse de cómo andaba el mundo…
“Dijo padrino que la visita quedó pasmada al enterarse de que el gobierno de este mundo no estaba en manos de gente de lo mejorcito, sino mas bien de medias cucharas, cuando no de pelafustanes… Dijo que en otros mundos antes de ahora descubrieron la bomba y que tales mundos fatalmente reventaron. Que los tuvo sin cuidado que reventaran, porque estaban lejos, pero que nuestro mundo está cerca y que ellos temen que una explosión en cadena los envuelva.”

El asunto merece una discusión en la cumbre así que el maestro agarra a Tadeíto y lo lleva al bar. El diálogo es dinámico, intenso y enjundioso.

“-Señores –dice el narrador-. Traigo la explicación de todo, una novedad de envergadura y un testigo que no me dejará mentir. Con lujo de detalle don Juan comunicó el hecho a su señora madre y mi fiel alumno no perdió palabra. En el depósito del corralón, aquí no más, pared por medio, está alojado, ¿adivinen quién?, un habitante de otro mundo. No se alarmen señores: aparentemente el viajero no dispone de constitución robusta, ya que tolera mal el aire seco de nuestra ciudad y para que no muera como pescado fuera del agua, Don Juan le enchufó el molinete. Es más: llegó para salvarnos, persuadido de que el mundo va camino de estallar por la bomba atómica y a calzón quitado informó a don Juan de su punto de vista. Es de lamentar que este mozo aquí presente se retiró justo a tiempo de no oír la opinión de doña Remedios, de modo que no sabemos qué resolvieron.
-Sabemos –dijo el librero.
-¿Qué sabemos?
-No se amosque usted –pidió Villarroel-. Si es como usted dice aquello de que el viajero muere si le quitan el molinete, don Juan lo condenó a morir. De casa acá pasé frente a las Margaritas y a la luz de la luna vi perfectamente el molinete que regaba el jardín como antes.
-Yo también lo vi –confirmó Chazarreta.
-Con la mano en el corazón –murmuró Aldini- les digo que el viajero no mintió. Tarde o temprano reventamos con la bomba atómica. No veo escapatoria.
-No me digan que esos viejos, entre ellos, liquidaron nuestra última esperanza.
-Don Juan no quiere que le cambien su composición de lugar –opinó el gallego-. Prefiere que este mundo estalle, a que la salvación venga de otros. Vea usted, es una manera de amar a la humanidad.
-Asco por lo desconocido –comenté-. Oscurantismo.

Una última propuesta: los amigos conspiran para que, por la noche, Tadeíto reconecte el molinete. Pero el alumno del narrador vuelve luego de un rato interminable para comunicar:
“-El bagre se murió.

K., las artes y los pintores.

Este spot hubo de cerrarse un tiempo debido a la falta de comentarios pertinentes. Ahí va la segunda (que preludia a la vencida). Esperamos que los pintores, críticos y reseñadores de arte se alarmen con el contenido.

El número 2 de la revista HABLA ha contribuido notablemente a la discusión de los premios del salón de julio 2005, publicando un artículo de Fátima Acioly (probablemente equivocado pero entendible a más no poder) y, en contrapunto, una nota de Ilich Castillo que, aunque estratégicamente se ubica “como espectador”, su texto es inconmensurablemente lóbrego (nada más alejado de un espectador).

En aras de la comunicabilidad y para satisfacción -o enervamiento- de vuestras entendederas, antes de mi spot les va resúmenes de Fátima y de Ilich.

Fátima:
“Tengo pocos conocimientos de arte, no puedo indicar si una pintura es impresionista o dadaísta (sic); sin embargo, puedo opinar libremente sobre si algo que veo es bonito.”

Fátima es absolutamente franca (incluso alarmantemente franca), y en eso se parece al público que ni sabe ni le importa, en último término, quién es Monet o Picabia…. Pero algo sabe. Dulcemente “original y primitiva”, Fátima cree que:

“Las más bellas pinturas eran las que reflejaban fielmente la realidad y las que podían impregnar en los lienzos (o paredes, o lo que sea) las emociones del momento… Con el advenimiento de la fotografía, el arte perdió un poco el impacto de reflejar el mundo tal como era y los artistas pudieron dedicarse a transformarlo en sus pinturas…” (Los subrayados son míos)

Opiniones de este talante pueden ser descalificadas desde seseras como las de K o de Ilich (aseveración que se ampara en la peculiar escritura de los aludidos), pero la preocupación estética esbozada por Fátima es válida para todas las épocas incluyendo a la eras de la famosa post-postmodernidad y a todas aquellas corrientes que estén por surgir. Al menos mientras la constitución humana mantenga ese amasijo de emociones y razones en pugna perpetua dentro de su cacúmen.

Pero sigamos con Fátima, que navega sin hacer tantas olas en las aguas del sarcasmo, qué caray, está en su derecho:

“Las pinturas y esculturas dejaron de ser objetos que daba gusto mirar para convertirse en un ¡¿Qué rayos es esto?!… Si yo dibujo un árbol lleno de penecitos guindando, bien podría ganar un premio; el jurado podría considerar que se trata de la rebeldía femenina que se ha estado gestando (está representado en las raíces) desde hace siglos, se ha ido formando (representado por el tronco) para dar al mundo cientos de mujeres valerosas (las hojas) que igualmente se mezclan con los valiosos hombres del mundo (los penecitos) para que este sea un mundo mejor (representando por el cielo de fondo)…

“Alguien más avezado descubriría que realmente un árbol representa una mujer que se esfuerza por salir de la tierra, despegarse del suelo (como se ve, el árbol proyecta sus ramas hacia arriba) pero en su intento de superarse se ve acosada sexualmente por cientos de hombres (representados por los penecitos).

¿Y ahora? Ilich, naturalmente:
(El sujeto confiesa no querer hacer -¿dar?- una lección de historia del arte. Bien por nosotros, gracias a la providencia, así que prefiere exponer ciertas inquietudes de “espectador”) Mirad, lobos, como dijo Mowgli:

“En la actualidad hay un valor blindado (¿protegido, recubierto, forrado, revestido? ¿Por quién? ¿Quién asigna tal tipo de valor? Los sinónimos son de Word) a toda obra que encierre una factura mimética como única finalidad, lo cual es comprensible (?) después de tantos siglos de representación…

Por dios, que agota.

… “A mi modo de ver (?), esta circunstancia (¿cuál? ¿La del valor blindado, la de la factura mimética como única finalidad, o la del fin de la representatividad) ha sido un capital del cual el arte contemporáneo se ha servido desde hace algunas décadas; es decir se mimetiza desde la facturas, los estilos, las técnicas, hasta las actitudes, casi siempre con afanes teleológicos.

Que lo demuestre.
Saben, mejor lean la revista, pero encomiéndense primero.
Y ahora sí va la segunda, navarro:

Atención pintores. No conformes con dejaros crear, hoy tenéis asignado un deber adicional: leer los comentarios de la edición del Salón de Julio de 2005, publicados por el Museo Municipal.

Desde ya, vuestro consagrado gremio está dividido entre los IN y los OUT. Los primeros equivalen, según elementales matemáticas al 17% del total de agremiados; cifra tomada de los que realmente resultan IN a la hora de ser aceptados por el Salón. Pero que no se siembre el desconcierto entre sus filas, ya el Museo Municipal, en un hermoso ejemplar de biblioteca les ofrece la sin par oportunidad de saber qué es lo que NO han estado pintando todos estos años; y lo que es más –dadas sus evidentes y penosas limitaciones conceptuales y argumentales– podrán no sólo saber lo que les espera si siguen –o NO siguen– pintando así, sino que podrán agradecer –Providencia de por medio– a K., que desde su humildísima pero esmerada pluma, ha descubierto que el futuro del certamen ya no dependerá de ustedes, los artistas, sino que “seguirá dependiendo en determinante medida del criterio de los jurados encomendados con la selección y la premiación”.

En vista de que lo que habéis estado pintando no se “sintoniza” ni se aproxima a “resonancias” de actualidad, y puesto que, ante la “insolente realidad” sólo os quedan arrestos para llenar los vacíos creados por la disolución ética de la sociedad, y en vista de que de ahora en adelante se tomará en cuenta las “significaciones de los trabajos”, el rescate de vuestro interés por articular estas significaciones, deberá pasar por el tamiz de la sofisticación con la que resuelvan sus dilemas creativos. Vale.

Así que, tened cuidado y obrad con prudencia. Vuestras obras ni siquiera inquietan. ¿Por qué? Os preguntaréis, diligentes. Fácil respuesta: sois pueriles, sois ingenuos, sois literales y hasta panfletarios, usáis alegorías elementales y metáforas atravesadas por ímpetus de corte adolescente, aparte de que –insensatos– habéis aprendido a elaborar vuestras obras a base de desgastadas poéticas visuales. Dicho de otro modo: podéis reciclar papel maché, cartones y chatarra, pero ojo: nada de reciclar viejas poéticas visuales. Órale.

Y como si el “espectador” en nuestra cultísima ciudad fuese aún más determinante que los críticos, recuerden: una obra exitosa debe permitirle (al espectador) decantar aquellas problemáticas y sus impactos de manera más profunda. No faltaba más. Para ilustrar, la pintura de Helen Constante, que “tangencialmente articulaba preocupaciones por lo social”, pero que lo hacía dentro de un esquema de “evocaciones líricas erosionadas”, ha sabido carecer de vitalidad para las posibilidades que mostraba el campo de la pintura. Mire usted, qué travesura y en qué campo. O sea, que no llegó, pues, al espectador y mucho menos a K. único responsable de tan elusivas razones. ¿Ven la felicidad que constituye para las artes contar con este nuevo guía de las artes, mentor de la nueva estética, ayo de la creatividad, preceptor de juventudes?

Naturalmente, para apartarse de los criterios con que se premiaron obras de este talante, K. toma distancia y califica dichos análisis críticos (sin mencionar quién los enunció) como propios de cierto “abolengo demagógico”, causante además de “graves perversiones a todo el medio cultural”. Tal vez si los llamara por sus nombres y los calificara simplemente de ignorantes nos ahorraríamos tanta tinta (la cacofonía es mía), para poner de manifiesto “la profunda brecha educativa que existía -y aún pervive- en muchos de sus actores, brecha que se evidenciaba en dicha desinformada noción de ‘arte contemporáneo universal’ ”. Con-tun-den-te.

Las metáforas, como solía decir Borges, arrecian.

Para decir: “tiempo atrás cualquiera participaba en el Salón”, K. dice: “el nivel de algunas propuestas todavía evidenciaba cierta laxitud en los criterios de ingreso...”(No sé por qué me suena a laxante). “Esta necesidad de tensar las restricciones que impone el Salón encontraría ecos muchos más intensos en las posteriores ediciones”. (Al parecer sólo el 16% de los pintores de la ciudad llenan las expectativas de este nuevo “abierto” apoderado de las artes).

Para decir que los otros no son “abiertos” (por extensión serían cerrados), y “aquejados por la atrofia”, K. se expresa de este modo: “Es interesante notar que, mientras más abiertos son los criterios del jurado de turno, más se erizan las plumas del stablishment cultural local” (tema para un performance: ojo, creadores, va el título: “Stablishment de plumas erizadas”). Dicho stablishment “pretende proteger al Salón de Julio de las “perniciosas” prácticas artísticas actuales que tanto envenenan los museos, galerías y bienales de arte contemporáneo del mundo”. Malvados.

Y para justificar SU justísima apreciación K. expresa: “dos obras del 2003 apelan justamente a las connotaciones de foro de difusión social y plataforma de visibilidad que tiene el Salón de Julio como lugar de enunciación”. Vaya viendo.

Pero, como este blog amenaza con extenderse más allá del promedio usual (tal vez por contagio de K –todo es posible–), si de verdad quieren refocilarse con este logro de inventiva textual, no les queda más remedio que montarlo (al texto del Museo); y a ver si se deja.

Lidiando con Faulkner 2

LIDIANDO CON FAULKNER 2

Cinco espacios de máquina dan a entender que la segunda parte de HUMO ha comenzado. Sin exagerar, más bien con algo de escalofriante frialdad vimos que el juez Dukenfield fue hallado muerto por su criado negro que, contra todo pronóstico nada oyó: ni al sujeto que seguramente pasó por encima de él mientras dormitaba en el corredor, ni al juez Dukenfield, ni al balazo. La descripción de Faulkner sobre el hallazgo (dado el tipo de hallazgo) es algo negra de humor, tal vez documental, pero en todo caso literaria: “Tenía los ojos abiertos y un balazo exactamente sobre el puente de la nariz, de modo que parecía tener tres ojos en línea”. El narrador en primera persona parece estar de acuerdo con la descripción, pero en todo caso advertimos que el único que puede dar semejante versión tiene que ser el escritor que se inmiscuye en el relato.

También notamos algo esencial en esta segunda parte del relato y es que cualquiera que se hubiese venido perfilando como protagonista de la historia (el viejo Anselm, los gemelos y hasta el propio juez Dukenfield) ceden los derechos, por decirlo así, al fiscal Gavin Stevens.

Esta segunda parte, sin embargo, está dividida en tres partes a su vez. No está demás explicar que tanto la traducción como la edición de este libro son de Alianza Editorial. En todo caso esta segunda parte acontece en la sala de audiencias del pueblo de Jefferson, condado de Yoknapataupha, donde se ventila un juicio, que el fiscal ha propuesto y mediante el cual vincula la legalización del testamento a favor de los gemelos Holland con el asesinato del juez. Surgen, pues, nuevos personajes, cuyos retratos son oportunamente develados: el sirviente negro, un primo de los gemelos que resulta ser pastor de iglesia, y un siniestro sujeto, un gangster de paso, aficionado a extrañas marcas de cigarrillo, un sujeto que deja traslucir sus vicios con tal eficacia que provoca todo tipo de repulsas, incluyendo náuseas a los que tan sólo lo miran. Demasiadas inquietudes como para no sospechar de él; demasiadas señas como para sospechar que él no es el “verdadero” culpable.

En cierto modo Faulkner pone a prueba nuestro talante de ilusos hasta el fin, cuando la genialidad del fiscal Stevens queda expuesta junto con el culpable, el verdadero culpable. Ahora bien, qué se ha hecho el narrador en esta segunda parte; recordemos su postura como representante del pueblo de Jefferson, un pueblo conservador, afecto al chisme y a la moraleja entre sus tradiciones más caras, y que lo ha delegado como tal dadas sus condiciones sociales, digamos, de chismoso y moralista.

Por fin, la genialidad de Stevens (y el estupor del pueblo, y seguramente, el del narrador) llega a su máxima expresión cuando todo se aclara: el Juez Dukinfield no podía firmar el testamento porque él había sido dueño del caballo que supuestamente había arrastrado y matado al viejo Anselm Holland; y resulta que en su mocedad fue tan maltratado que se volvió miedoso de tan solo ver un palo en mano de cualquier sujeto. Eso: o no lo pudo saber el verdadero asesino porque era un afuereño, o sucede que lo olvidó. ¿Cuál afuereño? Naturalmente el menos sospechoso: el primo de los gemelos; que fue quien contrató a otro afuereño, un gangster, para que asesinara al juez.

Como ven, el final de este cuento se pudo resolver en unas 100 palabras; pero recuerden que Faulkner y su narrador pertenecen al mismo entorno sociológico de la historia. Un entorno nostálgicamente vencido –pero invicto-, étnicamente cuestionado –pero plural- y donde los nombres, para ilustrar el asunto, evocan mundos bíblicos o clásicos de trágica fantasía, donde abundan, entre blancos y negros, los Sartoris, Drusilas, Horacios y Cornelias, y donde hay que promover que esa ideología inspirada en Nathanes, Davides y Salomones, infecte a la justicia para que brille, y que los culpables, de ser posible, hasta se coloquen la soga al cuello. Primera teoría, esbozada por el narrador como “el plan” Stevens.

Segunda. Comunicar simplemente el regusto por el descubrimiento de lo ocultado. Y para eso es necesario ir removiendo las opacidades que los humanos tendemos sobre la transparente y diáfana verdad.

¿Cómo lo hace? El método en general es una morosa recapitulación de todos los hechos:

De pie junto a un extremo de la mesa, comenzó a hablar (Gavin Stevens), sin dirigirse a nadie en particular, con un tono ligero y anecdótico, refiriendo lo que ya sabíamos, y dirigiéndose de vez en cuando al otro mellizo, Virginius, como buscando corroboración… Parecía estar preparando la defensa de los sobrevivientes… Su tono era tranquilo, conciso, sincero; en todo caso levemente parcial hacia el joven Anselm; eso es.
Ahora la cuestión es: ¿Cómo es posible que la historia nos capture? Conforme el narrador cuenta, Stevens introduce aún más opacidades en la historia, de modo que el nuevo juez, los miembros del jurado, y hasta nosotros los lectores, naturalmente no entendemos y preguntamos –con todo derecho- qué relación hay entre todo lo que ya sabemos con el juez Dukinfield. Stevens, para responder, arremete sin inmutarse con otra larga explicación de lo que ya sabemos…

Así, pues, el testamento está bien. Su legalización debió ser una simple formalidad. A pesar de ello el juez Dukinfield pospuso su decisión durante más de dos semanas y entonces se produjo su muerte. Y así el hombre que creyó que todo lo que debía hacer era esperar…
-¿Qué hombre –preguntó el presidente.
-Espere –dijo Stevens-. Todo lo que debía hacer el hombre era esperar.

El asunto se torna exasperante, tanto que los inocentes prefieren declararse culpables antes que prolongar más la agonía de escuchar a Stevens. Esto se hace evidente cuando el joven Anse, que encaró a su padre cuando este profanó la tumba de su madre y, al parecer lo golpeó, cree haber sido su asesino.

-Está equivocado –dijo Anselm, con su tono áspero y brusco-. Yo lo maté. Pero no fue por la maldita tierra. Ahora, llame al Sheriff.

Y entonces fue Stevens quien, mirando fijamente el rostro furioso de Anselm, dijo en voz baja:


-Y yo afirmo que es usted quien se equivoca, Anse.

Así el nudo queda planteado, Y, como lo confirma el narrador, nuevamente en primera persona del plural:

“Durante unos instantes los que observábamos y escuchábamos permanecimos, en medio de esta inesperada revelación, en un estado de ensueño en el que se nos antojaba saber de antemano qué ocurriría, y conscientes a la vez de que no tenía importancia, porque pronto nos despertaríamos.
Pero el despertar puede ser sensualmente largo. Es entonces cuando Faulkner envía al narrador a que relate la coartada del verdadero asesino –recuérdese-, no sólo del viejo Anselm Holland, sino también del juez Dukinfield. Para eso es necesario que el asesino sea primero aludido, ya que ponerlo en evidencia requerirá tender aún más opacidades sobre el jurado y el narrador. Y entonces volvemos a los retratos, a los bodegones y aún a los paisajes:

“Este hombre llegó, pues, allí y vio lo que usted –refieriéndose a Anse y a su padre caído- había dejado, y terminó la obra: enganchó el pie de su padre en el estribo y trató de espantar al caballo golpeándolo; pero, en su apuro, olvidó lo que no debía haber olvidado nunca…
Escuchamos en silencio, mientras el eco de la voz de Stevens moría lentamente en los ámbitos del pequeño recinto, en el cual nunca corría una brisa ni una ráfaga de aire…
No sé si les pueda pasar, pero esta insistencia en la arquitectura sin ventilación de la sala de audiencias es un recuerdo permanente de que la historia que están leyendo se titula HUMO.

Hay aún una tercera teoría por la cual el desenlace de esta historia debe ser tortuoso y esa razón es el protagonismo tan singular del TIEMPO.

Cuando pienso en todo ello, retrospectivamente, veo que el resto no debió llevarnos tanto tiempo. Siento ahora que debimos saberlo enseguida, y aun siento, así mismo esa especie de disgusto sin piedad que, después de todo, hace las veces de compasión…
No son las realidades ni las circunstancias las que nos sorprenden, sino el choque de lo que debimos haber sabido, si no hubiésemos estado tan absortos en la creencia de lo que, más tarde, descubrimos haber tomado por verdad, sin otra base que el haberlo creído así en aquél momento.
Ahora Faulkner recurre al hecho que precede al humo, al fumar, mediante el cual el culpable queda definitivamente aludido. Los pasos restantes consisten en que dicho criminal se exponga totalmente y, literalmente, se declare culpable. No en vano el narrador da a conocer su nombre casi al final, no en vano el juicio se da en una sala sin ventilación.

Debimos haberlo sentido: a ese alguien presente en la habitación que sentía que Stevens había provocado la aparición de ese horror, de aquella indignación, de aquel furioso deseo de hacer retroceder el tiempo un segundo, de desdecir, de deshacer.
Es el clímax del Plan Stevens. Ahora, a leer.

Lidiando con Faulkner 1

LIDIANDO CON FAULKNER

HUMO, de “Gambito de caballo”

El placer de la relectura -como lo he sostenido otras ocasiones-, se da por obra y gracia del olvido.

Para los que no conocen este libro, todos los cuentos que lo componen tienen como protagonista a Gavin Stevens, fiscal de distrito, que a veces aparece como joven abogado, otras como solterón irredento y otras ya entrando en años. También aparece, como escolta perpetua su sobrino Chick Mallison. A veces este es quien narra la trama, en otras -precisamente en “Gambito de caballo“- el narrador lo usa como excusa para alejarse un poco del protagonista principal, el tío Gavin.

La narración transcurre siempre muy fluida, plena de circunvoluciones que afortunadamente no distraen la trama, pero realmente nunca me había dado cuenta plena de esta notable estrategia en la que el narrador omnisciente prefiere ver a su protagonista a través de los ojos de un segundón:

“… entraron y se detuvieron, sonrosados, jóvenes, delicados, vistiendo ropas costosas, ateridos por el frío de la noche de diciembre. El tío de Charles se levantó.
-Miss Harris, Mister Harris -dijo-. Pero como ya han entrado, no puedo invitarlos…
-Usted es Stevens -dijo el muchacho. No formuló una pregunta, sino que mencionó el hecho, simplemente.
-Correcto en parte -dijo su tío-. Pero dejemos eso…
Su tío había dado uno o dos pasos hacia ellos. Ahora se detuvo, en medio de la habitación…
… Comprendo -observó el tío… y luego el tío miró a la hermana…

Naturalmente estos extractos son incomprensible si no leemos el cuento en forma íntegra y corrida. Pero quiero dedicarme a HUMO; cuento narrado en primera persona por un sujeto que prefiere construir las oraciones en primera persona del plural, como si fuese el pensar unánime de un pueblo, del cual el narrador se ha erigido en representante:

“Anselm Holland llegó a jefferson hace muchos años. De dónde, nadie lo sabía. Pero era joven entonces, y un hombre de variados recursos, porque antes de que hubieran trnscurrido tres años estaba casado con la única hija de un hombre que poseía dos mil acres de las mejores tierras del distrito, y fue a vivir a la casade su suegro, donde dos años más tarde su mujer le dio dos hijos, y donde a los pocos años murió aquél, dejando a Holland en total posesión de la propiedad, que estaba a la sazón a nombre de su mujer. Pero aun antes del hecho, LOS DE JEFFERSON lo habíamos oído aludir, en tono algo más alto de lo conveniente, a “mi tierra, mi cosecha”; y aquellos de NOSOTROS cuyos padres y abuelos se habían criado en el lugar lo MIRÁBAMOS con cierta frialdad y recelo, como a un hombre sin escrúpulos…

A continuación el narrador cuenta pormenores de la vida de los gemelos, la muerta dela madre y delos litigios con su padre:

“Y cuando sus hijos llegaron a la edad adulta y primero el uno y luego el otro dejaron para siempre el hogar, NO NOS SORPRENDIMOS. Por fin, cuando un día, hace seis, Holland fue hallado muerto, un pie trabado en uno de los estribos del caballo ensillado que acostumbraba a cabalgar, y el cuerpo horriblemente destrozado, porque, aparentementeel animal lo había arrastrado a través del cerco de palos, y eran todavía visibles en el lomo y en los flancos del caballo, las marcas de los golpes que le había dado en unos de sus accesos de ira, NINGUNO DE NOSTROS LO LAMENTÓ, por cuanto poco tiempo atrás había cometido un acto que,para los hombres de nuestro pueblo,nuestra época y nuestras creencias, era el más imperdonable de los ultrajes..

Noten dos cosas: la primera es esa insistencia en hablar como representante de facto del “pueblo”; la otra es esa larga digresión que comienza
Por fin, cuando un día, hace seis, Holland fue hallado muerto...,
el narrador, gracias a nuestra obvia curiosidad, extiende las explicaciones de su muerte hasta concluir con un pequeño y lapidatorio remate que engloba la sicología general de esa afectada vox populi:
ninguno de nosotros lo lamentó

Esta capacidad para plantearnos una propuesta que ingeniosamente deja “colgada” en nuestra curiosidad, para luego ausentarse un buen rato sin que dejemos de observar con el rabo del ojo la propuesta “colgada” hasta finalmente volver y amablemente descolgarla, antes de proponernos otra cosa, es una de las dilataciones más curiosas y geniales que haya encontrado en Faulkner.

Otros autores como Kafka, por ejemplo, ensayan estas dilaciones con mayor audacia; lo malo es que con respecto a esa clase de propuestas “colgadas” lo más probable es que se queden así para siempre. En “Amerika”, por ejemplo, el narrador nos propone, casi nos obliga a, preocuparnos vitalmente del baúl del muchacho migrante. Asistimos devotamente a los arreglos y recomendaciones de la madre contrita y aceptamos tácitamente considerarlo (al baúl) como fundamental para la vida del chico. Y resulta que finalizado el primer capítulo NUNCA más volvemos a ver el dichoso baúl, y ni el chico se muere ni se da por aludido. Pero como Faulkner no es Kafka, tenemos con él una dosis definitivamente mayor de certidumbre que con el praguense.

La narración discurre deliciosamente fluida y serena a pesar de lo áspero del tema, como si ese contrapunto fuese la dinamia de la historia. Y así, como si se tratara de un viejo relato familiar que, por viejo y distante no nos afecta y del cual podremos sacar todas las moralejas que nos venga en gana sacar, nos vamos enterando de las pequeñas biografías de los protagonistas humanos del cuento (porque también hay protagonistas no humanos: el caballo del juez Dukenfield, el testamento del occiso, la caja de resorte del juez o la inhóspita y calurosa sala de audiencias), de sus actividades laborales y hasta de las supuestas conversaciones que los protagonistas pudieran haber mantenido a lo largo del encono de sus vidas:

“Por fin un día se produjo el estallido. Probablemente de la siguiente manera:
-Crees que ahora que se ha ido tu hermano podrás quedarte simplemente, y guardártelo todo, ¿no?

El narrador, de este modo asume una faceta de chismoso y discreto divulgador de rumores; tarea que de ningún modo le parece poco honorable; al contrario, con total desparpajo presume todos los diálogos, las provocadoras preguntas de unos y las insolentes o mesuradas respuestas de otros:

“-Preferiría tener una pequeña parte de la tierra y explotarla bien, a verla como está ahora –habría respondido Virginuis…

Y nos enteramos de sus asuntos de tierras, de los impuestos prediales y de la pérfida codicia del difunto que profanara la tumba de su mujer, versus la indolente sabiduría de sus hijos, consagrados simplemente a honrar a su difunta madre. Y entonces aparece un primo de los gemelos, un personaje de bajo perfil, que el narrador coloca sin nombrar, como una especie de órgano cuya función fisiológica no es del todo clara, pero cuya inflamación puede ser severa y hasta mortal, ytambién nos enteramos de uno de los protagonistas no-humanos descritos arriba: el Testamento. Testamento que es una excelente excusa narrativa para que aparezca, igualmente de improviso el juez Dukinfiled.

El “nosotros” del relato, a través de su representante, “observan” al juez y de cómo no legaliza el testamento. Pasan los días, mientras transcurre el retrato del juez “quien había vivido lo suficiente para saber que el apremio de cualquier actividad existe tan solo en la mente de ciertos teóricos que no tienen actividades propias”. Ese apremio (el nuestro de lectores “sin actividades propias”) se siente agredido cuando termina laprimera parte del cuento y encuentran al juez Dukinfield con un certero balazo en la frente.

Continuará…

Fantasía geométrica en El Chulla R y Flores

REALISMO Y FANTASÍA

Cuando leí “El chulla Romero y Flores” a propósito del XIV encuentro de ecuatorianistas, hube de volver a plantearme el asunto de la realidad y el realismo. En contrapunto con la fantasía. Pues descubrí, como lo habrán hecho muchos, sino todos los lectores de Jorge Icaza, que “El chulla…” es una novela fantástica. Si Jorge Icaza pretendió hacer una novela realista, pues la novela se le fue de las manos. La otra opción, que deliberadamente escribiera fantasía, me figuro que parecerá inadmisible para sus seguidores. Ahora bien, ¿cuál es el problema? Para aquellas épocas “realismo” tenía mucho que ver con VERDAD. Por lo tanto lo fantástico siempre pareció falso, como una historia previamente devaluada en la mente de los precursores y seguidores del realismo. Algunos años debieron pasar hasta que lo fantástico obtuvo patente de veracidad, mas para no alejarse de la tutoría de la realidad surgió ese nominación de “realismo fantástico”.
Volviendo al chulla, la fantasía de la obra prevalece, por lo menos en tres instancias: en la mente del chulla, donde pelean o disienten o litigan los fantasmas de su madre y de su padre; y en las famosas escenas de las escapatorias, que son dos: una casera, y otra urbana. Puede que existan otros elementos de fantasía, pero no los he advertido con más claridad. Para concluir esta nota debo referirme a la verosimilitud. Esa especie de pacto que se da entre lector y obra -descrito brillantemente por Umberto Eco en “Paseos por los bosques literarios”- implica admitir un universo posible con seres y objetos anclados o desenvueltos en esa universalidad. Allí las cosas no siempre van muy bien para “El chulla…”. Debo referirime a ciertos razonamientos y metáforas que difícilmente la educación del chulla pudo concebir. Cuando el chulla se dice: “Si estrangulo a la venganza que alimenta este renacer en mi rebeldía, volveré a vagar al capricho de…” Notable, fantástico, pero inverosimil. Exabruptos del realismo, o de la fantasía

Lector Reincidente

Introducción.
Sobre el Lector Reincidente

El Lector Reincidente, como todos, es un sujeto mudable, pero muy capaz de hallar deleite, y hasta de volverse adicto a determinadas lecturas. En su adicción no repara en hechos obvios como el de su inconstancia y se imagina que es el mismo sujeto que una vez y otra lee el mismo libro; aunque, para ser justos, el LR tiene la sospecha de que ese volumen, un poco más viejo y gastado que el año anterior, con la misma cantidad de páginas, el mismo título y hasta el mismo autor, es otro cada vez que lo explora.

¿Es el LR un objetivo literario… para el autor? ¿Debería serlo? ¿O para las editoriales, o para beneficio de la cultura… o para el placer? ¿Y qué se puede hacer con él? ¿Eliminarlo, o premiarlo por su tozudez?

El objeto de este trabajo consiste en establecer si JI despliega alguna estrategia narrativa para dar con ese LR en “El chulla Romero y Flores”, y cuán útiles y eficaces han sido o puedan llegar a ser “para ejemplo y medida del porvenir” (literario). Pero antes de encarar el asunto, valdría la pena recordar que, incluso antes de l hecho creativo, JI trabaja en el supuesto de que el ejercicio narrativo es un instrumento para inducir (en la sociedad o en un solo lector) cambios de actitudes y tomas de postura que se aproximaren, por lo menos, a las suyas. Es probable que la percepción del éxito de esta original empresa de seducción hoy se vea devaluada ante la vergonzosa permanencia de las mismas condiciones de salud, trabajo, ingresos y de sub-existencia que caracterizó a la población indígena y al proletariado urbano de mediados del siglo XX –particularmente en Quito que fue mundo y época de Icaza–. Me pregunto si la relectura del texto y la gestación de ese LR contribuiría o no a ese cambio de actitudes. En todo caso, lo ineludible es que si su literatura influyó poco o nada en el mundo que le tocó vivir, influyó en cambio, y con largueza, en todo el quehacer literario del Ecuador, en sus poetas, en sus novelistas y ensayistas. Estas jornadas que nos recuerdan el centenario de su nacimiento son prueba palpable de lo profundo de su huella.

Bitácora de exploración.

“El Chulla…” es una novela relativamente corta, pero muy intensa, dividida en siete capítulos. Voy a decir que los cuatro primeros capítulos se caracterizan por un manejo parejo del ritmo narrativo. Sin embargo, esta aseveración corresponde en realidad a una especie de “promedio” temporal que extraemos luego de considerar que, ante el ritmo propio que dan los transitivos y los cambios de giro, nos topamos con incontables incrustaciones teatrales, pintorescas y funcionales, a más de bodegones, escenas costumbristas, paisajes anti-pintorescos, así como de retratos precisos y particularmente fragantes, que hacen las veces de retardadores de la velocidad narrativa. Los tres capítulos finales, en cambio, suceden en poco menos de dos días y se concentran en la vertiginosa persecución de Luis Alfonso Romero y Flores (y en la insólita complicidad de la masa lumpesca), en el alumbramiento de su hijo y posterior muerte de Rosario, su compañera. Este énfasis en el lumpen como catalizador de conciencia es un aporte, a mí entender, muy personal y debió ser polémico para Jorge Icaza dado el tratamiento ideológico que el lumpen tenía en oposición al rol del proletariado en el pensamiento marxista de entonces.

El narrador y los exploradores

En la página editorial de hace pocas semanas, la doctora Cecilia Ansaldo -una LR y exploradora confesa de “El chulla Romero y Flores”-, califica la novela como cumbre de la obra de Icaza. Y en un estudio, que aparece como introductorio de la edición de Antares, Manuel Corrales dice: “Es cierto que se trata del mejor texto elaborado de nuestro autor; pero es algo mucho más: es la punzante invitación a una empresa: la de encontrar y asumir aquello que nos constituye, aquello que somos definitivamente y no tenemos que ir a buscarlo a ninguna parte.”

Pero los exploradores como Cecilia o Manuel no consignan un hecho, mal comprendido y tal vez deplorable de sus existencias, pero fundamental para entender por qué nos sentirnos impelidos, una y otra vez, a recurrir al placer de releer el texto que hoy nos concita. Tal hecho insoslayable es el olvido… De cómo opera, ya es competencia de otros especialistas, pero el olvido será causal de reincidencias, siempre y cuando no invada la noción de lo placentero que fue lo que real y torpemente olvidamos después de ser experimentado. Ahora bien, qué dudas pueden surgir respecto de la eficacia de las estrategias icacianas para dar con estos LR (digo “dar con ellos” pues no creo que su hallazgo, o su conversión en tales, haya sido un objetivo para Icaza). ¿Cuán útiles, literariamente hablando, fueron estas estrategias a desentrañar? ¿Mantuvo el autor control sobre estos recursos o, llegado el momento los despilfarró?

Para contestar esta pregunta, hemos de formular otra que tal vez parezca necia: ¿Quién narra la historia de “El chulla?” ¿Quién más va a ser? Dirán algunos: JI.

Lo refuto con una simpleza: el Narrador. En el caso de “El chulla…” de Icaza, se trata de ese sujeto medianamente omnisciente que bien puede pasar por su alter ego, a quien le encanta contar esa historia del casi blanco, del casi cholo, y que parece aventajarlo en conocimientos y en desenvoltura al recorrer los vericuetos de esa realidad paralela donde se dan las peripecias del chulla, y a quien JI vive corrigiendo cada vez que sus conclusiones y opiniones no son de su alcance.

Digamos que Icaza, en vista de que no está entre sus planes dar con LRs, prefiere en general guiarnos sistemáticamente por el mundo que ha construido, basado en el Quito real de los 40-50. Pero puesto que el narrador tiene, por así decirlo, sus designios, entonces vemos que esta dupleta autor-narrador no es muy diáfana, entre sí se excluyen, o no resulta comunicativamente muy eficaz ni idealmente verosímil, de modo que podemos percibir en innumerables ocasiones que el autor mete candela en escenas y situaciones en las que el narrador parece un poco “quedado”; así como hay ocasiones, también, en que el narrador se le adelanta al autor, lo soslaya (o será que este prefiere mantener su perfil bajo) y de manera muy perspicua lo imita asombrosamente en tono y estilo.

Esta afirmación no es antojadiza. El narrador aparece a ratos desautorizado por una voz surgida inopinadamente envuelta en un paréntesis, o en una digresión entre guiones donde el autor de manera expresa y, a ratos, desacomedida corrige, enmienda o mejora los apuntes de su socio narrativo:

“A la noche de ese mismo día, luego de conseguir dinero vendiendo, a precio de remate lo que le dio Rosario, y después de rumiar una serie de proyectos de inusitada seriedad…
(Ni autor ni narrador hablan de esos proyectos, sólo de la emoción o pasión fallida que los recubre, entonces se da la interrupción mediante altisonancia entre guiones:)
-¿rebuscas de ingenio y de aventuras al por mayor?, poquísimo para sus próximas necesidades de padres de familia; ¿trabajo manual de indio o cholo? imposible, ¿empleo público?, tal vez-, Luis Alfonso se informó –en una tropa de chullas que mataba las horas pescando desde la esquina más concurrida de la plaza del Teatro Sucre la oportunidad de seguir a una mujer fácil o de enredarse en una borrachera imprevista y sin costo alguno- de la vacante de un empleo en un ministerio.

¿Qué consigue JI con estas inserciones, con estas interrupciones? Lamentablemente, infectar la fantasía de la historia con gérmenes de realidad innecesarios, y al hacerlo conspira y pierde la posibilidad de crear ese ejército de excursionistas de segundas y terceras lecturas que tan caros le son a la historia de los libros… Porque si algo debe quedar claro en este asunto de los LR, es que la primera lectura, o los crea o los inhibe para siempre. Ese pleito a perpetuidad que hallamos en la personalidad de “El chulla…”, donde unas ocasiones se superpone la voz de Domitila, su madre, y otras la de “Majestad y Pobreza”, su padre, y que constituye el componente fantástico más elocuente de la novela, sólo se compara a esa sutil dicotomía que se da entre el autor y el narrador –segunda fantasía- que es lo que permite la incubación y desarrollo de su buen gremio de exploradores confesos.