Lectura pendiente IX

Rrrojo

El color es el tacto del ojo, la música de los sordos, una palabra en la oscuridad.

“Ahora estoy muerto, soy un cadáver en el fondo de un pozo. Hace mucho que exhalé mi último suspiro y que mi corazón se detuvo pero, exceptuando el miserable de mi asesino, nadie sabe lo que me ha ocurrido…

“Me llamo rojo” es una novela policíaca del Nobel turco Orhan Pamuk.

¿Así de simple?

Sí, y no: a veces exagero, pues lo cierto es que en su realidad ficcional nos aguardan y enredan otras historias con sus respectivas sorpresas. “Me llamo rojo” trata —por ejemplo—  de Estambul en el siglo XVII… Una gran crisis se cierne sobre el  hermoso, tradicional e imperturbable estilo musulmán de ilustrar, pues sus ilustradores se han visto de pronto arrinconados, asediados, conminados a rendirse ante el arte de los cristianos infieles al otro lado del Adriático. (Estos infieles han creado un software endemoniado llamado PERSPECTIVA que te permite reproducir la realidad tridimensional de la vida cotidiana en los confines de un lienzo o de una tabla, en abierta y maldita sublevación contra la forma que tiene el Hacedor de ver su creación.)

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Obra de Giorgione, albores del siglo XVI

Trata, por lo tanto, del pecado de ilustrar. Sí —contario a lo que ordena el Corán respecto al hacerse de imágenes—, los ilustradores encuentran siempre resquicios en la ley para concebir sus dibujos sin caer en pecado, pero qué tentador es ilustrar al estilo de los infieles… ¡Que se pudran en la Gehena!

Trata de la comunicación entre los seres humanos. Y trata, por ejemplo, de nuestras curiosas teorías sobre la información; esa que dice, por ejemplo, que más importante que el contenido del mensaje es el medio: Ester (el medio) es una buhonera judía que vive en Estambul, viste de tonos rosa porque así lo impone la ley a las personas de su raza, es dicharachera y analfabeta, ¡es la alcahueta de la ciudad!,  y por su manos pasan la mayor parte de los mensajes que unen o desunen a los amantes, que permiten los arreglos matrimoniales de su sector, así como la sórdida pasión que envuelve a ciertos enamorados y otras estulticias de rigor.

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“Dos amantes” por Reza Abbasi, 1630, Isfahan

Trata de libros y de bibliotecas, de sus ilustradores y calígrafos, de sus remotas y venerables escuelas, de los rituales de preparación del papel por capas traído desde la India, de la afamada tinta china, de los pinceles de pelo de gato (de ser posible de la zona  de las orejas, por favor), o del remoto  y ya perpetuo ideal chino de la belleza con sus mujeres de bocas pequeñas y ojos rasgados como estética de lo femenino;  y después la impronta caligráfica, más todo el respaldo cultural (tan estimulante como represivo) que supone cada trazo, la exigencia de la composición y sus componentes, sujetos y objetos de cada escena, los colores adecuados, la mezcla precisa de pan de oro o de plata…

Trata del amor. Profusamente ilustrado por artistas de todas las eras, con repetidas e infatigables  versiones  de enamorados seducidos tan sólo por el retrato de quien sería su amado.

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El legendario amor entre Cosroes y Shirin, según Nezamí, el poeta. Ilustración del siglo XVI

Trata del estilo. Es que, ¿hay un estilo? Nos tropezamos a cada instante con evocaciones de la escuela de Herat, con el omnipresente maestro Behzat, con las ilustraciones del Libro de los Reyes de Firdusi, y extensas digresiones sobre lo que los grandes maestros consideran que es el estilo, si sirve de algo este, o si realmente existe.

Y trata también de la ceguera, como una suerte de estado de éxtasis divino que no termina con la vida artística del Ilustrador, pues este goza ahora de una visión interior que le permite a su memoria dibujar apelando a todos los recursos del recuerdo.

Pero volviendo a la trama, el libro está estructurado en base de textos en primera persona de algunos protagonistas, pero también de animales, árboles, y colores. En “Estoy muerto”, título del primer capítulo, el hombre asesinado declara:

“Quizá ya se hayan acostumbrado a mi ausencia, ¡qué espanto! Porque cuando uno está aquí tiene la impresión que la vida que ha dejado atrás sigue adelante como solía. Antes de que naciera había a  mis espaldas un tiempo infinito. Y ahora, después de muerto, ¡un tiempo inagotable! No pensaba en eso mientras vivía; vivía rodeado de luz entre dos tiempos oscuros.”

Sin dramáticas diferencias con respecto del pensamiento judeo—cristiano de Occidente, aquí se plantea con toda claridad lo que es la muerte en el espíritu musulmán. El segundo capítulo, escrito igualmente en primera persona “Me llamo Negro”, no trata del asesino sino del sobrino del señor Tío, padre de la bella y deseable Sekure, entre quienes se dará el componente amoroso de la novela. El tercer capítulo se titula “Yo, el perro”, también en primera persona (¿qué creían?) que nos introduce en la motivación general de toda la obra: las ilustraciones y sus ilustradores. De hecho el “muerto” era un ilustrador, como lo es el Tío, como aspira a serlo el señor Negro, y como lo son sus tres ayudantes, signados con los simpáticos pero confusos sobrenombres de Mariposa, Cigüeña y Aceituna. Me permito adelantarles, como primicia, que uno de estos es el asesino que, por supuesto, narra también lo suyo, que siempre vuelve a la escena del crimen y que siempre justifica sus motivos.

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Ilustración de las 1001 noches

Recién al cuarto capítulo “Me llamarán asesino” el Nobel turco se apiada en algo de nuestra curiosidad y nos preguntamos si realmente queda satisfecha… ¡Para nada! Habrá que esperar 54 capítulos más para saber cuál de los ilustradores fue el asesino y por qué. Se trata de capítulos cortos que intensamente van urdiendo la trama sobre otras tramas: las familias, las costumbres, los fanáticos religiosos, las guerras lejanas e inmisericordes y la legendaria topografía de Estambul con sus lugares, ya famosos desde la era romana…

¿Es “Me llamo rojo” una novela inolvidable?

Depende. En realidad jamás olvidaré lo que me costó leerla: a medida que progresaba en la trama del asesinato y la identidad del asesino, matizado emotivamente por los amores de señor Negro hacia Sekure, y al amparo de la dudosa lealtad de Ester, la judía,  me fui enterando que el poderoso e inaccesible Sultán Otomano, Escudo del Mundo, era un ser caprichoso y temible sí, pero tan novelero que ordena la confección de un libro a su medida, lleno de ilustraciones algo más liberales, tal vez no tan próximas a los cánones más estimados y sagrados provenientes de la China, de la antigua Persia o de la India, sino más cercanas al estilo de los cristianos infieles de Venecia.

La interrupción de tan libresco encargo, ocasionado por el asesinato del ilustrador del capítulo primero, y luego por el asesinato de “vuestro Tío”, quien era dueño —por así decirlo— del contrato por la confección del libro, lleva a la realización de pesquisas para descubrir al asesino. Y aquí me doy contra mis recuerdos de otras lecturas: ¿no estaré leyendo la versión turca de ciertos pasajes de “El nombre de la Rosa” donde toda la trama gira alrededor de escribas, ilustradores, miniaturistas y una enigmática biblioteca? Tentado me siento a echar mano de tales parecidos; ¡pero no! ¡Que lo hagan otros!

Para dejarlos con la pica dedico este último párrafo al color rojo. Arriba, recuerden,  está referida la estructura en capítulos de esta novela, donde todos hablan en primera persona: hombres, mujeres, animales, árboles, ¡hasta el dinero!; pues también un color, el rojo, cuenta con su capítulo propio (el 31), que es el que da nombre a la novela. El color rojo se nos presenta un tanto presuntuoso, y debe ser por la enorme importancia que tuvo en la antigüedad el procedimiento seguido para su obtención. En ciertas culturas el proceso técnico que llevaba a su obtención alcanzaba ribetes de secreto de estado, así que no debería extrañarnos que el color rojo comience presumiendo de haber estado en el tejido del caftán del poeta Firdusi cuando recitó una rima complicadísima frente a los poetas del Sha Mahmut, y que estaba también en la aljaba de Rüstem, el héroe del Libro de los Reyes  y, naturalmente, en la sangre del gigante cuando fue partido en dos por su espada maravillosa, así como en la sangre que brotaba a raudales de la nariz de Alejandro, o en el vestido de la amante del Behram Gur, el sasánida, en las banderas de los ejércitos que sitiaban fortalezas, en los manteles de banquetes, en la decoración de las paredes, en las camisas de bellas mujeres de cuello de cisne, en la cresta de los gallos de pelea, en la boca del Diablo. Al color rojo le fascina ser aplicado como sangre en las escenas de batallas, en las copas de vino, en las alas de los ángeles, en los labios de las mujeres… Y una vez que abráis el libro, resonarán las petulancias del color rojo cuando dice: “¡Qué feliz me siento de ser el rojo! Soy fogoso y fuerte; sé que llamo la atención y que no podéis resistiros a mí.”

¡Prueba con el libro!

TiroParto

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Lectura Pendiente V

istar

13 años ya de Istar

Estos versos de Liset  Lantigua me parecen esculpidos o tallados, o moldeados, sobre la materia primigenia del mito y de la vida, como si fueran una sola cosa… ¿Será que tuve otras vidas que estos versos me suenan, me son tan familiares, y me parecen naturales testimonios de primera fuente, que de a poco me cercan y se aproximan contundentes e ineludibles?

¡Ah, las citas! Para probaros que es cierto ¿no?:

Si han de marchitarse las montañas de olivos,

las llaves de los golfos del Sur,

su poca tierra,   (el subrayado es mío)

si va a imponerse el vino de la piel esteparia

que nos volvía duros

en los días de muerte,

si van a ennegrecernos los tendones

de estos puentes en calma,

dinos al menos cuándo tenemos que saltar

y sobre qué zapatos o qué llagas,

dinos al menos beban

cuando la herida fluya como un vino

sucedáneo,

a deshora

Más adelante hay otros versos que dicen:

Dinos al menos suerte

cuando no sepas nada,

cuando emigres del lienzo a la  caricia

y nos recuerdes rotos,

trocados por el sumo de la fe desterrada   (el subrayado es mío)

(De “Oración”).

Al comienzo de mi lectura de Istar, la diosa de la estrella de 8 puntas, la diosa alada, los versos fueron emergiendo al amparo de la ley de la lectura impresa, de 1 en adelante, de izquierda a derecha, y de arriba a abajo. Doy con un verso subrayado que dice:

… oscurecido por el follaje que apuntala las nubes

El verso es visible, veo las imágenes, me transmite el deber y la audacia del apuntalamiento. El verso pertenece a la introducción del conjunto “SUEÑO”. Los versos hablan de Nínive

Otra vez esto de volar

sobre el rostro violento del animal que acecha.

Otra vez esto de verlo arrepentirse,

de endilgarle a la vida la queja que lo oprime

porque Nínive pasta sobre su cuerpo manso,

no se cansa de ahondarlo con sus plantas

en el sitio de pecho

oscurecido por el follaje que apuntala las nubes

donde el prisma del día es un anuncio vago.

El entusiasmo que despierta en mí estas frases proviene de mi sospecha de que la que declama es la misma Istar. Como Machado, que anda muchos caminos, que abre muchas veredas, que navega en cien mares y atraca en cien riberas, prosigue Istar renuente a ser abreviada o resumida (corro el riesgo de provocar su ira, pero si no tendría que reproducir íntegro el poemario):

He visto a la gente partir hacia las frondas en barcas

diminutas,

cobijarse en la sed con la humedad del limo

y repartir cortezas a los locos que pintan el aire…

(de “He visto a la gente”)

Se prodiga Istar en traducirnos el “fondo” basándose en las evidencias de la forma, en los veneros de luz, de la creación, en la factible inversión de los tiempos que incide en la negación de la noche, dique de la implacable tarea que se arroga el mar:

La forma es sólo el gesto que aprehendimos

desde la luz primera,

el impacto del haz en nuestro grito.

En la incomodidad de no tener un nombre

un rostro nos alivia.

Como quien va a viajar sin compañía

y espera en el arribo

que un animal fantasmal lo trastoque

con el humo del puerto,

en un atardecer inverso que va al día,

que renuncia a la noche y sus augurios

de tempestad cerrada.

Pero sin otra noche el mar se nos encima,

nos baña las paredes,

nos golpea

con la misma humedad con que acaricia

la espuma de su borde,

con el mismo impudor con que arrebata

los hilos de una novia,

con el duro verdor con que revela

que la cumbre es el fondo…  (De “Fondo”)

No faltan jamás las atareadas vecinas de Istar, tan sufrientes, tan heridas, tan cercadas por fatalidades

La del  ijar de luna y de ceniza…

se envuelve sobre el filo dormido de su cuerpo

y danza…

sin los hijos…

Tenías razón, Demócrito:

No se debe morir luchando por Patria ajena…

(de “Mujer de Abdera”)

O:

… Que una mujer ande así como si nada

Da mucho que pensar…

Da mucho que decir que su corazón ande aún…

(de “Cuando dejó la casa nueva”)

…Nadie llegó ni dijo qué ha pasado,

ni dejó los pendones y las hachas

ni preguntó quién es…

Nadie dijo que al Sur están las minas de oro

y de diamante,

ni le mostró las manos o la herida

de cuando un viento le cortó la voz.

La cabaña es azul y queda lejos.

Ella bebe en su jarra de miel,

abre los ojos,

en el sueño las luces se apagaron…

Ni un solo hombre vino a despertarla.  (De “Una jarra de miel”)

Y ahora entremos al segmento “ORÁCULO”. Esta sección de Istar está preñada de sonetos. De pronto emerge la rima con sus ritmos, su métrica solvente e insaciable nos ciñe y seduce. Abre con el Oráculo de la caída ninivita:

 

Nahum cierra el oráculo sagrado

y la sangre desciende hacia su centro.

Los heridos de espaldas, bien adentro,

vuelven al rostro el suelo mancillado

… Nínive se abre sórdida, humedece,

hace más blanco el muslo de la noche,

y regresa al placer con su fantasma

Pero este otro soneto me deja sin palabras:

 

Antes que el aire rompa su abolengo,

señora con sombrero y piel de encaje,

deberá oscurecer un poco el traje

sobre el pecho vencido de Marengo.

No ve, señora, el aire llega rengo,

llega por tierra, solo, sin ropaje,

como quien ha perdido su equipaje

y vuelve por la vida de otro sueño.

Señora, si ha llorado, si la brisa

le recuerda la estatua envenenada

por las raíces crudas, desolada,

en medio de dos bancos de ceniza.

Bese el nombre y la frente y la sonrisa.

Vuélvalo a enamorar como si nada.

(De Marengo, 1800 —Frente a la estatua de un soldado—.)

Este lector se da por colmado… Pero aun hay más:

 

Este es un bosque ralo junto a un río que sube,

pocas aves y un punto donde la sal convoca

cientos de mariposas bajo la misma nube,

con el mismo color, sobre la misma roca.

Es un bosque más bosque a medida que sube

el río desde el tallo que la tierra coloca.

Donde nunca hubo un tallo recostado ni tuve

otra zanja más zanja sin agua que mi boca.

Es un cielo de paja que arborece de pena,

sobre un borde de helechos que la noche inaugura

contra un claro de polvo que no está, ni se apura

a nacer, y estremece al final de su vena.

Me canta un canto triste la corriente insegura.

Sobre el techo de la luna es más ajena. (De “Agreste”)

Nada he dicho  de la sección “Vida” ni de los poemas de la sección “Adiós”. Pero quedo en deuda con ustedes. ¡Penitenciágete!

Pero recuerden: en cuanto a las deudas que se asumen con los libros, estas sólo merman con su relectura… Pero, como también se dan indultos, provocados estos por vuestras lecturas, quedo en espera.

 

Algunos versos, y apuntes al margen:

“No vayan a  la vida sin las manos repletas/ sin la empalmada siesta de retazos silvestres”

 

La risa tiene poderes; vuelve el tema de apuntalar:

“Su risa vuela en vilo sobre nuestros contenes, /

apuntala la sombra del balcón perfumado “

 

“Y la historia es muy larga y hay páginas perdidas”

 

Inversiones del tiempo, de la gravedad, del espacio físico:

“La arena se levanta como una lluvia inversa”

“En su falda los sustos parecían helechos”

 

El libro “Mi amada Istar” fue editado y publicado por la Casa de la Cultura en 2004. Su autora aún tiene varios ejemplares de su magnífica obra.

Lectura Pendiente IV

carne-de-circo

De la poesía de Rodríguez Diez, expresada en este poemario breve y revelador, me atrae singularmente “Hombre Hojalata”.

El título de este poema  me llevó a la evocación del Hombre de Lata… El del Mago de Oz, porque podría tratarse también del otro Tin man, el de D. Hammett, pero no.  Sin embargo, este poema es “Hombre Hojalata” así, a secas:

Punzadas de fatiga desandan mi cuerpo

el orden anterior que contradice

               chatarra que soy

               y en la que a golpes me transformo

 

Prefiero quedarme en casa a descifrar las horas

en estancias hundido

               máquina de ceniza

urdimbre de remaches que se levanta

contra su creador

 

La realidad ajusta los artilugios del deseo

arranca trozos de amorosa porcelana

 

Oscila esta ausencia que nada sabe del mundo

y amanece

 

Si supieras del letargo entre ruidos

de las raspaduras del odio

y su corrupción voraz

 

Pero algo tibio regresa como animal entre mis vísceras

la invocación de lo amado

sobre la antigua piel

 

¿Quién es aquel que ha urdido este poema que me alude, que me hace confidencias, que apela a tropos que antagonizan desde el seno de sus versos? ¿No dice acaso que “Arranca trozos de amorosa porcelana”?

El autor se llama César Rodriguez Diez, mexicano (veracruzano), n. 1967; estuvo en Guayaquil el mes pasado, a propósito del encuentro internacional de poesia “Ileana Espinel”. Su libro, un libro con sus extrañezas (nunca hay impresiones en las caras pares ni en el envés de la página impresa), y que se titula “Carne de circo”.

De él vamos a replicar otro poema y os hablaré luego de mis conmociones.

 

Ilusionista

                                               Dios dibuja una caricia en el espejo

                                               los que observan mi ilusión abren los ojos

 

                                               Amanezco intacto después de atravesar la noche

                                               la piel henchida desdice fibras de mi carne

 

                                               Desmayo en lo distinto

                                               revés del sueño

                                               asoma y arrebata el cuerpo que desconoce

                                               sin rostro

                                               ni saber más del mundo

 

                                               El tedio pega de frente

                                               toda ensoñación aloja entre rendijas su carencia

                                               artificial profecía de penumbra

                                               inmóvil fachada de vigilia

 

                                               La luz renace

 

Sobre la cama sin tender dejo mi noche

 

Percibo dos lugares, dos expectativas: el del que protagoniza y el de los que expectan. Por un lado Dios, en persona, que dibuja una caricia en el espejo, y aquellos que observan la ilusión ajena, muy atentos… Él, el de los versos vuelve con sus confidencias, y yo con mis inferencias: Amanezco intacto –me cuenta- después de atravesar la noche, la piel henchida desdice fibras de su carne… ¡Carajo, qué duras son las ilusiones!  Luego continúa: “desmayo en lo distinto”. Normal, pienso yo. “El tedio pega de frente” insiste. Porque “toda ensoñación aloja entre rendijas su carencia”. “Artificial profecía de penumbra/ inmóvil fachada de vigilia/ La luz renace (¡!!!) Por eso: “sobre la cama sin tender dejo mi noche”.

La ilusión tiene su lógica, es mi conclusión.

Quiero, para concluir, volver al libro físico. Hecho a mano, la edición 32/50 es la que obtuve de  manos de César Rodríguez. Mi Cielo ediciones, octubre de 2016, Ciudad de México, Edición única e irrepetible.

Gracias César.