El Patrimonio amenazado

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Iglesia de Palmar, acuarela sobre Arches, 46 x 61

Cuando en 2008 se declaró en emergencia el Patrimonio Nacional, me encantó trabajar en el inventario del patrimonio arquitectónico de la costa.

El sueño —porque había un sueño— se establecería entre el propietario y su inmueble, con la inversión del Ministerio de Patrimonio que especificaba, eso sí, no cambiar la naturaleza del uso del inmueble. ¿Nombre del sueño?: “Socio Patrimonio”.

No sé por dónde andará ese sueño, pero el inventario está y el siguiente paso debería ser armar los expedientes…  de los de más de 1000 bienes inventariados, previo a su declaratoria…

No creo que eso se vaya a dar, a menos que encontremos diamantes, plutonio o  estroncio 90. El casi es que nosotros nos hemos comportado como el sismo de este Patrimonio.

Por entonces, la fragilidad del Patrimonio nos acorralaba a los equipos que, mapa en mano, íbamos de poblado en poblado armando las fotos, la ubicación satelital y la descripción estilística, formal, estructural del objeto arquitectónico en cuestión… Una tarde, en el cantón Playas, levantamos una casa encantadora. Toda ella pintada en blanco, tan cuidada, sus molduras, fustes de columnas… Tan linda.

Nos despedimos de la casa para dedicarle toda la mañana del día siguiente, pero la casa no amaneció. Esa noche se quemó. No tomamos fotos y del testimonio de su entereza estilística, recuerdo que apenas examinamos los palos que se salvaron… Eran de colorado. Una viga rota mostraba su corazón rojo, inmaculado, como si lo hubiesen aserrado la semana anterior.

Por otros lares, en Vinces, en su frontera agrícola, encontramos una casa hacienda de unos 80 años, tal vez más a juzgar por los materiales empleados en su galería. De esta suerte de corredor externo  (porque desde él se accedía al salón, a los cuartos y hasta a la azotea) lo que me pareció  más asombroso fue su tumbado; cuando nos aprestamos a medir sus tablas descubrimos con estupor que eran de unos 60 cms.  de ancho, y su longitud ¡de unos 15 metros! ¿Qué clase de bosques, nos preguntamos, podía ofrecer tablas tan anchas y que labradas tuvieran semejante longitud?

La casa ostentaba otras virtudes.  A cuatro aguas, sus aleros eran de 2 metros o más; sus escaleras, muy interesantes en su concepto, albergaban cientos de murciélagos, fenómeno común en toda la costa. ¡Y la mesa era la sección de un árbol, era una sola pieza de madera como de 2.5 metros de diámetro!

Como siempre ando “acuareleando”, fruto colateral de ese inventario fue una muestra que presenté por 3 ocasiones (una en el Museo Municipal del puerto, otra en la Facultad de Arquitectura de la Católica y otra en el INPC de Guayaquil)  y que únicamente fue apreciada por los panas que formamos parte de aquel grupo del inventario patrimonial, por el decano de la facultad y por el director del INPC. El título de la muestra me encantaba: “A dos aguas”.

Cómo omitir el caso de la iglesia de Palmar. Tomé registro, allá por 2009 —creo—; era una tarde de domingo y la gente esperaba a sus alrededores para entrar a misa de seis, mientras el sol brillaba todavía con furia dominguera. Volví a Palmar en 2014, cuando estuve a cargo de la Dirección de Destinos del Ministerio de Turismo y, vaya sorpresa: en el ínterin el templo había sido abandonado y las autoridades del pueblo (alguien debió pensarlo así, incluyendo al párroco), en lugar de organizar una buena intervención en su arquitectura sobria y elegante, les pareció más lindo hacer otra iglesia con pinta de templo Mormón, y al frente de la original como para hostigarla por vieja y anticuada, y esperar ahora sí que el tiempo, las desgracias, y los elementos naturales se encargasen de sepultarla en el olvido y en el suelo.

No pinté la iglesia en aquella muestra, pero pinté una especie de astillero playero donde, por un gigantesco foramen en su quilla, se remendaban las cuadernas de un pesquero. Se trata de una de mis mejores acuarelas de todos los tiempos. Hostigado por el templo católico—mormón del poblado fui a la playa y allí seguía impávido el barquito aquel, con el mismo foramen, con los andamios de los carpinteros, rotos y destartalados; la nave, con su esperanza de lastre, mantenía la proa al sol sin jarcias ni carena.

De llorar. Ecuatorianos y sus ecuatorianismos.

Astillero

Y ahora nos sobreviene la desgracia más desgraciada, inmisericorde y maldita, y que nos caga la suerte. Por ahí leí del optimismo de Pablo Salgado por volver a levantar la iglesia de Calceta… De acuerdo. Pero si una vez fue intervenida… ¿Por qué, pues, se ha vuelto a caer? Como se habrán caído otros tesoros patrimoniales en Ancón, Bahía de Caráquez y quién sabe cuántos más, y en lugares de cuyos nombres ni siquiera estábamos enterados.

Creo que si no nos encargamos de la salud del patrimonio arquitectónico  en mejores épocas esta es, a  todas luces, la menos indicada, a menos que se trate de símbolos edilicios que sicológicamente reconforten a los vapuleados ciudadanos de Manabí, Esmeraldas o Los Ríos, y pongamos un billete allí y nada más que allí: en esos edificios atesorados por su significado conmovedor.

Así que, según mi modesto parecer, lo único que nos que queda es rescatar a la gente que sabía construir ese tipo de edificaciones, antes que desaparezcan de la memoria y de su suelo.

En Zapotal
Casa en Zapotal. Acuarela sobre Strahmore de 300, 30 x 45

 

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