Mapas humanos

Impresiones personales de esta lectura:
atlas de geografía humana
Con los años también se va perdiendo la disciplina de leer. Mis libros de antes tan garrapateados, con marcador, con lápiz, con anotaciones vanidosas y/o prácticas, varias veces leídos, remendados, sucios… Los de ahora quedan tan nuevos que hasta puedo regalarlos si no merecen mi atención… Y así, en estas indisciplinadas circunstancias, irrumpe Almudena en mi vida con su Atlas de Geografía Humana. No quedó tan impecable el libro así que ni se hagan ilusiones con que se los pueda obsequiar; y como ando perdido de las Memorias de Adriano, del Halcón Maltés, del Libro de los amores ridículos, de Gambito de caballo, y de otros volúmenes que me acompañarán en mi propio fin del mundo, ni crean que se los voy a prestar.
Para consolarlos puedo referiros mi aventura con este Atlas.
Cada día que me enfrentaba con el texto de Almudena me preguntaba en qué iba a terminar (o en qué me iría a quedar) después de las 5 a 7 páginas que avanzaba por día. Me desquitaba de tanta roñosería de letras los fines de semana cuando triplicaba la cuota. En esa puja se dio mi primer encuentro deslumbrador con el texto: hay en sus páginas un suspense de una clase mucho más “incorporante” que el que padeces cuando te involucras en un policíaco, por ejemplo. Por esta causa muchas veces renegué de mi falta de disciplina lectora que se reflejaba en no anotar con un lápiz, y en la página asignada por el separador, con quién andaba yo, si con Fran, con Rosa o con Marisa. ¿Cuál va? ¿Se trataba de la tipa buenísima, la que hacía pollas para los exámenes en sus muslos fabulosos, o la gaga, o la “roja” (la del sicoanálisis tardío), o la que se fue a Suiza y se lió con el fotógrafo, o la otra que tenía un alter ego de lo más entrador y que un día se levantó a Foro, el de los zapatos deschavetados? Nunca recordaba cuál de ellas era la de turno hasta que Almudena, tan estratégicamente oportuna a lo largo de todo el libro, cuando ya estaba por regresar páginas atrás, colocaba un diálogo exacto, inteligente, inocuo, natural, que me salvaba de volver pa´ atrás a releerlo todo nuevamente. Confieso que hube de hacerlo un par de veces cuando, por cuestiones de trabajo me había ausentado más de una semana de casa, y perdía el hilo de la historia; pero cada vez me encantó abordar de nuevo la historia de una de las madres de estas cuatro mujeres (Fran, Rosa, Ana y Marisa), mujer guapísima, y de cómo se la levantó su marido en esa era dura del franquismo de post guerra, cuando España era un país que no sabía ni cómo desvestirse ni cuál era su “torpe aliño indumentario”.
Todos esos años están magníficamente levantados en el Atlas, como si estuvieran incorporados a un mapa de escala cambiante, de colores significativos, de referencia claras, pero también de coordenadas de letra chiquita; a sus paisajes -urbanos en mayoría- los divisas a lo lejos con sus barrios, calles y aceras, o si no los recorres en pleno azote modernizante; también puede ser que te coloques medio siglo atrás y los vislumbras recién emergidos de la guerra civil, te trasladas a través de la orografía física y política de los períodos, de las “tendencias” dirán ahora, y puede percibirse con absoluta claridad la evolución de todas las modas, las de la comer, las de leer, las de pensar, las del atuendo, las del estudio y las de criar a los hijos, o las de lidiar con los maridos. Miren que se trata de un texto donde los hombres no están ausentes; están muy presentes y jodiendo la vida, unos mejores que otros, pero en general quedan mal parados, debido a la cuantiosa torpeza que los adorna. Y estas mujeres, llenas de instrucciones que abruman y que apenas las distrae de sus otras responsabilidades (laborales, emocionales, sexuales), cargan con el deber de definir los límites de esta geografía desnaturalizada que deben reconocer y sortear, agotados como están los esfuerzos para cambios más radicales:
“…Lo siento mucho, pero no te preocupes, ya lo he arreglado todo…
“Paulina ya está avisada –cerré la puerta antes de seguir enumerando los resultados positivos que habían arrojado media docena de llamadas telefónicas-. Le he dicho que prepare un arroz blanco mal puesto para comer mañana y que no la deje tomar nada más, excepto un yogur de postre, si quiere. Tengo la impresión de que es algo intestinal, no lo sé, he llamado al pediatra y me ha dicho que a él, desde luego, no le extrañaría nada. Mi hermana Natalia vendrá a las ocho y media, antes de irse a la facultad, y se puede quedar aquí una hora, Paulina me ha dicho que no la importa llegar a las nueve y media, y que si puede, aparecerá incluso antes. Tú te levantas, vistes a Ignacio, te lo llevas al colegio y ya está…”
Con este Atlas he reencontrado, a los tiempos, la frase larga y envolvente, cotidiana y seductora, que literalmente no te deja respirar hasta que emerges en el vado de una puntuación salvadora, y que te hace reír cuando reparas en la contundencia de la metáfora encargada de aliviarte el entendimiento:
“… descubrí que Barcelona es, en primer lugar, una ciudad bastante pequeña, y además muy bonita, preciosa, pero con cierto aire de joyero de dama noble venida a menos, una conciencia de sí misma tan exageradamente alerta del menor daño que pueda traer consigo el paso del tiempo, que barniza el ajetreo de la vida cotidiana con un afán de solemnidad más cercano a la precariedad de cualquier recinto monumental de provincias que a la soberbia de las grandes ciudades de verdad, complicadas maquetas a escala del propio mundo donde el futuro tiene tanta prisa que nunca sobra tiempo para mirarse el ombligo, y es tan cierto que no tiene ningún sentido intentar amarrarlo con el garfio de las obras públicas.”
Sería encantador que los folletos de turismo se expresaran de modo parecido cuando hablan de nuestras ciudades como fenomenales destinos turísticos, imposibles de resistir.
Como uno de mis afanes en estas reflexiones es trasladarles el encanto con el que fui encantado al leer esta novela, cito este párrafo como ejemplo del método implacable con el que las mujeres de este Atlas viven haciendo de tripas corazón:
“Yo nunca he tenido éxito con los hombres, esa es la verdad. Pero también es verdad, y de eso estoy segura, que aquella vez tuve éxito, porque muy pocos hombres son capaces de hablar, de acariciar, de querer a alguien, como Forito me quiso a mí mientras me convertía en la suprema emperatriz del universo, una protagonista de novela, una estrella de película, un personaje soñado en tantos fines de semana consumidos a solas, a base de novelas y de películas. Y a lo mejor, si hubiera sido un hombre apasionante, guapo, inteligente, prestigioso, capaz de follar tres veces en cuatro horas, esa sabia manera de llamarme chata, cielo, corazón, su tembloroso culto de una ternura antigua, una ejecución tan virtuosa de la desfasada partitura del caballero español, quizás habrían estado de más, pero yo nunca me he acostado con hombres apasionantes, y a estas alturas de la vida sé ya que nunca lo haré. El problema es que me sobran razones para sospechar que no volveré a encontrar a un hombre como Forito. Y que a pesar de todo, por mucho que abomine de mí misma cada vez que lo pienso, por muy miserable que me sienta, por mucha vergüenza que me dé reconocerlo, Forito sigue siendo un problema para mí.”
La novela está jalonada en 16 capítulos; como se trata de 4 protagonistas mujeres seguro que la estructura es de 4 capítulos per cápita (no me he detenido a comprobarlo, pero cuando se reseña también hay que arriesgar). A medida que leía y que las páginas que me restaban iban languideciendo, y dado que la vida sigue y sigue hasta en las novelas, me preguntaba cómo iba a lidiar Almudena con el fin final.
Respondo: pues como en todo Atlas, con apéndices, anexos, o como reza textualmente: con “Índices y Mapas”.
“Atlas de Geografía Humana”, de Almudena Grandes, forma parte de la colección “Fábulas” de Tusquets, editores, y me costó 5 dólares en la Fil Guayaquil 2012.

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