EL COPULADOR CASERO (fragmento), por Fernando Naranjo

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Cuando la chica de la Tierra entró de nuevo al Kevlar estaba preocupada y confundida; cuando salió de la base reventaba de la furia; cuando llegamos a nuestra base estaba avergonzada.
En el despacho fingió estar enojada y esa fue la impresión que le quedó al Régulo Ambartsumian cuando lo dejó hablando solo en medio del despacho.  El régulo habría podido desplegar las ventanas de conducta con las que, por precaución, todos los residentes observan a los recién llegados, pero él tenía sus principios y manías y, por lo menos con la niña, se había negado sistemáticamente a dejarse llevar por los juicios apodícticos del escrutador de conductas. Así que no comprendió qué urgencia la llevaba tan pronto a refugiarse en el hogar que la CAL (Comisión de Asentamientos Lunares) emplazara para nosotros en el extremo sur de los farallones de Clavius y que —él sabía— no le generaba el menor consuelo. No quería ver a sus amigos. Toda su ansiedad era a causa de George y su madre pues, por lo que supo deducir del diálogo entre el régulo de las Colonias y el senescal de Tycho, Roger Plantagenet, todos en la Luna estaban en la pista de sus enigmáticas faenas en el polo sur… Debían ser advertidos, y para eso estaba ella.
Dos chicos de Tycho, Brett y Rosemunde, tienen a su cargo la garita de salida a la temible extensión del regolito lunar. Al joven apostado en el esfínter de acceso, antes de la antecámara de compresión, le correspondió la revisión final de la chica de la Tierra que, con su estatura modesta y novedosa estructura corporal ausente de ángulos, era para Brett la imagen más próxima a lo que debía ser una bruja salvaje, y con la que bien valdría la pena practicar todo tipo de exorcismos, preferiblemente de tipo sexual.
El chico la toqueteó con descaro, a pesar de los reclamos de la muchacha que, para contar con testigos —supongo— abrió su enlace radial.
—¡Pero, qué haces, bruto! Se puede saber ¿qué es lo que esperas descubrir, bobo hijo de la gran puta? —Bramó la chica de la Tierra, desafiante y reprimiendo sus ganas de golpearlo, mientras ajustaba su casco y daba la espalda a la pareja.
La chica Rosemunde se llevó las manos a la boca, como si hubiera sido ella quien enunciase tan ejemplar epíteto.
Brett, por su parte, cerró los puños, bufó nervioso,  y finalmente se quedó mudo cuando el esfínter de la antecámara se cerró. Era un muchacho vivo y algo caprichoso, según el parecer de los paternos de su comuna y, para su desgracia,  desmesurada e irreversiblemente alto. Tan alto que el gremio de caminantes de las colonias había decidido esperar unos tres años más, hasta que su período biológico de crecimiento decidiera parar de una vez por todas, y solo entonces diseñarle un traje adecuado a su insólita medida.
Supongo que no fue bien calculada su permanencia en los centrífugos como para moderar altura y malcriadez.  No podría clasificarlo como lerdo, pero la verdad es que la chica de la Tierra lo sorprendió con sus denuestos tan, pero tan desconocidos para sus lunáticos oídos. Así que puso cara de idiota, tartamudeó, trató en vano de desplegar las ventanas de prospección pero, para entonces y a través del panorámico de la garita, Alicia era ya una primorosa forma de aluminio rojo que, a pesar de su falta de destreza para moverse en la sexta parte de su gravedad de nacimiento, se las arreglaba muy bien para contonearse mientras avanzaba hacia los rieles del tren. En conclusión, ya no hubo más denuestos ni  pupilas que leer ni latidos que ponderar, pero ese dedo medio levantado contra Brett, vibrando furioso al extremo del brazo de la chica de la Tierra, le confirmaron que la bruja merecía un exorcismo inminente.
—¡Eres una aburrida! ¿Me escuchas, mamerta? ¡Eso es lo que eres! —Gritó el muchacho, a sabiendas de que su señal no tenía retorno—. ¡Bruja! ¡Eres el maldito engendro de un planeta muerto! ¡Bruja infeliz!

Cuando estuvo a mi alcance, Alicia miró sorprendida que el carro de mantenimiento de rieles estaba ocupado por cinco chicos… lunáticos, si nos atenemos a su espléndida nominación. Pensó, conforme lo relatara después, que la gente de la Luna había soltado a sus huestes más conspicuas y que, de pronto, había muchachos por todas partes. “Debe ser domingo”, pensó, y  con rapidez calibró qué significaba todo eso… Por sus gestos y actitudes supo que todos habían desplegado sus ventanas de prospección y que analizaban cuidadosamente sus reacciones.
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