NIEBLA DEL RIACHUELO (fragmento) por: Fernando Naranjo

Tiene título esta historia y, sobre todo, tiene sitio gracias al nombre de un tango que escuché mientras ejercía las de intruso entre la nación de los Coros de Troya, allá por el 502. Yo estaba en un bar y el intérprete del tango era un sujeto, más que serio compungido, que apareció tripulado, arreado, poseído por una guitarra evaliana —artesanía de Oneida, por más precisión—, y que respondía al agorero nombre de Tiresias. Con su cabellera semejante a lana de borrego cremosa y reluciente en la oscuridad, se encaramó sobre un banco alto, de respaldar corto, destinado sólo para él. Conforme afinaba el cordaje, el hombre fue desenvainando lentamente una cólera a prueba de aplausos que no arredró a la multitud. El público le llevaba el dúo y poco a poco le aceptaba su talante, lo dejaba estar con su cara hosca y ceñuda, esperanzado de que algo, o alguien, los años tal vez, moderara la violencia de su estilo. “Esa letra lo transforma” me confió el hombre del local.

—¿Y usted, le paga por cantar?—. Pregunté.

—¿Hombre, de dónde viene? Esos gastos corren por cuenta de los Coros de Troya.

—¿La guitarra importada también?

—Supongo…

El hombre del bar me dejó instalado con un tarro de cerveza evaliana entre los dedos de la diestra y volvió a su faena de pulir interminablemente el tablón de cedro, también evaliano, que a lo largo de unos seis metros, marcaba la frontera entre lo que se podía y lo que costaba. De este lado toda la gente, el cantor, los autómatas de servicio fregando y fregando pisos, con una rapidez y una exactitud tan milimétrica que jamás vi que rozaran un zapato; y del otro lado el misterio del pasillo y los interiores del mostrador con sus secretas y cajoncitos, por donde sólo transita el barman. Y a sus espaldas, en los nichos consentidos por las repisas de brebajes y licores, disputándose la atención de los indiferentes, un enorme espejo donde todos teníamos réplica, incluso el cantor; y el óleo de rigor donde una muchacha evaliana embutida en un kevlar de tules provocativos, aparece rodeada de cerdos y gallinas, como puede que suceda en el toro exterior de Evalith, que es el de las granjas.

Busqué a Tiresias al final de su espectáculo para escuchar su versión. “A la gente no le gusta recordar que este moridero de mundos jamás será su casa —explicó sereno—; y eso me parece muy malo. Ha sido tan duro sobrevivir entre los asteroides que no han tenido tiempo de odiarlos; entonces allí aparezco yo para agitar los viejos lemas cada vez que me entran ganas”.

—¿Lemas? —pregunté.

—Seguro. Algún día vamos a regresar a la Luna a pulverizarla. Recuerde que nosotros sí podemos matar. Tal vez aún no sepamos cómo hacerlo, pero todo se aprende.

El gentío que escuchara el tango, y que se sabía la letra del drama, terminó contagiado de su amargura. Para todos ellos se trataba de una tonada maldita que les recordaba una afrenta para la que no había ni paliativo ni desagravio posible, y que consistía en haber sido obligados a vivir, por dos siglos ya, en L4, el sector griego de los Asteroides Troyanos. ¿Culpable o culpables de ese destino? El Directorio de la Autoridad de los Mundos Solares, con sede en la Luna  terrestre, de donde yo procedía.

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