LA FERIA DEL SEÑOR DE LOS ESCRIBIDORES
Qué afortunados los guayaquileños, por dios: Jaime Rull dice y nadie lo contradide ni desvirtúa ni se da por aludido. Probablemente sea lo que este sujeto se merece: una total indiferencia. Pero como su compatriota nos recuerda el dicho (Serrat, Joan Manuel, en “El romance de Curro, el palmo”): “el que calla otorga”. Pues, entonces ¿cómo no le vamos a pedir aclaraciones a esta suerte de deidad literaria que descubre que sólo a partir de su labor es que “La gente debe darse cuenta de que la Expolibro inició el movimiento literario… ¡en el país!”? (Los signos de admiración son míos). Y yo que pensaba que eso de la vida literaria en este y en cualquier país del mundo era cuestión de arrechera por versificar, de pasión por los vericuetos del lenguaje para expresar cada vez bien y, si es posible mejor, una buena historia. Pero NO. Errado: total.
Tronco de Todopoderoso el que nos ampara cada julio de cada año. Gracias a su gestión cobran vida poetas, novelistas, cuenteros, lectoras, lectores, guionistas, dramaturgos, críticos, ensayistas, amén de las editoriales, sus correctores, ilustradores, diagramadores, incluya las imprentas, por favor, y a los que importan papel, anote a los gramáticos -¿por qué no?- y también a los que se limpian el c. con la gramática, que para todos está este formidable dios de las ferias.

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