LIDIANDO CON FAULKNER

HUMO, de “Gambito de caballo”

El placer de la relectura -como lo he sostenido otras ocasiones-, se da por obra y gracia del olvido.

Para los que no conocen este libro, todos los cuentos que lo componen tienen como protagonista a Gavin Stevens, fiscal de distrito, que a veces aparece como joven abogado, otras como solterón irredento y otras ya entrando en años. También aparece, como escolta perpetua su sobrino Chick Mallison. A veces este es quien narra la trama, en otras -precisamente en “Gambito de caballo“- el narrador lo usa como excusa para alejarse un poco del protagonista principal, el tío Gavin.

La narración transcurre siempre muy fluida, plena de circunvoluciones que afortunadamente no distraen la trama, pero realmente nunca me había dado cuenta plena de esta notable estrategia en la que el narrador omnisciente prefiere ver a su protagonista a través de los ojos de un segundón:

“… entraron y se detuvieron, sonrosados, jóvenes, delicados, vistiendo ropas costosas, ateridos por el frío de la noche de diciembre. El tío de Charles se levantó.
-Miss Harris, Mister Harris -dijo-. Pero como ya han entrado, no puedo invitarlos…
-Usted es Stevens -dijo el muchacho. No formuló una pregunta, sino que mencionó el hecho, simplemente.
-Correcto en parte -dijo su tío-. Pero dejemos eso…
Su tío había dado uno o dos pasos hacia ellos. Ahora se detuvo, en medio de la habitación…
… Comprendo -observó el tío… y luego el tío miró a la hermana…

Naturalmente estos extractos son incomprensible si no leemos el cuento en forma íntegra y corrida. Pero quiero dedicarme a HUMO; cuento narrado en primera persona por un sujeto que prefiere construir las oraciones en primera persona del plural, como si fuese el pensar unánime de un pueblo, del cual el narrador se ha erigido en representante:

“Anselm Holland llegó a jefferson hace muchos años. De dónde, nadie lo sabía. Pero era joven entonces, y un hombre de variados recursos, porque antes de que hubieran trnscurrido tres años estaba casado con la única hija de un hombre que poseía dos mil acres de las mejores tierras del distrito, y fue a vivir a la casade su suegro, donde dos años más tarde su mujer le dio dos hijos, y donde a los pocos años murió aquél, dejando a Holland en total posesión de la propiedad, que estaba a la sazón a nombre de su mujer. Pero aun antes del hecho, LOS DE JEFFERSON lo habíamos oído aludir, en tono algo más alto de lo conveniente, a “mi tierra, mi cosecha”; y aquellos de NOSOTROS cuyos padres y abuelos se habían criado en el lugar lo MIRÁBAMOS con cierta frialdad y recelo, como a un hombre sin escrúpulos…

A continuación el narrador cuenta pormenores de la vida de los gemelos, la muerta dela madre y delos litigios con su padre:

“Y cuando sus hijos llegaron a la edad adulta y primero el uno y luego el otro dejaron para siempre el hogar, NO NOS SORPRENDIMOS. Por fin, cuando un día, hace seis, Holland fue hallado muerto, un pie trabado en uno de los estribos del caballo ensillado que acostumbraba a cabalgar, y el cuerpo horriblemente destrozado, porque, aparentementeel animal lo había arrastrado a través del cerco de palos, y eran todavía visibles en el lomo y en los flancos del caballo, las marcas de los golpes que le había dado en unos de sus accesos de ira, NINGUNO DE NOSTROS LO LAMENTÓ, por cuanto poco tiempo atrás había cometido un acto que,para los hombres de nuestro pueblo,nuestra época y nuestras creencias, era el más imperdonable de los ultrajes..

Noten dos cosas: la primera es esa insistencia en hablar como representante de facto del “pueblo”; la otra es esa larga digresión que comienza
Por fin, cuando un día, hace seis, Holland fue hallado muerto...,
el narrador, gracias a nuestra obvia curiosidad, extiende las explicaciones de su muerte hasta concluir con un pequeño y lapidatorio remate que engloba la sicología general de esa afectada vox populi:
ninguno de nosotros lo lamentó

Esta capacidad para plantearnos una propuesta que ingeniosamente deja “colgada” en nuestra curiosidad, para luego ausentarse un buen rato sin que dejemos de observar con el rabo del ojo la propuesta “colgada” hasta finalmente volver y amablemente descolgarla, antes de proponernos otra cosa, es una de las dilataciones más curiosas y geniales que haya encontrado en Faulkner.

Otros autores como Kafka, por ejemplo, ensayan estas dilaciones con mayor audacia; lo malo es que con respecto a esa clase de propuestas “colgadas” lo más probable es que se queden así para siempre. En “Amerika”, por ejemplo, el narrador nos propone, casi nos obliga a, preocuparnos vitalmente del baúl del muchacho migrante. Asistimos devotamente a los arreglos y recomendaciones de la madre contrita y aceptamos tácitamente considerarlo (al baúl) como fundamental para la vida del chico. Y resulta que finalizado el primer capítulo NUNCA más volvemos a ver el dichoso baúl, y ni el chico se muere ni se da por aludido. Pero como Faulkner no es Kafka, tenemos con él una dosis definitivamente mayor de certidumbre que con el praguense.

La narración discurre deliciosamente fluida y serena a pesar de lo áspero del tema, como si ese contrapunto fuese la dinamia de la historia. Y así, como si se tratara de un viejo relato familiar que, por viejo y distante no nos afecta y del cual podremos sacar todas las moralejas que nos venga en gana sacar, nos vamos enterando de las pequeñas biografías de los protagonistas humanos del cuento (porque también hay protagonistas no humanos: el caballo del juez Dukenfield, el testamento del occiso, la caja de resorte del juez o la inhóspita y calurosa sala de audiencias), de sus actividades laborales y hasta de las supuestas conversaciones que los protagonistas pudieran haber mantenido a lo largo del encono de sus vidas:

“Por fin un día se produjo el estallido. Probablemente de la siguiente manera:
-Crees que ahora que se ha ido tu hermano podrás quedarte simplemente, y guardártelo todo, ¿no?

El narrador, de este modo asume una faceta de chismoso y discreto divulgador de rumores; tarea que de ningún modo le parece poco honorable; al contrario, con total desparpajo presume todos los diálogos, las provocadoras preguntas de unos y las insolentes o mesuradas respuestas de otros:

“-Preferiría tener una pequeña parte de la tierra y explotarla bien, a verla como está ahora –habría respondido Virginuis…

Y nos enteramos de sus asuntos de tierras, de los impuestos prediales y de la pérfida codicia del difunto que profanara la tumba de su mujer, versus la indolente sabiduría de sus hijos, consagrados simplemente a honrar a su difunta madre. Y entonces aparece un primo de los gemelos, un personaje de bajo perfil, que el narrador coloca sin nombrar, como una especie de órgano cuya función fisiológica no es del todo clara, pero cuya inflamación puede ser severa y hasta mortal, ytambién nos enteramos de uno de los protagonistas no-humanos descritos arriba: el Testamento. Testamento que es una excelente excusa narrativa para que aparezca, igualmente de improviso el juez Dukinfiled.

El “nosotros” del relato, a través de su representante, “observan” al juez y de cómo no legaliza el testamento. Pasan los días, mientras transcurre el retrato del juez “quien había vivido lo suficiente para saber que el apremio de cualquier actividad existe tan solo en la mente de ciertos teóricos que no tienen actividades propias”. Ese apremio (el nuestro de lectores “sin actividades propias”) se siente agredido cuando termina laprimera parte del cuento y encuentran al juez Dukinfield con un certero balazo en la frente.

Continuará…

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8 thoughts on “”

  1. mi querido fer:no he leído esto que refieres de Faulkner, pero vale referir que para mí -y sospecho que para mucha gente embarcada en la literatura del boom latinoamericano, hace fuuu- era un mito cuando empecé a leer las entrevistas que le hacían a García Márquez. Él lo citaba como un autor del cual había aprendido mucho, o del que se podía aprender, al menos para su proceso creativo así lo reconocía. pero esto que comentas, me remite de alguna forma -no sé por qué, no me lo preguntes- a Hemingway, de quien vi la versión cinematográfica de Adiós a las armas, hace poquitos días. y se me ocurrió pensar que los autores de aquella época, más o menos contemporáneos, tienen una especie de “molde” para escribir. y pensaba en otra novela corta de Hemingway -que personalmente es una de las cosas que más me gusta de él, La corta vida feliz de Francis Macomber- que también es una referencia de Gabo, cuando decía que “como Macomber, todos tenemos que cazar un león, aunque sea temblando”. no recuerdo la cita exacta (podría buscarla en LA llama y el fuego, de Plinio Apuleyo Mendoza, uno de sus panas). pero el asunto es que, al margen de la película (puro pretexto)tengo la impresión medio vaga de que toda esa literatura tiene una atmósfera muy peculiar. me parece que en los blogs no se debe escribir muy largo, por eso paro ahí, con la amenaza de volver en otro momento. ya ves cómo sí te escribo, para continuar ese diálogo interminable que siempre tenemos, incluso personalmente, a pesar del risómetro que siempre me aplicas 😉 ;).saludo tu blog, pues hay tanto que comentar amigo.te va un abrazo de tu pana.

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  2. Quiubo Lola. Ya sabes, llévame a los toros. Con Hemingway. A este no lo leo hace siglos; y por tanto no puedo dar fe de si ese molde estaba generalizado o no. Pero lo comprobaremos este fin de semana, no faltaba más. Un libro de Nabokov, preludiado (suena más bonito que prologado) por John Updike, me enseñó a encontrarle más patas a los gatos comunes. Pero este no le tenía mucha simpatía a Faulkner; sin embargo su sistema es perfecto para entender las tramas intrincadas y policíacas del William. Va devuelto el abrazo

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